Pensamientos sobre los Elementales

Helena Petrovna Blavatsky

Quien estas líneas escribe, ha dedicado años enteros al estudio de estos seres invisibles –y por completo insensibles– llamados por varios nombres en todos los países bajo el sol, y conocidos con el genérico de espíritus. Sólo la nomenclatura aplicada a estos naturales de las esferas por la iglesia Católica –buenos o malos– no tiene fin. La gran cronología de sus nombres simbólicos, es un estudio. Abrid cualquier relato de la creación en el primer Purâna que os venga a la mano, y mirad la variedad de apelaciones conferidas a estas criaturas divinas y semi–divinas (producto de dos clases de creaciones: la Prakrita y la Vaikrita o Padma, la primaria y la secundaria), evolucionadas todas del cuerpo de Brahmâ. Solamente el Urdhwasrota1 de la tercera creación abraza una variedad de seres con características e idiosincrasias suficientes para el estudio durante toda una vida.

Elemental del Fuego

Lo mismo sucede con los relatos egipcios, caldeos, griegos, fenicios o cualquiera otros. Las huestes de estos seres son innumerables. Los antiguos paganos, in embargo –y especialmente los neoplatónicos de Alejandría–, conocían lo que creían, y distinguían sus diferentes órdenes. Ninguno los consideraba bajo el punto de vista sectario como lo hacen las iglesias cristianas. Se ocupaban de ellos, por el contrario, con un conocimiento mucho mayor, pues hacían una distinción mucho más acertada de las diferentes naturalezas de estos seres, que los Padres de la iglesia lo hicieron nunca. Con arreglo a la línea de conducta que estos últimos se habían trazado, todos los ángeles que no habían sido reconocidos como servidores del Jehovah de los judíos, eran proclamados demonios.

Los efectos de esta creencia, más tarde erigida en un dogma, los encontramos ahora afirmándose en el Karma de los muchos millones de espiritistas educados y mantenidos en las respectivas creencias de sus iglesias. Aun cuando un espiritista se haya divorciado hace mucho tiempo de las creencias teológicas y clericales; aunque sea un cristiano liberal o antiliberal, un deísta o un ateo, que haya sabiamente rechazado toda creencia en los demonios, y que demasiado razonable para considerar a sus visitadores como ángeles puros, haya aceptado lo que crea un justo término medio, sin embargo, no reconocerá a otros espíritus que los de los muertos.

Este es su Karma y también el de las iglesias colectivamente. En las últimas, es natural un fanatismo tan obstinado y un tal prejuicio: es su regla de conducta; pero en el espiritismo libre, es imperdonable. No puede haber dos opiniones sobre este asunto.

Tiene que ser, o la creencia completa o la absoluta incredulidad en los espíritus. Si un hombre es escéptico y descreído, nada tenemos que decir; pero una vez que cree en los fantasmas y espíritus, cambia la cuestión. No hay hombre ni mujer que esté libre de todo prejuicio y de ideas preconcebidas, que pueda creer que en un infinito de vida y de ser –digamos sólo en nuestro sistema solar–, que en todo este espacio sin límites, en el cual los espiritistas sitúan su Paraíso2, haya solamente dos ordenes de seres conscientes: los hombres y sus espíritus, mortales encarnados e inmortales desencarnados. El futuro guarda para la humanidad extrañas sorpresas, y la Teosofía, o más bien sus partidarios, serán del todo vengados en días no muy lejanos. No hay por qué tratar de una cuestión que ha sido tan discutida por los teósofos, y que solamente ha acarreado oprobio, persecución y enemistad a los escritores. Por lo tanto, no nos saldremos de nuestra senda para decir mucho más. Los elementales y los elementarios de los kabalistas y teósofos, han sido suficientemente ridiculizados. Desde Porfirio hasta los demonologistas de los siglos pasados han aportado hechos tras hechos y han aglomerado pruebas sobre pruebas; pero con tan poco efecto como el que pudiese tener un cuento de hadas relatado a niños.

Raro libro, en verdad, el del vicio Conde de Gabalis, inmortalizado por el Abate de Villars, y traducido y publicado ahora en Bath. Aconsejo a los que tengan inclinaciones humorísticas, que lo lean y reflexionen sobre él. Doy este consejo con objeto de hacer un paralelo. La que estas líneas escribe, lo leyó hace años y lo ha vuelto a leer ahora con más atención aún que la primera vez. Su humilde opinión con respecto a la obra, si a alguien le importa saberla, es que se puede buscar durante meses, sin encontrarla nunca, la demarcación entre los Espíritus de las secciones espiritistas y las sílfides y ondinas de aquel satírico francés.

Hay algo que suena de una manera siniestra en los sarcasmos joviales y en las chanzas de su autor, quien a la vez que señalaba con el dedo del ridículo lo que era creencia suya, tenía probablemente el presentimiento de su propio y acelerado Karma3, bajo la forma del asesinato.

La manera con que presenta al Conde de Gabalis, es digna de atención: “Cierto día me asombré al ver entrar a un hombre de una apostura de las más dignas, quien saludándome gravemente, me dijo en francés, pero con acento extranjero: –Adora, hijo mío, adora al Dios más grande de los Sabios; y no te llenes de orgullo porque envíe a ti uno de los hijos de Sabiduría para convertirte en un miembro de la Sociedad y hacerte participar de las maravillas de la Omnipotencia”4.

No hay más que una contestación que dar a aquellos que, haciendo hincapié en obras semejantes, se ríen del Ocultismo. Servitissimo la da con enojada frase en su introducción Cartas a mi Señor en la obra arriba nombrada. “Yo lo hubiera persuadido (al autor del Gabalis) de que cambiase por completo la forma de su obra –escribe–, pues esta forma burlona de llevarla adelante no me parece propia del asunto. Estos misterios de la Kábala son cosas serias que muchos de mis amigos estudian muy seriamente;… los brujos son ciertamente demasiado peligrosos para ser tratados en burla”. Verbum sat sapienti.

Son peligrosos sin duda alguna. Pero desde que la historia empezó a registrar pensamientos y hechos, media humanidad se ha burlado de la otra media, ridiculizando sus más caras creencias. Esto, sin embargo, no puede cambiar un hecho en una ficción, ni tampoco destruye a las sílfides, ondinas y gnomos de la Naturaleza, si los hay; pues estos últimos, ligados con las salamandras, podrían destruir a los incrédulos y perjudicar a las compañías de seguros, a pesar de que éstas creen menos en las salamandras vengativas que en los incendios causados por casualidad y por accidentes.

Los teósofos creen en los espíritus tanto como los espiritistas, pero creen que son tan diferentes en sus variedades como las tribus haladas en el aire. Hay entre ellos halcones sanguinarios y murciélagos vampiros, así como hay palomas y ruiseñores. Ellos creen en ángeles, porque muchos los han visto “… a la cabecera del enfermo, ¿De quiénes eran la voz tierna Y los pasos silenciosos? En donde los corazones afligidos destilaban como el sauce Vagaban ellos entre los vivos y los muertos”.

Pero no eran éstas las materializaciones con tres dedos en los pies de los modernos médiums. Aun cuando nuestras doctrinas fuesen todas pasto para las chanzonetas de un Villars, esto nada probaría en contra de las pretensiones de los ocultistas de que sus enseñanzas son hechos históricos y científicos, cualquiera que sea la forma con que se las presenten al profano. Desde que comenzaron a reinar los primeros reyes por la gracia de Dios, han pasado innumerables generaciones de bufones, nombrados para divertir Majestades y Altezas; la mayoría de estos despreciados individuos tenían más sabiduría en el fondo de sus gibas y en la punta de los dedos, que todos sus reales amos juntos en sus vacíos cerebros. Solamente ellos tenían el privilegio inestimable de decir la verdad en las cortes, y estas verdades han sido siempre causa de risa… Esta es una digresión; pero obras tales como la del Conde de Gabalis, tienen que ser analizadas despacio, y mostrado su verdadero carácter, pues de lo contrario se las haría servir como martillo de fragua para pulverizar aquellas obras que no toman el tono humorístico al hablar de cosas misteriosas, ya que no sagradas del todo, y que dicen lo que es del caso. Se asegura de la manera más positiva que se dicen más verdades en las ingeniosas railleries y gasconnades de aquella “Sátira, llena de hechos eminentemente ocultos y reales, de los que la mayoría de las gentes, y especialmente los espiritistas, pueden figurarse”.

Un solo hecho, como ejemplo, cuya existencia actual se demuestra en el momento presente entre los médiums, bastará para probar que tenemos razón.

Se ha dicho en otra parte que la Magia blanca difiere muy poco de las prácticas de hechicería, excepto en los efectos y resultados, consistiendo todo en si la intención es buena o mala. Muchas de las reglas y condiciones preliminares para entrar en sociedades de Adeptos, ya sean del sendero Derecho o del Izquierdo, son también idénticas en muchas cosas. Por esto dice Gabalis al autor: “Los Sabios jamás os admitirán en su sociedad si no renunciáis desde este momento a una cosa que no puede permanecer en competencia con la Sabiduría. Tenéis que renunciar a toda relación carnal con las mujeres” (página 27).

Esto es sine qua non para los ocultistas prácticos, ya sean rosacruces o yoguis, europeos o asiáticos. Pero lo es también para los dugpas y tadoos, de Bután y de la india y para los vudús y naguales, de Nueva Orleáns y de México5; pero con una cláusula adicional, sin embargo, en los estatutos de estos últimos. Y es ésta el tener relaciones carnales con djins, elementales, o demonios, llámeseles como se quiera, varones o hembras6.

“No os hago conocer ninguna otra cosa que los Principios de la antigua Kábala”, explica Gabalis a su discípulo. Y le informa de que los elementales (que el llama elementarios), los habitantes de los cuatro Elementos –esto es, las sílfides, ondinas, salamandras y gnomos–, viven muchas edades, pero que sus almas no son inmortales.

“Respecto de la Eternidad… tienen finalmente que disolverse en la nada…” “Nuestros padres los filósofos –continúa diciendo el soidisant rosacruz–, hablando a Dios cara a cara, se quejaron a Él de la desgracia de esta gente (los elementales) y Dios, cuya Misericordia no tiene límites, les reveló que no era imposible encontrar un remedio para este mal. Les inspiró que del mismo modo que el hombre, por la alianza que con Dios había contraído, había sido hecho partícipe de la Divinidad, las sílfides, los gnomos, las ninfas y las salamandras, por la alianza que podían contraer con el hombre podían hacerse partícipes de la inmortalidad. Así, pues, una ninfa o una sílfide se hace inmortal, y capaz de alcanzar la dicha a que nosotros aspiramos, cuando tiene la fortuna de casarse con un sabio; un Gnomo o un silfo cesa de ser mortal desde el momento en que se casa con una de nuestras hijas”. Después de haber soltado este hermoso ejemplar de buen consejo sobre hechicería práctica, el sabio termina de la siguiente manera: “¡No, no! Nuestros sabios no han cometido nunca el error de atribuir la caída de los primeros ángeles a su amor por las mujeres, como tampoco creen que hayan puesto a los hombres bajo el poder del Diablo… No hubo nada criminal en todo esto. Eran silfos que trataban de hacerse inmortales. Sus inocentes pretensiones, muy lejos de escandalizar a los filósofos, nos han parecido tan justas, que todos nosotros, de común acuerdo, estamos resueltos a renunciar por completo a las mujeres para entregarnos a la inmortalidad de las ninfas y sílfides (pág. 33).

Y así hacen ciertos médiums, especialmente en América y Francia, quienes se alaban de tener por maridos o esposas a espíritus. Conocemos personalmente a tales médiums, hombres y mujeres, y no serán los de Holanda los que negarán el hecho, dado cierto suceso reciente entre sus colegas y correligionarios, fresco en su memoria, concerniente a algunos que escaparon de la locura y de la muerte haciéndose teósofos. Siguiendo nuestros consejos fue como pudieron finalmente librarse de sus consortes de ambos sexos.

¿Se nos dirá también en este caso que esto es una calumnia y una invención? Pues entonces, que los que, como los espiritistas, estén inclinados a ver nada más que un inocente pasatiempo en estas diarias y nocturnas relaciones con los llamados espíritus de los muertos, se dediquen a observar. Que los que ridiculizan nuestros avisos y nuestra doctrina, y se burlan de ella, expliquen, después de analizado desapasionadamente el misterio y la razón de hechos tales como la existencia, en las mentes de ciertos médiums y sensitivos, de su matrimonio real con espíritus varones y hembras. Las explicaciones de locura y alucinación no significan nada, cuando se las pone frente a frente con los hechos innegables de las MATERIALIZACIONES DE ESPÍRITUS. Si hay espíritus capaces de tomar té y vino, de comer manzanas y pasteles, y de besar y palpar a los concurrentes a las sesiones espiritistas, hechos que han sido probados, así como también la existencia de estos mismos visitadores, ¿Por qué no habrían de ejecutar estos mismos espíritus los deberes matrimoniales del mismo modo? ¿Y qué son estos espíritus y cuál es su naturaleza? ¿Se nos dirá por los espiritistas, que los fantasmas de Mme. de Sévigné o de Delfina –una de cuyas autoras nos abstenemos de nombrar por consideración a sus parientes que sobreviven– son los espíritus reales de estas difuntas señoras; y que la última sentía una afinidad espiritual por un médium canadiense, idiota, viejo y sucio, hasta el punto de hacerse su feliz esposa, como él se alababa públicamente, siendo el resultado de esta unión un rebaño de hijos espirituales engendrados con este santo espíritu? ¿Y quién es el marido astral –el consorte 7 nocturno– de una señora médium de Nueva York muy conocida, y a quien la escritora conoce personalmente? Que el lector tome cuantos informes pueda sobre este último desarrollo de las relaciones espirituales (?!); que piense seriamente sobre esto, y que lea después el Conde de Gabalis, especialmente el apéndice con sus partes latinas, y entonces quizás podrá apreciar mejor toda la gravedad de la supuesta chanza en la obra en cuestión, y comprender el verdadero valor que encierra la burla en ella. Entonces podrá ver claramente la horrible relación que hay entre los faunos, sátiros e íncubos de San Jerónimo, las sílfides y ninfas del Conde de Gabalis, los elementarios de los kabalistas, y todas las Lillies poéticas y espirituales de la Comunidad Harris, los Napoleones astrales y otros don Juanes que han partido y se hallan en el Summer Land (tierra de verano), o sea las afinidades espirituales de más allá de la tumba del mundo moderno de los médiums.

A pesar de la horrible multitud de hechos, se nos dice semana tras semana en los periódicos espiritistas, que, a lo más, no entendemos una palabra de lo que decimos. Platón (un seudónimo por cierto muy presuntuoso para ser usado), ex–teósofo descontento, dice a los espiritistas (véase el Light del 1º de Enero de 1889) que no solamente no hay reencarnación, porque el espíritu astral de un difunto amigo suyo se lo dijo (verdaderamente es un testimonio valioso y digno de confianza), sino que está probado que toda nuestra filosofía no tiene valor por este mismo hecho. Se nos notifica que el Karma es una necedad mayúscula. “Sin el Karma, la reencarnación no tiene razón de ser”; y puesto que su informante astral se ha informado en el reino de su presente existencia de la teoría de la reencarnación, y dice que no puede encontrar un solo hecho, ni siquiera el rastro de uno, respecto de aquella verdad… este informante astral tiene que ser creído. El no puede mentir. Pues un hombre que ha estudiado la química, tiene derecho a una opinión, y se ha ganado el de hablar sobre sus varias teorías y hechos… especialmente si durante su vida terrestre fue respetado y admirado por sus investigaciones en los misterios de la Naturaleza y por su amor a la verdad8.

Es de esperar que los astrales de eminentes químicos, tales como Mr. Crookes y Buderof, cuando desencarnen, se abstendrán de venir a menudo a hablar con los mortales; pues habiendo estudiado la química tanto y tan bien, sus comunicaciones post mortem adquirirían una reputación de infalibilidad tal, que quizás llegarían a perjudicar el progreso de la humanidad y el desarrollo de sus poderes intelectuales. Pero la prueba es suficientemente convincente, sin duda alguna, para la presente generación de espiritistas, puesto que el nombre usado por el “director astral de un amigo”, era el de un hombre honrado y amante de la verdad. Parece, pues, que una experiencia de más de cuarenta años con espíritus, que dicen muchas más mentiras que verdades, y hacen mucho más daño que bien, nada significan. Y de este modo los esposos y esposas espirituales tienen también que ser creídos, cuando dicen que son esto o aquello. Pues como Platón (el seudónimo) con razón arguye: “No hay progreso sin conocimiento”, y el conocimiento de la verdad que se funda en hechos, es un progreso del grado más elevado; y si los astrales progresan, como lo afirma este espíritu, la filosofía del Ocultismo respecto de la reencarnación, es errónea en este punto; ¿Y cómo podemos saber que los demás puntos son correctos, puesto que no hay pruebas de ellos? Esto es lógica y filosofía elevadas. “El fin de la Sabiduría es la consulta y la discusión” con espíritus, debió de haber añadido Demóstenes si hubiera sabido donde encontrarlos; pero todo esto deja sin resolver la cuestión de quiénes son estos espíritus; pues “cuando los doctores no están de acuerdo”, tiene que haber lugar a dudas; y además del hecho saliente de que los espíritus están divididos en sus opiniones sobre la reencarnación, lo mismo que lo están los espiritualistas y los espiritistas, “todos los hombres no son a propósito para ser campeones de la Verdad, ni para recoger el guante en su causa”, según dice Sir F. Browne. Esto no significa ninguna sátira irrespetuosa para Platón, quien quiera que él sea; no es más que un axioma. Un hombre de ciencia eminente, el profesor W. Crookes, dio una vez una definición muy sabia de la verdad, demostrando cuán necesario es distinguir entre la verdad y la exactitud. Una persona puede ser amante de la verdad –dijo– esto es, puede sentirse lleno de deseo de recibir la verdad como de enseñarla; pero a menos que esta persona tenga gran poder natural de observación, o haya sido educada por medio de alguna clase de estudio científico en el trabajo de observar, anotar, comparar y dar cuenta con toda exactitud y detalle, no podrá dar una relación exacta ni digna de confianza –y ni por tanto verdadera– de sus experiencias. Sus intenciones pueden ser sinceras; pero si tiene una chispa de entusiasmo, puede estar expuesto a proceder a generalizaciones que sean a la vez falsas y peligrosas. En resumen: como dice también otro eminente hombre de ciencia, Sir John Herschel: “La gran –y ciertamente única– cualidad de la Verdad, es la de ser capaz de sufrir la prueba de la experiencia universal, y de salir sin cambio alguno de cualquier clase de discusión sincera a que se la sujete.”

Ahora bien; pocos son los espiritistas, si es que hay alguno, que reúnan las preciosas cualidades requeridas por el profesor Crookes; en otras palabras, su veracidad se halla siempre neutralizada por su entusiasmo, que los ha conducido al error durante los últimos cuarenta años. En contestación a esto se nos dirá –y hay que confesar que con gran justicia– que esta definición científica es un arma de doble filo;;esto es, que los teósofos están, por lo menos, en el mismo caso que los espiritistas; que son entusiastas y, por tanto, crédulos también. Pero en el presente caso la situación cambia. La cuestión no consiste en lo que los espiritistas o teósofos puedan pensar sobre la naturaleza de los espíritus y su grado de veracidad, sino lo que dice la experiencia universal requerida por Sir John Herschel. El espiritismo es una filosofía –si lo es, lo que nosotros negamos– de ayer. El Ocultismo y la filosofía de Oriente, ya sean verdad en absoluto o sólo relativamente, son enseñanzas que vienen a nosotros con una antigüedad inmensa; y puesto que –tanto en los escritos y tradiciones del Oriente, como en los numerosos fragmentos y manuscritos que nos han dejado los teósofos neo–platónicos; en las observaciones de sabios, tales como Porfirio y Jámblico, en las de los teósofos de la edad media, y así sucesivamente ad infinitum –puesto que encontramos en todos éstos el mismo idéntico testimonio de la naturaleza, extremadamente variada y a menudo peligrosa, de todos estos genios, demonios, dioses, lares y elementarios, todos confundidos ahora en un haz bajo el nombre de espíritus, no podemos menos que reconocer en todo esto “algo que reporta victoriosamente la prueba de la experiencia universal, y que “resulta sin cambio” después de toda clase de observaciones y experiencias.

Los teósofos dan tan sólo el producto de una experiencia que procede de la más remota antigüedad; los espiritistas sostienen sus propias opiniones nacidas hace cuarenta años, y basadas en su entusiasmo perenne y en su emocionalismo. Pero que se le pregunte a cualquier testigo imparcial y de buena fe, que presencie los hechos de los espíritus en América y que no sea ni teósofo ni espiritista: ¿Cuál puede ser la diferencia entre la novia vampira de quien se dice que Apolonio de Tyana libró a un joven amigo suyo, a quien el súcubo nocturno estaba matando lentamente, y las esposas y esposos espíritus de los médiums? Ninguna, seguramente, sería la contestación correcta.

Aquellos que no se estremezcan ante esta horrenda resurrección de la demonología y brujería de la edad media, pueden en todo caso comprender la razón de por qué, entre los numerosos enemigos de la Teosofía –que desgarra el velo de los misterios del mundo de los espíritus, y quita la máscara a los espíritus disfrazados bajo nombres eminentes–, ningunos son tan mordaces ni tan implacables como los espiritistas de los países protestantes y los países católico–romanos.

Monstrum horrendum informe cui lumen ademptum… es el epíteto más a propósito que debe aplicarse a la mayoría de las Lillies y Joes del mundo de los espíritus. Pero no queremos con esto sostener en modo alguno –no imitando a los espiritistas que están determinados a no creer en otros espíritus que en los de los queridos difuntos– que no existan otros espíritus que los espíritus de la Naturaleza o elementales, cascarones o elementarios, dioses y genios de los reinos invisibles, o que no hay ningún espíritu santo ni elevado que se comunique con los mortales; pues esto no es así. Lo que los ocultistas y kabalistas han dicho siempre, y los teósofos repiten ahora, es que los espíritus elevados o santos no visitan ninguna promiscua sesión espiritista ni se casan con hombres ni mujeres.

La creencia en la existencia de visitantes invisibles, aunque demasiado a menudo presentes, de mundos mejores y peores que el nuestro, está demasiado arraigada en los corazones de los hombres para que pueda ser arrancada tan fácilmente por la fría mano del materialismo, ni aun de la ciencia. Los cargos de superstición acompañados del ridículo, han servido más bien para engendrar nuevas hipocresías y disimulos sociales entre las clases educadas. Pues hay pocos hombres, si es que hay alguno, en el fondo de cuyas almas no exista latente la creencia en tales criaturas sobrehumanas y suprapersonales, la cual puede despertarse a la primera oportunidad. Muchos son los hombres de ciencia que, habiendo abandonado a la vez que los cuentos de las nodrizas, las creencias en los reyes de sílfides y reinas de hadas, y que se ruborizarían de ser acusados de creer en brujerías, han caído, sin embargo, víctimas de la astucia de los Josés, Catalinas y otros fantasmas y directores. Y una vez que han cruzado el Rubicón, ya no vuelven a temer el ridículo. Estos científicos defienden tan desesperadamente la realidad de los espíritus materializados y otros, como si fuesen una ley matemática. Las aspiraciones del alma que parecen innatas en la naturaleza humana, y que duermen tan sólo para despertar con mayor energía; los deseos de cruzar el límite de la materia, que hacen que muchos escépticos se vuelvan creyentes rabiosos a la primera apariencia de lo que para ellos es una prueba innegable; todo esto completa el fenómeno fisiológico del temperamento humano. ¿Han encontrado nuestros modernos fisiólogos su clave? ¿Permanecerá el veredicto non compos mentis o será “víctima del fraude y de la psicología, etc. Cuando decimos que los incrédulos no son sino un puñado, esta afirmación no es exagerada; pues los más escépticos no son los que más alto clamorean contra las supersticiones degradantes, contra la locura ocultista, etc., etc. A la primera oportunidad serán de los primeros entre los que caen y se rinden. Y cuando seriamente se cuentan los millones siempre crecientes de espiritistas, ocultistas y místicos en Europa y América, no hay por qué lamentarse como lo hace Carrington de la marcha de las hadas. Se han marchado, dice el poeta: “Han volado Las hermosas ficciones de nuestros padres, tejidas en la tela de la Superstición cuando el Tiempo era joven”.

Tiernamente amadas y queridas. Han volado Delante de la vara de la ciencia Afirmamos que no han hecho semejante cosa, y que antes al contrario, son estas hadas –y mucho más las hermosas que las horribles– las que amenazan seriamente, bajo sus nuevas máscaras y nombres, desarmar a la ciencia y romper su vara.

La creencia en los espíritus es legítima porque le basa en la autoridad de los experimentos y de la observación; además reivindica otra creencia considerada también como supersticiosa, o sea el Politeísmo. Este último está basado sobre un hecho de la Naturaleza. Espíritus que han sido tomados por dioses, han sido vistos en todas las edades por los hombres –de aquí la creencia en muchos y varios dioses–. El monoteísmo, por otro lado, se funda en una pura abstracción, ¿Quién ha visto a Dios? (nos referimos a aquel Dios Infinito y Omnipotente de que hablan tanto los monoteístas). El politeísmo –una vez que el hombre reclama el derecho de intervención divina en favor suyo– es lógico y de conformidad con las filosofías de Oriente, todas las cuales, ya sean panteístas o deístas, proclaman la abstracción Una e infinita, un Algo absoluto que sobrepuja totalmente a la concepción de lo infinito. Seguramente un credo semejante es más filosófico que aquella religión cuya teología, a la vez que por un lado proclama a Dios un Ser misterioso y hasta Incomprensible, a quien “ningún hombre puede ver ni oír” (Éxodo XXXIII, 20), lo muestra por otro tan humano y tan pequeño como para ocuparse de los calzones de sus escogidos9 ¡mientras que descuidaba el decir algo definido sobre la inmortalidad de sus almas o sobre su supervivencia después de la muerte! Así, pues, la creencia en una hueste o huestes espirituales que moran en varios pueblos y esferas del Universo, o sea, en realidad, en Seres conscientes intra Kósmicos, es lógica y racional, mientras que la creencia en un Dios extra Kósmico es un absurdo. Y si Jehovah, que eran tan celoso por sus judíos, y ordenaba que no debían tener otro Dios que Él, fue tan generoso que otorgó Moisés a Faraón (“Mira; yo he hecho de ti un Dios para Faraón y a Aarón… tu profeta”, Éxodo, VII, 1) como deidad para el monarca egipcio, ¿Por qué a los paganos no se les ha de permitir que elijan sus dioses? Una vez que creemos en la existencia de nuestros Egos, bien podremos creer en la de los Dhyân Chohans. Pues como dice Haré: “el hombre es un ser compuesto, estando hecho de un cuerpo espiritual y de otro carnal; los Ángeles son Espíritus puros, y por tanto, más próximos a Dios, sólo que son creados y finitos por todos los conceptos, mientras que Dios es infinito e increado”. Y si Dios es lo último, entonces no es un Ser sino un Principio incorpóreo al que es una blasfemia el antropomorfizar. Los ángeles o Dhyân Chohans, son los Vivientes; aquel Principio existente por sí mismo, la Causa eterna y compenetradora de todas las causas es tan sólo el nóumeno abstracto del Río de Vida, cuyas olas, siempre rodando, crean los ángeles lo mismo que los hombres; los primeros siendo sencillamente “hombres de naturaleza superior”, como instintivamente lo observaba Young. Las masas de la humanidad tienen, pues, razón en creer en la pluralidad de dioses; no son las naciones cristianas menos politeístas que sus hermanos los paganos, por llamarles ahora espíritus, ángeles o demonios.

Anjo protetor

Los veinte o treinta millones de espiritualistas o espiritistas que existen actualmente, ofician a sus muertos con tanto celo como los chinos e indos modernos ofician a sus houen10, bhoots y pisachas; los paganos, sin embargo, lo hacen para tenerlos tranquilos y que no hagan daño post mortem.

Aun cuando se dice que estos dioses son “superiores al hombre en algunos conceptos”, no se debe decir por esto que las potencias latentes del Espíritu humano sean en modo alguno inferiores a las de los devas. Sus facultades están más desarrolladas que las del hombre ordinario; pero en último resultado, este desarrollo tiene un límite prescrito, lo que no sucede con el espíritu humano. Este hecho ha sido bien simbolizado en el Mahâbhârata por la victoria que por sí sólo obtuvo Arjuna, bajo el nombre de Nara (hombre) sobre toda la hueste de los devas y deva –yo– nis (elementales inferiores).

También encontramos la referencia a este mismo poder del hombre en la Biblia, pues, San Pablo dice claramente a su auditorio: “¿No sabéis que juzgaremos a los Ángeles?” (I Corin. VI, 3), y habla del cuerpo astral del hombre, el soma psychikon, y del cuerpo espiritual, soma pneumatikon que “no tiene carne ni huesos” pero que, sin embargo, tiene una forma externa.

El orden de seres llamados devas –cuya variedad es tan grande que su descripción no puede intentarse aquí– se da en algunos tratados ocultos. Hay devas superiores e inferiores, elementales superiores y muy inferiores al hombre y aun a los animales. Pero todos éstos han sido o serán hombres, y los primeros volverán a nacer en planetas superiores y en otros Manvantaras. Una cosa puede, sin embargo, mencionarse. Los Pitris, o nuestros antecesores lunares y la comunicación de los mortales con ellos, han sido varias veces mencionados por los espiritistas como un argumento de que los indos creen efectivamente en espíritus, y que hasta los adoran. Esto es un gran error. No son los Pitris individualmente los que hayan podido ser consultados, sino su Sabiduría en conjunto; mostrándose esta Sabiduría, mística y alegóricamente, en el lado luminoso de la luna.

Lo que los brahmanes invocan, no son los espíritus de los antecesores difuntos; puede encontrarse el completo significado de este nombre en el vol. II de la Doctrina Secreta, en donde se da la génesis del hombre. Los espíritus humanos más desarrollados y elevados declararán siempre al dejar su vivienda de barro: nacha purarâvarti, “no volveremos”; y de este modo se colocan fuera del alcance de ningún hombre vivo. Pero para comprender completamente la naturaleza de los antecesores lunares y su relación con la luna, se necesitaría la revelación de los secretos ocultos que no están destinados para el conocimiento del público. Por tanto, no se dará más que las pocas insinuaciones siguientes: Uno de los nombres de la luna en sánscrito es Soma, que es también el nombre, como es bien sabido, de la bebida mística de los brahmanes, y demuestra la relación entre las dos. Un bebedor de Soma alcanza el poder de ponerse en relación directa con el lado brillante de la luna, tomando así inspiración de la energía intelectual concentrada de los benditos antecesores. Esta concentración, y el ser la luna un depósito de esta energía, es el secreto cuyo significado no puede ser revelado más allá del mero hecho de mencionar el continuo derrame sobre la tierra de cierta influencia desde el lado brillante de la esfera.

Esto que parece una corriente (al ignorante) es de naturaleza doble: una que da vida y sabiduría, y la otra que es letal. Aquel que puede separar la primera de la segunda, como Kâlahansa separó la leche del agua que estaba mezclada con ella, demostrará así gran sabiduría y tendrá su recompensa. La palabra Pitri significa, sin duda alguna, el antecesor; pero lo que se invoca es la sabiduría lunar, esotéricamente, y no al antecesor lunar. Esta sabiduría era la que invocaba Qutamy, el caldeo, en el Nabathean Agriculture, quien escribió “las revelaciones de la Luna”. Pero existe el otro lado de esto.

Así como la mayoría de las ceremonias religiosas brahmánicas están relacionadas con la luna llena, de la misma manera las siniestras ceremonias de los hechiceros tienen lugar en la luna nueva y en su último cuarto. Del mismo modo, cuando el ser humano perdido, o hechicero, llega a la consumación de su carrera depravada, todo el mal Karma, y la mala inspiración cae sobre él, como un negro íncubo de iniquidad, desde “el lado oscuro de la luna”. El hechicero, el dugpa, que ejecuta siempre sus ritos infernales en el día de la luna nueva, cuando la influencia benévola de los Pitris está en su más bajo nivel, cristaliza parte de la energía satánica de sus predecesores en el mal, para sus propios viles fines, mientras que el brahmán, por otro lado, persigue un fin benévolo correspondiente con la energía que le otorgan sus Pitris… Por tanto, éste es el verdadero espiritismo, cuyo corazón y alma han sido tan erróneamente comprendidos por los modernos espiritistas. Cuando llegue el día de la revelación completa, se verá que las llamadas supersticiones del brahmanismo y de los antiguos paganos en general, eran simplemente ciencias naturales y físicas, veladas a los Ojos profanos de las multitudes ignorantes, por temor a la profanación y al abuso, por medio de disfraces alegóricos y simbólicos que la ciencia moderna no ha podido descubrir.

Afirmamos pues que ningún teósofo ha creído jamás en supersticiones degradantes ni ha contribuido a propagarlas más que lo que ha podido hacerlo cualquier sociedad filosófica o científica. La única diferencia entre los espíritus de otras sociedades, sectas o instituciones y los nuestros, consiste en sus nombres y en los asertos dogmáticos con respecto a su naturaleza. En aquellos a quienes los millones de espiritistas llaman los espíritus de los muertos, y en quienes la Iglesia romana ve los demonios de Satanás, no vemos nosotros ni lo uno ni lo otro. Los llamamos Dhyân Chohans, devas, Pitris, elementales superiores e inferiores, y los conocemos como los dioses de los gentiles, a veces imperfectos, nunca santos. Cada orden tiene su nombre, su sitio, sus funciones, que la Naturaleza le ha asignado; y cada hueste es el complemento y la coronación de su propia esfera particular, lo mismo que el hombre es el complemento y la coronación de su globo; de aquí que sean una necesidad natural y lógica en el Kosmos.

NOTAS

1 Los Urdhwasrota, los Dioses, llamados así porque la sola vista de los alimentos tiene para ellos el lugar de comida; “pues hay satisfacción en la sola contemplación de la ambrosía”, dice el comentador del Vishnu Purâna.

2 Summer Land, literalmente, “tierra de verano”. Debe advertirse que estos espiritistas son los de la escuela americana, que no creen en la reencarnación, y que su Summer Land es un lugar situado en los alrededores de la Vía Láctea (sic), en donde los espíritus se casan, tienen hijos, se educan, tienen Congreso, casinos, etc. Los espiritistas de la escuela de Allan Kardec creen en la reencarnación y son algo más serios que los primeros con sus antifilosóficos y materialistas conceptos. N. del T.

3 La obra fue publicada en París en 1670 y en 1675; fue cruelmente asesinado el autor en su viaje a Lyon desde el Languedoc, su país natal.

4 Sub–Mundanos o los Elementarios de la Kábala; es la historia de los Espíritus, vuelta a imprimir del texto del Abate de Villars, Physio– AstroMystic, en donde se asegura que existen en la tierra criaturas racionales además del hombre. Robert H. Fryer. Bath, 1886.

5 Hablamos aquí de los bien conocidos antiguos estatutos de la Hechicería de los asiáticos, así como de la demonología de Europa. La bruja tiene que renunciar a su marido, y el brujo a sus derechos maritales sobre la esposa humana legítima, del mismo modo que el dugpa renuncia hasta el presente todo comercio con mujeres humanas, como lo hace también el vudú, de Nueva Orleáns, durante el ejercicio de sus poderes. Todos los kabalistas saben esto.

6 Los kabalistas judíos de Polonia y de Galitzia llaman en su ayuda al espíritu hembra de nergal, cuando se dedican a alguna venganza, para que infunda poder en ellos. El hechicero musulmán llama a un djini hembra; un koldoon ruso a una bruja muerta (vyedma); el hechicero chino tiene una houen en su casa, bajo sus órdenes. Este comercio se dice que proporciona poderes mágicos y una fuerza sobrenatural.

7 Sub–Mundanes, o The Elementaries of the Cabala, con un apéndice ilustrado de la obra Demoniality o Incubi and Succubi, por el Rvdo. Padre Sinistrari de Amando. La contestación dada (pág. 133) por un supuesto diablo a San Antonio, respecto a la corporeidad de los íncubos y súcubos, sería ahora quizás oportuna. Habiendo preguntado el bendito San Antonio quién era él, el pequeño enano de los bosques contestó: “Soy un mortal y uno de los habitantes de los desiertos, a quienes los gentiles en sus diferentes errores, adoran bajo los nombres de faunos, sátiros e íncubos”; o espíritus de los muertos, pudo haber añadido este elemental, vehículo de algún elementario. Esta es una narración de San jerónimo, quien creía del todo en ella, y nosotros también, aunque con algunas variantes.

8 Los argumentos y testimonios que se presentan contra la filosofía de oriente, son muy curiosos, Seguramente esto es una buena prueba de que los ocultistas tienen razón en decir que la mayoría de estos espíritus no son ni siquiera espíritus mentirosos, sino simplemente cascarones vacíos y sin sentido, que adquieren conciencia sólo con la ayuda de los cerebros de los asistentes y del cerebro del médium, como medio de relación.

9 “Y tú le harás calzones de lienzo para que cubran su desnudez, que alcanzarán desde sus lomos a sus muslos” (Éxodo XXVIII, pág. 42 y siguientes.) ¡Dios un mercader de lienzos y un sastre!

10 El houen en China es “la segunda alma, o vitalidad humana; el principio que anima a la aparición”, según lo explican los misioneros de China; simplemente el astral. El houen, sin embargo, es distinto del Antecesor como los bhoots lo son de los Pitris en la India.

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