El Cesarismo Atlante y Egipcio

Mario Roso de Luna

Si la Historia ha de ser, como decía Cicerón, la maestra de la vida, el espejo de lo pasado y el anticipo de lo porvenir, nada más lógico, frente a la catástrofe actual, que inquirir, acerca de lo que haya acontecido en las diversas épocas Con esos azotes de la Humanidad que llamamos césares, hombres que son, para la vida de los pueblos, algo así como las fuerzas destructoras de la Naturaleza: -el Shiva aniquilador, frente al Brahma creador y al Vishnú conservador- son para la economía del planeta.

A decir verdad, el lector podría ahorrarse la lectura de esta sumaria serie de artículos con sólo evocar en su mente el recuerdo de las sangrientas páginas humanas que se llaman Historia Universal, porque los hechos históricos se repiten, si no en ciclos cerrados, como creyera Vico, sí en ese ciclo abierto de radio uniformemente creciente o decreciente, llamado espiral por los geómetras.

Nada tiene de extraño el hecho en puro rigor matemático, porque dentro de la ley de correlación que es base de la Geometría analítica y de la Mecánica, allí donde actúa una sola fuerza sobre un móvil, se determina la recta; la circunferencia y sus secciones cónicas similares de elipse, parábola é hipérbola, donde actúan dos fuerzas; la espiral y otras formas más complicadas donde actúan tres o más, y nadie podrá negar, en efecto, ni la existencia de un impulso, aliento o ley de progreso, que equivale a una fuerza tangencial y centrífuga, ni la de una inercia o oposición natural del medio: inercia que equivale, a su vez, a una fuerza centrípeta, con las que, sin hablar de otras leyes, ya tenemos los elementos del movimiento cíclico.

Los primeros césares son anónimos, perdidas sus orgullosas personalidades en la noche de la fábula. Colectivamente están representados por aquel Teopompo y sus diez millones de atlantes invasores de la primitiva Europa. Algo traslucen de ello5, sin embargo, los mitos y leyendas más antiguos. Anquetil y aun Cantú y Mommsen tienen, al tratar del Egipto primitivo, citas respecto de un terrible pueblo occidental, el pueblo atlante, que más de una vez pusiese en peligro su naciente civilización.

Pero Platón, el divino, en el mejor de sus diálogos, El Timeo, nos da un hermoso relato de esta epopeya, terminada, como todas en catástrofe. Reproduzcamos aquella narración tomándola de las (Euvres complétes de PIaton: traducidas por Caisset, y que el portugués Magalhaes Lima copia en su linda obra Iberos e bascos:

“Cierto día en que Salón conversaba con los sacerdotes egipcios de Sais acerca de la historia de los remotos tiempo, uno de ellos le dijo: Oh Solón, Solón; Vosotros, los griegos, seréis siempre unos niños. No hay uno entre vosotros que no sea frívolo o ignorante en la gran ciencia de las tradiciones antiguas. Ignorais hasta la existencia de toda una pléyade de héroes, de los que hoy sois vosotros la progenie degenerada. Lo que ahora voy a narrarte acaeció hace nueve mil años. Nuestros anales refieren, en efecto, cómo Hasti, la Atenas primitiva, resistió entonces los ataques de una potencia formidable que vino del lado del mar occidental, invadiendo considerable porción de Europa y Asia, porque aún se podía atravesar el Océano, y había en éste una isla situada frente a la embocadura que llamais Columnas de Hércules. Desde esta isla, que era mayor que Libia y Asia juntas, los navegantes pasaban a las demás, y de allí al continente que este mar limita. En dicha Atlántida vivían reyes, célebres por su poderío, quienes tenían constituído un imperio que abarcaba toda aquella isla, muchas otras vecinas y no pocas porciones del continente. Además eran señores de la Libia, el Egipto Y Europa, hasta el mar Tirreno. Esta colosal potencia reunió todas sus fuerzas, pretendiendo sojuzgar vuestra tierra, la nuestra y todos los pueblos hasta las Columnas de Hércules. Entonces fue, ¡oh, Salón!, cuando vuestra ciudad mostró brillantemente su valor y poderío. Arrostrando los mayores peligros, triunfó de los invasores y preservó de la esclavitud a pueblos que todavía eran libres, y a otros, que estaban próximos a dichas Columnas, les restituyó la libertad.”

Después de esta lucha homérica-, que acaso dió lugar a la fábula de la guerra entre los dioses y los titanes cantada por Hesiodo, Y antes por la poesía popular y por el gigantesco Mahabharata, el poema en el que la misma !liada se inspirase-, viene la catástrofe geológica que, en kármico castigo sepultase a la orgullosa Atlántida, habiéndose también empleado en aquellas guerras-se dice-hasta naves aéreas, como hoy, y medios de destrucción tales, que los montes eran removidos de sus cimientos Y un solo rayo mágico podía panel” instantáneamente fuera de combate a cientos de millares de combatientes. El gran discípulo de Pitágoras sigue diciendo, en efecto luego:

“Mas, en los tiempos que después siguieron, hubo grandes terremotos e inundaciones. En el espacio de un día y de una noche horribles todos los guerreros que tenían proyectado otra vez llegar hasta las puertas de vuestros muros, fueron abismados en lo profundo. La isla Atlántida desapareció bajo las aguas del mar, y por eso no se puede hoy reconocer ni explorar el mar que la cubre. Los navegantes encuentran insuperables obstáculos en la gran cantidad de escollos que la isla dejó al sumergirse bajo las aguas.”

Esta catástrofe está velada, o referida exotéricamente, en la propia Biblia, cuando sabe leerse entre líneas con claves verdaderamente teosóficas, porque conviene consignar que la leyenda mosaica del diluvio universal tras , la perversidad horrible de los primeros hombres, no es sino la propia leyenda de la Atlántida del Timeo, referida asimismo en el Libro de los Números caldeos, y de la que el compilador Esdras, que no Moisés como se dice , compuso el Pentateuco que conocemos, después de la cautividad del pueblo elegido. Leyendas idénticas, mucho más puras y completas que la mosaica, se contienen en los Eddas escandinavos, que Wagner adaptase para sus inmortales dramas líricos de El Anillo de Nibelungo, y también se contienen, según demuestra Chavero en su México a través de los siglos[1], en las leyendas y éxodos del pueblo mexicano, bajo la dirección del caudillo Muisca, que no es sino Moisés mismo.

En cuanto a las aludidas gentes egipcias que lucharon contra los atlantes, según el testimonio de Anquetil y de otros, no fueron ellas, sino las de los etíopes ario-occidentales, venidos a Egipto desde la India, como lo demuestra H. P. Blavatsky, la fundadora de la Sociedad Teosófica en su grandiosa enciclopedia titulada La Doctrina Secreta. Ellas estaban regidas paternalmente por aquellos primitivos reyes-pastores, de que se hace relación al hablar de los cincuenta reyes egipcios sucesores del Manú o Menes. Muchas de las gentes que, por otra parte, jugasen en aquel drama tremebundo que precedió a la catástrofe atlante, eran españoles aborígenes, o libio-iberos, dado que todavía, siglos después los clásicos latinos pudieron enumerar, sólo en la comarca de entre Duero y Miño, hasta cuarenta o más pueblos de filiación atlante.

No se libró, pues, Egipto de la terrible ley expresada por Sellés en esta deliciosa cuarteta, que resume simbólicamente en sí toda la historia interna de cuantos imperialismos han ensangrentado el mundo, pasando, sin embargo, luego, por él cual ilusión de un día:

De la pobreza, la industria;
de la industria, la riqueza;
de la riqueza, el orgullo;
del orgullo, la pobreza.

Así el antes perseguido y pobre Egipto, se hizo industrioso; luego rico; después vino la epidemia imperialista que culminara en Sesostris, preparando ipso jacto la caída, desde las cumbres de su orgullo, hasta la sima de la pobreza, de la esclavitud social y de la degradación más vergonzosa.

“Sesostris -dice Anquetil- llevó sus armas contra los árabes, hasta el Océano Atlántico. Estos sucesos le inspiraron el deseo de conquistar toda la tierra. A la cabeza de sus guerreros, ya surcando en numerosas flotas el Océano y el Mediterráneo, ya recorriendo con invencibles ejércitos todos los países comprendidos entre las riberas del Ganges y los confines de la Tracia, arrolla cuanto se opone a su paso y erige en varios puntos elevadas columnas que se veían mucho tiempo después con esta inscripción: Sesostris, Rey de reyes y Señor de señores, sometió este país por la fuerza de las armas... Solía Sesostris tris recorrer en su carro triunfal la ciudad de Menfis llevando atados a él alguno de sus reyes prisioneros, y como observase cierto día que uno de aquellos desgraciados contemplaba absorto el girar de las ruedas del carro, le preguntó en qué pensaba, y éste hubo de decirle sereno: Pienso, ¡oh rey!, en el veleidoso girar de la Rueda de la Fortuna, que hoy hace descender hasta el polvo, lo que ayer a los cielos encumbró … A poco el césar Sesostris, quedó ciego, y no pudiendo sobrellevar más su glorioso infortunio, se suicidó, inaugurándose, con su muerte, una oligarquía militar, hasta caer el orgulloso imperio bajo el yugo de los conquistadores etíopes.”

Más tarde, en obediencia a la terrible ley del Karma de la Filosofía Oriental, ley por la que cada hombre o pueblo recoge al fin, aquello mismo que sembró, los asirios y persas vinieron a saldar las cuentas imperialistas adeudadas por el endiosado Egipto, en la forma que veremos en el próximo capítulo, porque dicha ley kármica, de justicia distributiva, llamada por unos Dedo de la Providencia; por otros Mano del Destino, por otros Ley del Talión o Némesis vengadora nos obliga a pagar, pronto o tarde, pero fatal, irresistiblemente, todo cuanto debemos por nuestras malas obras; ¡a los hombres, como a los pueblos!

MADRID
LIBRERÍA DE LA VIUDA DE PUEYO
Calle de la Abada, núm. 19. 1916


[1] Enciclopedia Riva-Palacios, tomo I. Estas nuestras ideas, que al principio chocarán no poco con la opinión corriente, están apuntadas en nuestras Conferencias teosóficas en América del Sur, capítulo de La Historia ante la Teosofía (tomo II, pág, 273), ampliándose mucho más en nuestra obra La Atlántida, continente histórico, tomo V de nuestra Biblioteca de las Maravillas, cuya publicación ya ha comenzado con el tomo El tesoro de los Lagos de Somiedo (Viuda y hijos de Pueyo, Abada, 19, Madrid).

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