Poemas

Pedro Marqués de Armas

El triunfo de la muerte

A Marco

En Forlimpopoli ganó la literatura.
Eso pensé mientras me apartaba del centro,
donde las calles tienen nombres de escritores: 
Saba, más amplia, Calvino, alrededor
de una modesta rotonda, Pasolini,
rozando los últimos chalets
para una clase media sin mayores conflictos
que el final del verano, y en la que –parece–
nunca irrumpe la muerte.

Y sin embargo por eso estaba ahí.
Y por eso salí a caminar. Y caminé hasta las lindes
reconfortado casi, cediendo a la isomorfa
(belleza) de jardines podados, se diría
erigidos por un mecanismo
inteligente.

Pero a las calles con nombres de escritores
siguieron Gagarin, Allende, Lubumba,
Ho-Chi-Minh, y, como si se hubiese agotado
el catálogo, otra vez Via dei Cosmonauti,
Via delle Stelle, Via degli Astri…
Entonces pensé en los funcionarios
que nos recibieron esa mañana en el cementerio,
ironía felliniana para quienes
quedamos aquí: degli Angeli,
y su superior, Crudeli.

En este mundo solo hay una intersección verdadera:
ángeles y demonios asientan por igual
los nombres del Comune, y uno no puede
escapar a la imaginación de los mapas,
a la serie de fosas, al largo elenco
de trompetas y triunfos.

No recuerdo ya qué rotonda seguí
ni cómo encontré la casa.
El invierno, eso sí, había entrado de cuajo.
Y solo era tenaz la imagen
de tres mujeres eligiendo una tumba.

Das Kapital

Sanguineti, pescado chico,
el 18 del Gruppo 63 (según la foto)
el que escribía como conversaba
poniéndolo todo entre paréntesis
(familia, historia, el puntilloso
mundillo intelectual,
el nervio mismo de la poesía
—nada, si se mira, en comparación
con la punta del cigarrillo)
mordió el anzuelo y murió alla fine
boqueando —me cuentan— el pasado 18
en Ospedale di Villa Scassi di Sampierdaren
“¿no ven qué es un aneurisma?” –sin cabal
asistencia (inexistido) este sí
grande de la Utopía
pescado al sol

Memoria de la estampida

Uno más que se queda al campo
un Charles Atlas
un Barrabás de feria
o cualquiera de los otros de la clase

Jorge Edmundo Novoa Sosa (el navegante)
Vilches ahogado en las pocetas
y la caterva de los Calunga
en lo alto del palomar

Para no hablar de los hermanos Moreno
cada vez que hubo estampida

Uno más que se queda al campo
uno más a remolque
tras la curva
de los Elevados

Pampilhosa

Para nosotros, la poesía fue ejercicio.
Para ustedes, tal vez un don.
Nosotros la hicimos con las piernas
cuando podíamos haber ido en coche.
Pueblos, pasos a nivel –escapados del progreso
para nuestro ejercicio, a gachas.
O si prefieres, de soslayo.
Como aquel Pampilhosa con su disco de carbón,
sus torres insufribles
y su falta de señales.

La ilusión de Sagra

Tras largos años de ausencia, regresa a La Habana en 1859. Vuelve al teatro de sus tareas científicas, e intenta apreciar las sensaciones que ese retorno le produce, como si se tratara de un evento que pudiera medirse y reflejarse en un gráfico. Es ya un anciano, lo reconoce, pero fortalecido y curado de espantos. Arrojado a la vejez, sí, pero también a buen puerto, al país de sus ensayos, al origen de su experiencia. Constata los cambios que se han producido en la fisionomía de la ciudad, los nuevos barrios extramuros con sus amplias avenidas que cruzan el glacis; pero apenas le cuesta reconocer, bajo ello, una “vieja faz” que le trasmite quietud. Siente, entre el pasado y el presente, un perfecto equilibro en el que se solaza con “fundada alegría”. Nada de lo que se ofrece es lo bastante distinto, ni guarda proporción alguna con los cambios operados en sus ideas y posiciones. Ha cambiado él pero no sus recuerdos, no las imágenes. Cree despertar de un sueño que lo devuelve a idéntica vigilia. El encontrar a sus amigos envejecidos no aminora el contraste, no distorsiona esa impresión que, si bien reconoce ilusoria, registra con punzante objetividad. Los “testimonios de afecto” que recibe atestiguan que el tiempo no ha transcurrido. Nada lo persuade de lo contrario. Presencia y recuerdo se funden. Un cuarto de siglo puede ser un día. Pero entonces algo viene a enturbiar su entusiasmo. Al atravesar el Campo de Marte hiere su vista un “aglomeramiento de almacenes y barracas” que ocupa el ahora terreno del antiguo Jardín Botánico. En lugar de “floridos vergeles” y “sendas majestuosas” topa con los residuos de una ciudad que crece a expensas de ellos. El respiradero de la urbe convertido en excrecencia. Teme que la destrucción material de aquel paraje se corresponda con la de su memoria y todo no sea sino una vana, indemostrable ilusión. Sin embargo, sigue adelante. Otros testimonios lo atestiguan. Otros que entonces eran niños se suman a la lista, al gráfico de impresiones. A su regreso ha encontrado más amigos que los que dejó al partir. No cede un ápice. Tanta benevolencia lo colma todo. No experimenta ningún vacío, ninguna ausencia. No tiene ya que dolerse, como en los años del cólera, de las carretas de muertos. De nuevo la ciudad es “todo circulación” y él torna a ser el ermitaño del jardín de las plantas.

Lengua larga

Cuando por fin estuvo a solas tras la noche en que consultó al santero, de vuelta de Regla, Artaud se encaminó al hostal. Pero no lo encontró. Así que estuvo dando tumbos hasta el amanecer. Esa primera hora de la mañana cuando los gandules duermen aún contra las paredes, y todavía no pasan los carros que llevan el hielo a los bares.

Muerto de cansancio, se detuvo en la Plaza de San Francisco. Un mendigo bebía agua en la fuente. Cuando se alejó, fue y bebió él también. De pronto, a sus espaldas, se oyeron voces y gritos. Tres individuos tenían acorralados a otros dos, y uno de ellos no dejaba de gritar: “¡Lengua larga! ¡Lengua larga!” Comprendió que algo pasaba y se pegó lo más que pudo contra una columna.

En ese momento se acercaba a la plaza un automóvil y comenzaron a estallar vidrios, bop, bop, bop… Dos tipos se bajaron, un negro con una Thompson y un blanco con overol y pistola, y bop, bop, bop… Y Artaud (que los miraba por el rabito del ojo) se pegó aún más contra la columna y vio cómo remataban a uno y al otro le levantaban los sesos. Apretó contra el pecho la espadita que el santero le había ofrendado y casi se confundió con los anuncios de Regalías el Cuño.

Todo eso duró unos minutos. La plaza quedó desierta. Y Artaud se alejó rumiando aquellos vocablos, los únicos que aprendió en Cuba. Ese amanecer de 1936.

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