La leyenda de San Cristóbal: tres sonetos esotéricos y una historia oculta

Néstor Díaz de Villegas

Iniciación

El 28 de marzo de 1989 terminé de leer por primera vez El misterio de las catedrales, de Fulcanelli, la traducción de Mary Sworder, edición de 1984 de la Brotherhood of Life, de Albuquerque, New Mexico, y reimpresión del texto publicado por Neville Spearman Limited en Gran Bretaña, en 1971. Acostumbro a consignar en la última página el día en que termino un libro, así como la fecha de cada relectura.

Tres años antes, había descubierto el tratado Atalanta fugiens, de Michael Maier, en la revista española El paseante, número 3. Previo a ese hallazgo, ignoraba las dificultades del lenguaje alquímico. Mi relación con las ciencias ocultas estaba basada en la lectura de las monografías de la Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz (AMORC), que me obsequiara, en los años 70, el actor cienfueguero Raúl Bayolo Machado, mi primo.

Sin embargo, era probable que hubiera sido iniciado en la infancia por mi abuelo, el ocultista José Pedro López y López, oriundo de Sagua la Grande, esposo de la comadrona que me recibió, Concepción Rabasa y Rabasa, también cienfueguera.

He referido en otra parte que solía acurrucarme a la hora de la siesta contra la espalda de Conchita, y que frente a la cama había un sillón con respaldar de cuero donde mi abuelo Pepón tomaba asiento, vestido con camiseta, pantalones de caqui y zapatos Oxford, los ojos cubiertos con gafas de sol, pues ya para entonces había ocurrido el accidente, del que fui testigo, en el que perdió el ojo derecho—el “ojo bueno”—mientras buscaba huevos en un nido de gallina debajo de un arbusto de espinas del patio, y que lo dejó imposibilitado de leer con la misma asiduidad con que lo había hecho hasta entonces.

Mi abuelo poseía una biblioteca clásica de unos doscientos volúmenes, que yo heredé. La biblioteca quedó en Cuba cuando partí al exilio y mi sobrino Alexis Díaz de Villegas se vio obligado a venderla para poder sobrevivir el Período Especial.

Desde su sillón, colocado frente a la cama y de espaldas a los portones que daban al patio, con Coqui, el dálmata, echado a sus pies, mi abuelo solía contarme, en su peculiar dialecto castizo, la historia de cómo el armiño (“pardo en verano y blanquísimo en invierno”), perseguido por los tramperos, prefería lanzarse a las llamas de las fogatas antes que mancharse de cieno en los charcos que lo cercaban. El cuento del armiño tenía una moraleja, resumida en el lema Primero muerto que sucio, que Pepón me hacía repetir junto a su versión latina: Malo mori quam foedari.

De mi abuelo Pepón guardo más recuerdos que de ninguna otra persona en el mundo. Aparte de su apariencia y sus gestos, conservo la memoria de su enseñanza, que he ido desentrañando a lo largo de toda mi vida. Calculo que Pepón murió con ochenta y tantos años, en 1972, cuando yo recién cumplía dieciséis.

Para empezar, me trataba de “vos”, utilizando invariablemente las formas verbales “sois” y “habéis”, de manera que nos comunicábamos en un idioma privado y un tanto macarrónico. Fue Pepón quien me regaló un equipo de laboratorio a los diez años y me animó a mezclar sustancias (tiza, tierra, cal) en probetas, y a darles fuego.

Pepón aseguraba haber conocido a Wifredo Lam en Sagua la Grande cuando el pintor era un niño. Tuvo un barco de cabotaje en el que le dio la vuelta a Cuba varias veces. Había sido secretario del Ministerio de Hacienda de algún gobierno republicano a principios del siglo. Una vez, en Tampa, una amante le había disparado con un revólver, y me mostró la cicatriz del balazo en el hombro izquierdo. Había vivido en Madrid, París y Ámsterdam, y visto la Mona Lisa de cerca. Me auguró que “algún día, vos también la veréis, y recordaréis lo que os he dicho”.  

Citaba a menudo a Camille Flammarion y, a tenor de las teorías transmundanas del astrónomo francés, apostó a que nos reencontraríamos en el otro mundo, o en algún planeta. Todos sus libros estaban forrados con papel de cera y atados con un bramante rojo. Eran objetos sagrados, y así me lo hizo saber desde que tuve uso de razón. Revisábamos uno cada día (Voltaire, Diderot, Loti, Hugo, Daudet, Rousseau, Lamartine, El contrato social, El hombre que ríe, La isla de los pingüinos, Cándido, Emilio…), para lo cual, primero debíamos lavarnos las manos y colocar un trozo de papel de estraza encima de la mesa del comedor.

La capilla

En las páginas 145-149 de la Le mystère des cathédrales, edición de la Brotherhood of Life, puede consultarse la historia de San Cristóbal según la Légendes du Vieux Paris, de Amedée de Ponthieu, que es, a su vez, la transcripción del pasaje dedicado al santo en la Leyenda Áurea de Jacobo Vorágine. Tomando como punto de partida la paráfrasis de Fulcanelli, donde el maestro “subraya deliberadamente los pasajes y nombres que tienen relación con la obra misma, sus condiciones y materiales, de manera que el lector pueda hacer pausa, cavilar y sacar provecho de ella”, escribí, en el Hotel Colón del downtown de Miami, en 1995, tres sonetos basados en frescos del mismo tema.

Que un futuro lector pudiera dedicarse a desentrañar el embrollo de referencias que servía de soporte a los sonetos de mi libro Vicio de Miami, me parecía, entonces, improbable. La capilla Ovetari, de la iglesia de los Ermitaños, en Padua, donde se encontraban varios frescos de Mantegna, junto a otros de Bono da Ferrara y Ansuino da Forlí, a los que también dediqué sonetos, había sido destruida por un bombardeo aliado en marzo de 1944. Solo la Asunción de la Virgen y el Martirio de San Cristóbal, ambos de Mantegna, se salvaron, debido a que habían sido arrancados de las paredes casi un siglo antes y puestos a salvo durante la Segunda Guerra. Justamente, el tema de Vicio de Miami era la desaparición, física o metafísica, y la persistencia de lo que ya no existe pero todavía nos habla.

Estudié los frescos de la capilla que ilustran la leyenda de San Cristóbal en un libro de Giuseppe Fiocco, con fotografías en blanco y negro tomadas poco antes del bombardeo. El libro pertenecía a la colección especial de la biblioteca de Miami, cuya primera sede en el parque Bayfront había sido demolida para dar paso al centro comercial Bayside.

Yo mismo estaba a punto de perecer en 1995, víctima de una de tantas enfermedades oportunistas asociadas al síndrome de inmunodeficiencia adquirida, por lo que mi única ocupación en aquellos días era representar cosas perdidas: los últimos cuadros de Caravaggio en Porto Ercole; La expulsión de los comediantes, de Watteau; una lista de palabras de Leonardo en el Códice Tribulciano; la antigua tienda McCrory’s, clausurada; varios edificios condenados del downtown o la imagen de una Cuba difunta. Cuando, al cabo de muchos años, visité la capilla Ovetari en Padua, pude dar por cumplida la profecía de Pepón.

Por la misma época, y en la misma biblioteca de Miami, consulté el capítulo de la Leyenda Áurea que narra la vida de San Cristóbal. Lo transcribo aquí, en mi versión al español de la traducción de William Caxton (1483), a quien la lengua que llegaría a ser de Shakespeare debe su primera configuración.

La leyenda

Antes del bautismo, el nombre de Crisóforo era Reprobus [Offerus en la versión de Amedée de Ponthieu], pero después fue nombrado Crisóforo, que es lo mismo que decir “el que carga a Cristo”, pues lleva a Cristo de cuatro maneras: en sus hombros, manifiesto y guiando; en su cuerpo, al hacerse magro; en su mente, por devoción; y en su boca, por confesión y prédica.

Crisóforo era del linaje de los cananeos, y de gran estatura, con un terrible humor y semblante. Medía doce codos de alto y, tal como aprendemos en algunas historias, cuando servía en Canaán y habitaba con el rey, le vino a la mente buscar al más grande príncipe del mundo para servirlo y obedecerlo. Y tan lejos fue, que llegó adonde un gran rey bueno, renombrado por ser el más grande del mundo. Y cuando el rey lo vio, lo aceptó en su séquito y lo trajo a morar en la corte. En ese tiempo, un juglar cantó delante de él una canción en la que mencionaba al diablo, y el rey, que era cristiano, al oír el nombre del diablo, enseguida se persignó, haciendo la señal de la cruz sobre su rostro. Y cuando Crisóforo lo vio se preguntó qué tipo de signo era ese, y por qué el rey lo había hecho, y le preguntó. Y debido a que el rey no respondía, dijo: Si no me dices, no viviré más contigo, entonces el rey le habló de esta manera: Siempre que oigo nombrar al diablo, temo que tenga poder sobre mí y me resguardo con este signo para que no me moleste. Entonces Crisóforo le dijo: ¿Dudas que el diablo pueda hacerte daño? Entonces, el diablo es más poderoso y más fuerte que tú. Entonces, me he equivocado en mi propósito y expectativa, pues suponía haber encontrado al más grande señor del mundo, así que encomiéndate a dios, pues me marcho a buscarlo para que sea mi señor y yo su siervo. Entonces, abandonó al rey y fue a buscar al diablo. Mientras pasaba por un gran desierto, vio una gran compañía de caballeros, entre los cuales había uno cruel y horrible que vino hasta él y le preguntó adónde se dirigía, y Crisóforo contestó y le dijo: Busco al diablo para que sea mi señor. Y el otro dijo: Soy el que buscas. Y Crisóforo se alegró, y juró ser su siervo a perpetuidad, y lo tomó por dueño y señor. Y mientras iban juntos por el mismo camino, encontraron una cruz, erecta y alta. Y enseguida que el diablo vio la cruz, tuvo miedo y huyó, y abandonando el camino recto, llevó a Crisóforo por un duro desierto. Y después, cuando habían dejado atrás la cruz, regresaron al camino que habían dejado. Y cuando Crisóforo vio eso, se maravilló, y preguntó por qué el diablo había dudado y abandonado el camino bueno y se había internado tanto en el desierto áspero. Y el diablo no le respondía de ninguna manera. Entonces Crisóforo le dijo: Si no me dices, te abandonaré enseguida, y no te serviré más. De manera que el diablo se vio obligado a responderle, y dijo: Hubo una vez un hombre llamado Cristo al que colgaron de la cruz, y cuando veo su signo tengo mucho miedo y huyo de dondequiera que lo veo. A lo que Crisóforo respondió: Entonces, él es más grande y más poderoso que tú, si le tienes miedo a su signo, entonces he laborado en vano, pues no he encontrado al más grande señor del mundo. No te serviré más, ve por tu rumbo, que yo voy a buscar a Cristo. Y cuando había buscado mucho y preguntado donde podía encontrar a Cristo, por fin llegó a un gran desierto, y encontró a un ermitaño que vivía allí, y este ermitaño le predicó sobre Jesucristo y lo educó en la fe diligentemente, y le dijo: Ese rey que tú deseas servir requiere que ayunes frecuentemente. Y Crisóforo le dijo: Pídeme cualquier otra cosa, y la haré, pues lo que me pides no puedo cumplir. Y el ermitaño le dijo: Entonces debes levantarte de noche y decir muchas oraciones. Y Crisóforo le dijo: No sé lo qué es, no haré tal cosa. Entonces, el ermitaño le dijo: ¿Conoces tal y tal río donde muchos han perecido y desaparecido? A lo que Crisóforo respondió: Lo conozco bien. Entonces, el ermitaño dijo: Debido a que eres noble y alto de estatura y de miembros fuertes, deberás residir junto al río, y llevar sobre tus hombros a todos aquellos que quieran atravesarlo, esto ha de ser una buena cosa aceptable a nuestro Señor Jesucristo, a quien deseas servir, y espero que él se te manifieste. Entonces, Crisóforo dijo: Cierto, este servicio puedo hacerlo bien, y me comprometo a hacerlo. Entonces, Crisóforo fue al río e hizo allí su habitación, y llevaba una gran pértiga en la mano en vez de un cayado, con el cual se sostenía en el agua, y cargaba a toda clase de gente sin cesar. Y allí habitó, haciendo esto, muchos días. Y en una ocasión, mientras dormía en su cabaña, oyó la voz de un niño que lo llamaba y le decía: Crisóforo, sale y llévame cargado. Entonces, él se despertó y salió, pero no encontró a nadie. Y cuando estaba de nuevo en su casa, oyó la misma voz y corrió afuera y no encontró a nadie. La tercera vez que lo llamaron, salió y encontró a un niño en la ribera del río, que le rogaba encarecidamente que lo llevara sobre las aguas. Y Crisóforo cargó al niño sobre sus hombros, y tomó su pértiga y entró al río para atravesarlo. Y el agua del río creció y se agitó más y más: y el niño pesaba como el plomo, y mientras más se adentraba en el agua más y más crecía el río, y más y más pesaba el niño, tanto, que Crisóforo sentía gran angustia y tuvo miedo de ahogarse. Y cuando pudo escapar con grandísimo apuro y pasar las aguas y dejar al niño en el suelo, le dijo: Chiquillo, me has puesto en gran peligro; pesas tanto que me parecía que llevaba al mundo en mis hombros, nunca llevé una carga tan grande. Y el niño respondió: Crisóforo, no te maravilles, pues no solo has cargado en hombros al mundo entero, sino a aquel que creó el mundo. Soy Jesucristo, el rey, a quien has servido con tu trabajo. Y para que sepas que digo la verdad, clava tu báculo en la tierra junto a tu cabaña, y verás que en la mañana ha dado flores y frutos, y enseguida el niño se desvaneció de sus ojos. Y entonces Crisóforo clavó su báculo en la tierra, y cuando despertó en la mañana, encontró que el báculo era como una palmera, que había florecido y tenía hojas y dátiles.

Los sonetos

En mi libro Vicio de Miami, cometí varios errores al adjudicar los frescos que tratan de la leyenda de San Cristóbal en la capilla Ovetari. De los cinco paneles de la pared sur, los dos superiores, que representan a San Cristóbal delante del rey (izquierda) y en compañía de los demonios (derecha), han sido atribuidos por los expertos a Ansuino da Forlí, y no a Girolamo da Camerino, como aparece en mi libro, mientras que el tercer panel, que representa a San Cristóbal cargando al niño, es obra de Bono de Ferrara. Carecía de textos adecuados en la época de mi estadía en downtown, y la colección de la Biblioteca Pública era mi única fuente de información. Finalmente, la autoría de los frescos deberá quedar así:

1. San Cristóbal delante del rey, de Ansuino da Forlí

2. San Cristóbal se une a los demonios, de Ansuino da Forlí

3. San Cristóbal cargando al niño, de Bono de Ferrara

Los sonetos están escritos en formato inglés o shakespeariano. Las primeras doce líneas están divididas en tres cuartetos, de cuatro líneas cada uno, donde se plantea el tema, que queda resuelto en las últimas dos líneas, o pareados.

San Cristóbal delante del rey

Offerus busca un rey para servirle
y lleva al hombro amor, culpas y penas,
¿quién lo ha de liberar de las cadenas,
si es un gigante y nadie puede asirle?

La sangre azul que corre por las venas
del monarca paró de solo oírle
en labios de un actor: debió impedirle
decir el nombre de Satán. Apenas

le oye el gigante, parte sin decirle
adiós, en busca de nuevas faenas
y un señor nuevo que no sirva ajenas
voluntades: uno que quiera abrirle

las puertas de esos reinos ignorados
que no por serlo son menos preciados.

San Cristóbal se une a los demonios

En el desierto cálido y dorado
vio rojos copos caer; cabalgaduras;
el polvo de los cascos; las monturas
y a un negro rey sobre un corcel montado.

“Busco al demonio”. En las mataduras
leyó sin letras: “Ya lo has encontrado”.
Y se unió a los jinetes fascinado
de poder compartir sus desventuras.

Mas, en llegando a un monte calcinado
donde una cruz se eleva a las alturas,
los demonios, cobardes criaturas,
agarran cada uno por su lado.

Sigue adelante solo y ciego mira
que cuanto creyó ver era mentira.

San Cristóbal cargando al Niño

Junto al vado de un río que vomita
en torrentes una montaña pasa
el gigante. La luna lo rebasa
antes que pida fe del eremita.

Constituye en las rocas una casa
y se pone a esperar por el que imita
cuando una noche húmeda lo invita
un niño dios a un grano de mostaza.

Lo lleva en hombros por el mar que habita
en cada gota: hunden en la masa
líquida sus talones y en la escasa
claridad le pregunta a quién levita.

Y el Niño le responde: Al mundo en peso
y al que creara al mundo ex profeso.  

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