Simbología Arcaica

Mario Roso de Luna

COMENTARIOS A “LA DOCTRINA SECRETA”, DE H. P. BLAVATSKY, FUNDADORA DE LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

MADRID EDITORIAL PUEYO CALLE DEL ARENAL, 6.

1921

INTRODUCCIÓN

“Los casos dificultosos,
 tan justamente envidiados,
 empréndenlos los honrados,
 y alcánzanlos los dichosos.”

Viejo Cronicón castellano del Conde de Salinas

“Ninguna ciencia -dice César Cantú- satisface tan completamente como la Historia la inmensa necesidad de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello que la Humanidad siente más imperiosamente a medida que adelanta en su camino. Nuevos nosotros en este mundo, y sucesores de aquellos que, conociéndolo apenas, lo abandonaron; anillos temporales de la cadena en la cual, a pesar de la destrucción de los individuos, se perpetúa la especie, ¿cómo podríamos dirigirnos si estuviésemos atenidos solamente a la propia existencia? En poco superiores a los brutos y acaso más desgraciados que ellos, guiados por el instinto del placer o por el imperio de la necesidad, nos pareceríamos al niño nacido a media noche que, al ver salir el Sol, le creyera acabado de crear en aquel momento mismo. El estudio de los hombres y de los libros, sin embargo, nos acostumbra a la vida y nos anticipa o ahorra las preciosas pero siempre caras lecciones de la experiencia. Así, la Historia, que atesora en los libros los estudios todos relativos al hombre, combina sabiamente estas dos lecciones, y forma la mejor transición de la teoría a la práctica y de la escuela a la vida… De este modo conseguimos elevarnos sobre mezquinos intereses efímeros, convenciéndonos de que somos meros miembros de una fraternidad universal que, con más o menos luchas, errores y caídas, se dirige a la conquista de la virtud, de la felicidad y de la sabiduría. Dilátase así nuestra existencia a todos los siglos; nuestra patria, a todo el mundo, pues que nos sentimos contemporáneos de los grandes personajes y obligados a enriquecer con nuestra propia obra la herencia sagrada de nuestros padres recibida, de suerte que nos vamos acostumbrando poco a poco a no confundir lo realmente bueno con lo aparentemente útil, lo bello con lo que sólo está conforme con nuestras lamentables pasiones o con la rutina establecida. De esta manera, habituándonos también a respetar tan sólo los oráculos de una rigurosa justicia y de una generosa y delicada simpatía, aprendemos a dirigir todos nuestros actos por las luces de la razón y a sentir que la felicidad de todos es nuestra propia dicha.

“Aun cuando la Historia -continúa- no produjese otro bien más que el de mitigar nuestro cobarde egoísmo, que es gangrena de la sociedad moderna, y de impulsarnos a una generosidad activa y consoladora, su importancia sería indudablemente grande… Disgustado el hombre con tantos y tantos beneficios egoístas, hostilidades encubiertas, caricias insidiosas y compasiones insultantes; aturdido por el constante choque de míseros intereses, entre la avaricia servil de los unos y la débil negligencia de los otros, entre viejos hastiados que rechazan todo progreso y jóvenes que le destruyen por acelerarlo, acaba desalentado por considerar al mundo como dirigido por el ciego capricho del acaso, cuando no como miserable juguete de una potencia envidiosa, absurda, que se complace en ir esterilizando uno a uno nuestros más titánicos esfuerzos. Entonces, temeroso o desesperanzado, acaba el hombre adoptando como ley suprema la del goce ínfimo del instante fugaz, diciendo con el escéptico: “Cojamos las rosas antes de que se marchiten, y gocemos sin tasa hoy, ya que mañana hemos de morir.” Pero cuando la Historia, inmortal conciudadana de todos los pueblos en todos los tiempos, abraza con mirada de águila toda la Humanidad, el espectáculo de su inmensidad sin límites cambia la idea de nuestra breve existencia; la melancolía impotente de vernos solos, cede el puesto al consuelo de hallarnos unidos fraternalmente con la gran familia humana para completar la regeneración del individuo y de la especie, y entre las siempre desordenadas voluntariedades del hombre y los múltiples accidentes a los que llamamos Fortuna, distinguimos un Algo -la Ley del Dharma y del Karma, vulgo Providencia, que decimos los teósofos-, que guía los esfuerzos individuales a la conquista de la verdad y de la virtud, y hace que la víctima ayer de la violencia, se trueque en maestra de sus perseguidores, convirtiendo en un bienhechor de la Humanidad al que antes fuera su azote.”

Encabezamos nuestra obra con estas frases del historiador italiano porque, empezando por apropiárnoslas, tenemos también que comenzar consignando un amarguísimo hecho: el de que la Historia toda nuestra está ESENCIALMENTE falsificada desde el momento que dejó de apoyarse en la arcaica simbología histórico-religiosa, y, por tanto, aún en manos de quien tan hermosas ideas ha expresado, resulta ella la más cruel mixtificación consciente o inconsciente, de la verdadera Historia, cuyas claves hay que buscar a veces nada menos que en la fábula, el mito, en suma, en EL SÍMBOLO, si queremos lograr la Verdad Verdadera, a través del ropaje de mentira con que ha venido envuelta hasta aquí.

Una mujer, la más grande del siglo XIX, Helena Petrovna Blavatsky, ha tenido la valentía no sólo de decirlo, sino de demostrarlo en sus dos obras maestras, Isis sin Velo y La Doctrina Secreta. Nosotros, sus humildes discípulos, aunque desprovistos seguramente de muchas de las dotes precisas, vamos a continuar la senda por aquélla trazada, comentando de paso estas dos obras admirables en la medida de nuestras fuerzas para ver de facilitar la tarea de los verdaderos estudiantes, que sienten cada vez más intensa la necesidad de un cuerpo ordenado de libros en que se explanen a la vez que se sinteticen las nuevas ideas, llamadas a traer una era nueva, una feliz edad de oro al mundo desvalido.

Dada la inmensidad de los materiales acumulados por los tiempos, comprenderá el lector que no vamos a hacer una labor de detalle, sino de conjunto, porque otra cosa equivaldría a lo imposible. Las claves que se dan están todas dadas en dichas dos obras de la Maestra, y a ellas habremos de atenernos, en primer término, dejando para la labor de los teósofos futuros completar los detalles y hacer brotar nuevas ramas y hojas de tan frondoso tronco, ateniéndose, como ahora intentamos hacerlo nosotros, a ese nuevo método o nueva propedéutica -el método ecléctico analógico o teosófico- que aquella principesca personalidad aportó a nuestra época con sus dichos libros. De este modo aspiramos a conducir honradamente a nuestros lectores desde el estado actual de su mentalidad, escéptica, agnóstica o positivista, hasta las sublimes alturas de la iniciación teosófica, desde las que podrá contemplar, engrandecido, el espléndido panorama de la nueva edad que se avecina[1].

Henos, pues, frente a frente, lector, de un problema casi insoluble: el de comentar debidamente las enseñanzas iniciáticas dadas al mundo por la abnegada e incomprendida mujer que se llamó Helena Petrovna Hann Fadéeff, y, por su matrimonio, madame Blavatsky, como elementos para una Historia nueva y una nueva vida. Porque Blavatsky, en su complejísima personalidad, que hemos diseñado a grandes rasgos en el prólogo de nuestros comentarios a su curiosa obra Por las grutas y selvas del Indostán, fue un misterio viviente; pero aún lo es mucho más por los ciclópeos monumentos que nos ha legado en los dos tomos de Isis sin Velo y en los tres de La Doctrina Secreta, con un número tal de páginas, que forman como una pequeña Biblia. ¡La Biblia de los tiempos modernos, que el brasileño Dr. A. Mázquez ha dicho!

Biblia, sí, pero no en el sentido dogmático -la Teosofía no tiene otro dogma que la Fraternidad-, sino más bien en el sentido revelador y crítico, porque en aquellos cinco gruesos tomos se hace un examen imparcial y levantado de los aciertos y desaciertos de las religiones y de las ciencias; un estudio concienzudo, cual pocos, de la Cosmogénesis y Antropogénesis; un esbozo maravilloso y único de las personalidades excelsas de los grandes Iniciados o Maestros que se han sucedido sin interrupción desde el principío de los tiempos, para impulsar la Evolución en el sentido que le fuera trazada a ésta por el Mundo Arquetípico, que Platón diría.

Para una Humanidad leal, honrada, seria e investigadora, que busca la Verdad por la verdad misma; para una ciencia recta y sin dogmáticos prejuicios que diga con el iniciado Ragón, dévoilons ce qui est faux pour arriver a ce qui est vrai, importa poco, en efecto, que Blavatsky haya podido ser esto o lo otro, según que el amor, la indiferencia o el odio anime a la crítica relativa a su persona: primero, por aquello de Zanoni, de que “las opiniones del hombre constituyen su parte divina, y las acciones, su parte humana”; segundo, porque para juzgar, y menos para juzgar intenciones, nunca llega el juzgador a reunir todos los datos precisos, y, con uno que falte, el juicio corre peligro de ser erróneo, según el principio matemático que rige a las oscilaciones del fiel de toda balanza; es a saber: que cualquier peso A, mayor que otro peso B, puede ser, sin embargo, mayor o menor que B, según sea el peso X con que al B se le incremente, y aquí, en nuestro símbolo, el peso X es precisamente el dato que falta siempre para todos nuestros juicios. ¿Quién puede, sí, gloriarse de conocer bien las intenciones del agente, para poder censurarle o aplaudirle? ¿Y respecto de qué obra humana se conoce bien la intención secreta de quien la realiza?

Por eso la crítica apasionada que condenó a H.P.B.[2] sin oírla, y a su doctrina sin entenderla, ni tomarse la molestia de leerla siquiera, debe ser sustituida por una exposición crítica más objetiva y serena, como la que intentamos hacer nosotros en el trabajo presente. Confesemos, sin embargo, que para no tratar de vindicar más a H.P.B. nos mueve otra poderosa razón, y es la de que un escritor alemán de Norte-América tiene ya escrito y en vías de próxima publicación un voluminosísimo trabajo en el que, con minuciosidad documental acaso hasta excesiva en ocasiones, vindica acabadamente a H.P.B. de la miserable ponzoña lanzada en vano contra su principesca personalidad por el fariseísmo con máscara religiosa, por la pseudociencia infatuada y dogmática, y por la temible vulgaridad del coro de los necios, cuyo número, según Salomón, es infinito; necios quienes, bajo el pretexto de mantener el fiel de la balanza entre el autor y sus émulos, procuran siempre en el momento supremo que la jugada sea “antes que llevada, codillo”, según el argot de los tresillistas.

Para hacer no ya una crítica objetiva sino un mero estudio de la ingente labor de H.P.B., no bastaría la ciencia de un genio y de un polígrafo. Por eso, nosotros, antes de empezar, nos confesamos vencidos. Pero como el que hace lo que puede no está obligado a otra cosa, y como, además, “es mejor la acción que la inacción”, según el Bhagavad-Gita, nos presentamos reverentes ante vosotros, lectores queridos, diciéndoos, como si estas nuestras solemnes palabras tuviesen que ser las últimas de nuestra vida:

– Somos discípulos de la poderosa individualidad oculta tras las iniciales de H.P.B., y, como discípulos, vamos a intentar leer en unión vuestra, y en armonía con la ciencia de Occidente, la Obra inmortal. Sin duda que, por grandes que sean los esfuerzos nuestros en contrario, la nítida blancura de la doctrina expuesta en esta obra aparecerá, en más o menos ocasiones, coloreada por nuestro deficiente modo de ver en lo moral, en lo intelectual, en lo emotivo y en lo físico; pero tenéis un excelente medio de evitar las sombras de nuestro cuadro, leyendo sólo a la Maestra. Si a comentarla nos atrevemos es porque más de una vez, injustamente, dicha Obra ha sido tachada de incoherente, incomprensible y abstrusa, es decir, necesitada de comentarios y de crítica.

– ¿Discípulo de H.P.B.? ¿Y qué es eso? -se nos preguntará-. ¿La habéis conocido física o astralmente, por ventura, como el discípulo del Ocultismo conoce a su Maestro? A lo cual os responderemos con firmeza: – Sí; la hemos conocido; pero no en aquel su cuerpo físico del que ella misma, según Olcott, renegaba diciendo: “Ce vieux corps vide et pourri!”, ni en cuerpo astral o espectral, como tantos otros de los que se ocupa el Ocultismo y el Espiritismo, sino en algo que, por lo mismo que vale más, se suele estimar mucho menos por nuestra frivolidad alocada e ignorante; ¡en su cuerpo mental, EN SU MENTE, QUE ES SU OBRA! ¿Qué sería, en efecto, preferible, sensato lector? ¿Ver una vez más a Wagner, como muchos de los contemporáneos alcanzaron a verle físicamente, u oír en Beyreuth, la Meca wagneriana, la representación del divino Parsifal? El vulgar, el partidario de la letra que mata, preferiría lo primero; el exquisito, optará siempre por lo segundo… Un médium, podrá acaso -y es demasiado suponer- hacer descender al genio que se fue evocándole con sus poderes en este bajo mundo que le atormentó; un artista, en alas de su poderosa imaginación y de su Arte, ascenderá con él por esa bendita Escala de Jacob que el Maestro nos ha legado con su obra hasta esas regiones empíreas donde, piadosamente pensando, hoy, después de muerto fisicamente, mora el genio. ¿Quién no se ha sentido arrobado y como arrebatado a ese Mundo Superior del Maestro respectivo en alas del Arte, el Ars Magna, que Maestro le hizo a él, y maestros nos habrá de hacer a todos nosotros en un más o menos remoto futuro? Con el mediumnismo podremos quizá traer un instante al Maestro que se fue -aunque yo no lo creo-. Con el Arte y la Ciencia, es bien seguro que convivimos con el Maestro mismo en lo mejor y más íntimo de su Ser y de su Mundo, que es su Mente y su Corazón, no el grosero y deleznable cuerpo físico, que aquél felizmente rechazó ya, cual se abandona una vieja vestidura, y que es, de seguro, en nosotros el obstáculo mayor que para la convivencia con Él hoy se nos opone.

El asunto es de una suprema importancia. Meditémoslo.

La célebre y repetidísima parábola acerca de las seis direcciones del espacio que en otras obras nuestras hemos tomado de El Evangelio de Buddha, de Paul Carús, simbolízanos en el Cenit a nuestro Ideal, como en el Nadir a nuestros pecados, a nuestro Karma; en el Oriente, a nuestros progenitores, como en Occidente a nuestros descendientes físicos; en el Norte que es Guta, a nuestros guiadores Maestros, como en el Sur a nuestros discípulos del mañana, a quienes tenemos que guiar kármicamente en el Sendero bajo nuestra responsabilidad más estricta. Pero en la vida ordinaria de topos sublunares que llevamos casi todos diríase que no nos preocupamos de los tres puntos positivos de nuestros cenit, norte y oriente, sino sólo de sus contrarios negativos. Somos, en efecto, pobrísimos de Ideal, ingratos con los Progenitores e ignorantes conscientes respecto de esos otros progenitores espirituales que se llaman nuestros Maestros. Si alguna vez nos acordamos de estos últimos, es para impurificar su doctrina salvadora, saquearlos e industrializarlos, poniendo su Luz altruista bajo el celemín de nuestro codicioso egoísmo, es decir, constituyéndonos en sacerdotes comerciantes, con esa simonía, pecado nefasto e imperdonable contra el Espíritu Santo, que hace casi siempre enriquecer a los discípulos con aquello mismo que fue la causa de la pobreza de los Maestros, cosa en la que ni siquiera tenemos que hacer el manoseado parangón entre Jesús y los que cristianamente se dicen “sus representantes”, sino estudiar la historia entera de la Ciencia que ha visto morir en la miseria a casi todos los que con su miseria y dolores, la enriqueciesen generosos.

Encenagados en las impurezas de la vida material, somos, sí, tan pésimos filósofos, que solemos pretender tener ideales. No podemos negar, por otra parte, que tenemos padres físicos; pero de los padres espirituales o Maestros hacemos caso omiso, ni más ni menos que nuestra Geografía al uso no habla de los siete puntos cardinales, sino de los cuatro consabidos, callándose arteramente los otros tres, que son cardinales también, a fuer de fundamentales y únicos, lo mismo que los otros, al tenor de la etimología latina de cardo, fundamento, apoyo o quicio.

Es más, y perdónesenos nuestra osadía: los tres fundamentales elementos que al hombre integran (el cuerpo, el alma y el espíritu) reciben su alimento respectivo: el primero, de los Padres físicos y de la Madre Naturaleza; la segunda, de los paternales Maestros, y el tercero, del Ideal Abstracto, tras el que el Logos animador del Cosmos se oculta en definitiva. Si lo queréis en términos de estricta Matemática simbólica, os diré que el séptimo punto cardinal, el Loto del Corazón, el Alma de la dicha parábola del Buddha, es punto que pertenece a la vez a las tres líneas: la línea espiritual o vertical, que liga al Ideal con nuestro Karma, y las dos líneas horizontales perpendiculares, es decir, la línea corporal de ascendencia y descendencia, y la línea anímica o mental de nuestros Maestros hasta nuestros discípulos, con toda la inacabable serie de puntos que determinan la propia ilimitación de la línea Geometría, como sucesión que son ellas de puntos…

Y de aquí las siete grandes categorías de hombres que existen en el mundo, a saber: 1ª, la de los perfectos, o sea aquellos conscientes de todos los siete puntos cardinales integradores de su complejo ser, es decir, aquellos seres, rarísimos como los elefantes blancos, que, conocedores de sí mismos, o sea de su séptimo punto -el Loto de su corazón-, tienen perfecta conciencia de su Ideal y de su Karma, perfecto conocimiento de sus Maestros y de sus discípulos, amén de mantener dentro de la más estricta noción de deber sus obligaciones con sus progenitores como con su descendencia: aquéllas, simbolizadas en el primitivo culto religioso ario, y éstas, con el cumplimiento integral de los deberes hacia los hijos, respecto de los cuales nos cabe la terrible responsabilidad de su venida al mundo; 2ª categoría, la de aquellos a quienes el karma de lo que sembraron ahoga más o menos su Ideal libre, haciéndoles perder la visión de su verdadero destino activo en el plan de su Evolución; 3ª, la de quienes, al descuidar sus deberes instructores, llegan a verse a su vez por ellos privados también de la conciencia del Maestro y de su dirección ostensible; 4ª, la de la masa general humana que pierde a su interior ese culto de gratitud hacia los progenitores, es decir, a las generaciones que nos han precedido, cual sucede a nuestro mundo actual con sus desprecios hacia la perdida sabiduría de los pueblos de la Antigüedad, a quienes, sin embargo, todo lo deben…

Las categorías siguientes son ya de sucesiva y alarmante caída, porque envuelven un descenso por bajo ya del nivel medio de la Humanidad actual, dado que en la 4ª olvidamos y hasta glorificamos, locos, nuestros propios y kármicos defectos; en la 5ª no damos nada al mundo que ha de sucedernos, antes bien, le proporcionamos los más deletéreos ejemplos, y ya en la 6ª, malgastamos la herencia de las generaciones futuras, talando sus árboles, destruyendo sus edificios, vías, etc., como si en nosotros hubiera de cumplirse aquella egoísta frase de Luis XIV: “après de moi, le deluye”; lo que acaba determinando en la categoría 7ª y última un estado tal de inhumanidad, que el hombre, desprovisto de ideales en absoluto, sin consagrarse a nada que no sea él mismo, alcanza con su aislamiento estúpido la vida de la bestia, cual si, para una existencia ulterior, presintiese la más dolorosa metempsicosis… ¡Cuántos de éstos, después de la Gran Guerra, no se han evidenciado en el mundo!

Esta aparente digresión no es inútil, porque se encamina a demostrar psicogeométricamente que a casi todos nos faltan en los ejes fundamentales de cristalización de nuestra individualidad, por lo menos, los dos puntos cardinales del Ideal y del Maestro, y ello determina el que muchos hombres geniales, en lugar de constituirse en genios efectivos con su labor -el genio, según Newton, no es sino la paciencia-, caen en la locura, porque se figuran, ¡infelices!, que su ciencia es suya; que cuanto poseen y valen lo deben a sí mismos, y que el Ideal son ¡ellos!, en suma, con cuyo fatal error se envuelven en una vorágine de propios pensamientos de fatuidad que acaba por sumergirlos en el Maelstrom de la locura, como aquel que pretende obtener la satisfacción de la necesidad sexual sin el concurso indispensable del sexo opuesto… Eso nos permite, pues, formular el siguiente aforismo:

El salto en las tinieblas, del talento al genio; la gran labor mágica y alquímica de la transmutación de nuestro plomo en oro, no puede hacerse sin Maestro. La verdadera labor religioso-científica de cada uno de nosotros supone, pues, el concurso del Maestro, Maestro cuyo conocimiento mental es indispensable, sin que, por el momento al menos, necesitemos de ningún otro vínculo, astral ni físico, con él, como suponen muchos engañados que creen posible tropezar de manos a boca aquí o allá con la presentación del Maestro; ¡del Maestro bendito que acaso le aguarda paciente desde su juventud encerrado entre las páginas de un libro X de los de su biblioteca, si es que no determinó Él por sí mismo, con su tutela invisible, toda esa serie de casualidades que trajeran a los estantes de ésta nuestros libros, es decir, los libros que nos son precisos!

Con lo dicho queda justificado el objeto fundamental de esta obra, en la que hay que poner siempre, según los cánones ocultistas, el eterno dicho de San Juan de “¡mi Doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió!”; es decir, ¡del Maestro siempre…! O el otro dicho de la Maestra H.P.B. en sus libros: “Este es un ramillete de ajenas flores: mío sólo es el cordón que las liga, y que podéis, si gustáis, romper.”

*

¿Cómo, pues, conducir a términos de un regular acierto estos comentarios? Si Montaigne ha dicho que “todo extracto de un gran libro es un extracto necio”, nosotros no debemos extractar la obra de la Maestra, sino entreglosarla, ya que también aquel formidable precursor de la Enciclopedia cuidó de añadir, mostrándonos el camino: “no hacemos verdaderamente otra cosa los escritores que entreglosarnos recíprocamente, pues, contra lo que se cree, autores verdaderos hay muy pocos”, ¿quién sabe, por otro lado, los términos de gloria que esta ínfima labor nuestra puede proporcionar a la empresa de una regeneración del mundo después del fracaso guerrero y social que han tenido al par las religiones que no quisieron, o no supieron o no pudieron evitar la guerra, y las ciencias que con sus descubrimientos la hicieron más cruel? “Mi pensamiento -que dijo Voltaire- está siempre bajo la influencia del sentimiento que me domina, y lejos de intentar el rechazarle persisto más y más en él, ya que por él valgo lo que valgo, si es que realmente valgo alguna cosa…” Además, Plutarco, coincidiendo en ello con la parábola del grano de mostaza evangélico, nos enseñó gallardo que “por pequeño que sea el comienzo de cualquier empresa, nunca es tan pequeño que su continuación no le haga grande, siendo la causa de que después no se le pueda detener precisamente el antes habérsele despreciado “por ínfimo”.

Por supuesto, que en nuestra empresa descontamos de antemano la saña de cuantos malos críticos de dentro o de fuera del espiritualismo y acaso hasta de dentro de la Sociedad Teosófica pretendan desacreditarla señalándonos inevitables o poco evitables defectos. A tales infelices les diremos con Quevedo (La cuna y la sepultura, cap. IV): “No sé que haya más desdichado ni más ignorante género de gente que aquella que muestra su estudio en advertir descuidos y yerros ajenos. Comparo yo estos Señores Ceñudos, que se precian de severos siendo envidiosos, a los gusanos, pues que no están jamás sino donde hay algo podrido.” La notable epístola 17 del Centón de Cibdad-Real consigna, además, para ellos, que “está en la Santa Escritura que Dios no permite que atinen en sus críticas como en sus consejos, los que los llevan a mal fin”, y contra tales tronó arrogante Zorrilla cuando se despidió de su gloria pasada, diciendo:

Por todos medios y modos
quiero ver si en mi vejez
gusto a todos de una vez
o riño a la vez con todos.
José Zorrilla

Luis de Zulueta, en una hermosa crónica, nos comentaba días pasados el reciente libro de un abad de la Provenza acerca de una nueva y valiente moral, la más propia para inaugurar debidamente los días que se avecinan, y decía:

“En el mismo campo verde y suave de la Provenza, dorado por el sol, que escuchó las férvidas predicaciones de los valdenses, de los albigenses, que lo removieron con su soplo de intensa religiosidad; en aquellas dulces comarcas, donde la Naturaleza parece que debía enseñar tolerancia a los hombres, ha escrito en estos tiempos el pasto evangélico que se oculta bajo el seudónimo de Noel Vesper, un libro muy comentado y discutido: Anticipaciones a una moral del riesgo.

“La vida es acción, viene a decir en esa obra Noel Vesper. Acción equivale siempre a sacrificio. Consiste en un sacrificio de una parte de la realidad, de una parte de lo ya existente y logrado, que consumamos por amor al ideal, a lo que aún no existe ni estamos seguros de lograr. Toda acción es, pues, un sacrificio del presente al misterio del porvenir. Es un riesgo.

“El riesgo constituye el sentido moral de la vida. La Ética tiene así un carácter dinámico, emprendedor, osado. Condena la abstención, el reposo. La virtud está siempre en marcha. ¿No dijo ya Jesús que el que quiera salvar su alma -y alma, es fama- la perderá, y que el que la pierda, es decir, el que la arriesgue en cada hora, ese solo la salvará?

“El riesgo es también el sentido religioso de la vida humana. Dios, que pudo mantenerse en pasiva e inmóvil perfección, se arriesgó creando un mundo que evoluciona libremente con todas las eventualidades dramáticas de la vida y todas las trágicas posibilidades del mal. El Enemigo, el Antidios surge entonces. Para esta Teología dualista, frente al Poder divino, que es creación, voluntad, riesgo, hay un Poder demoníaco, encarnación de la tendencia a quedarse en la quietud, en la inactividad, en una segura y negativa beatitud…”

Frente a semejante doctrina del riesgo, no faltará un mal informado maestro Cávia que nos suelte una frívola crónica al usum Delphinis, es decir, para “dar comida a las fieras de la necedad”, repitiendo aquello de que las doctrinas que sustenta la Teosofía se prestarían sobremanera para la tramoya fantástica de una gran obra de teatro… Tuvo razón el fallecido causeur de las Chácharas de El Imparcial: ¡de la tragicomedia de la Vida…! ¡Aquella tragicomedia que no distingue ya de cuerdos ni de locos, al tenor de la sátira campoamorina, que dice:

Para divertir su afán
Cantaba a su reja un loco:
¡Unos estamos por poco
y otros por poco no están!

Porque, pensase el buen Cávia lo que quisiera, es indudable que nos hallamos ya arrastrados por un gran renacimiento religioso, que es a la vez científico, o sea teosófico, en suma.

El antes citado Luis Zulueta consignaba en otra sabrosa crónica:

“Un poeta bretón, Quellien, el último creador de mitos, decía que el alma de Ernesto Renán habitaría, después de la muerte, bajo la forma de una blanca gaviota, junto a la ruinosa iglesia de Tréguier, su pueblo natal. Volaría el ave todas las noches, eternamente, dando gritos lastimeros alrededor de la puerta y las ventanas cerradas, como si en vano intentase penetrar en el santuario. Los campesinos dirían tal vez al pasar: ¿Será el alma de un sacerdote que quiere decir su misa?

“¡Cuántas almas modernas revolotean así alrededor del viejo templo! Su misa no empieza nunca. Se sienten atraídos por la inefable nostalgia de la fe. No se llaman religiosas, y acaso no haya otras que lo sean tan de veras. Nadie conoce a Dios; no lo posee nadie: la diferencia está sólo en que unos no lo buscan y otros lo buscan perpetuamente.

“Desde el siglo individualista y positivista de Renán hasta los comienzos del nuestro, cabe señalar una nueva etapa del renacimiento religioso. La religión, para el incomparable artista de Tréguier, era poco más que una delicada emoción estética que su espíritu aristocrático no renunciaba a saborear. Pero, ¡ay!, con esto sólo no se vuelve a las catacumbas.

“Hoy se piensa en algo más fuerte y vital; comprendemos mejor, por otra parte, la importancia de lo colectivo, de la comunidad, el valor ideal de una Iglesia.

“No podemos admitir otras verdades que las verdades de la ciencia. De la ciencia en su más amplio sentido. Ni más norma que el arte para los sentimientos, ni otros deberes que los deberes morales. Pero, ¿no habrá, además, una tonalidad religiosa, una manera religiosa de concebir esos mismos sentimientos científicos, estéticos, éticos, en la unidad total del espíritu y como en un sentido general de la vida? ¿Repetiríamos todavía, con Goethe, que sólo quien no tiene arte ni ciencia necesita religión, pues quien ciencia y arte tiene, ya tiene religión? Así, vuelta tras vuelta, la gaviota blanca va girando en torno de la antigua Iglesia. La atrae algún tenue hilo de luz que parece filtrarse a través de las grietas de los muros…”

Pero el filósofo verdadero, como dice Montesquieu, ni pretende reformarlo todo, ni menos someterse a todo, ya que ni es un tirano ni un esclavo. Por eso la filosofía puede y debe discutir por igual los motivos de la creencia religiosa y los de la creencia científica, que es lo que la Maestra hizo principalmente en sus obras con gran escándalo de los sacerdotes de uno y de otro culto, buscando asaltar la fortaleza secular de los prejuicios religiosos y científicos, porque semejante valentía era la más necesaria de todas, desde el momento en que Montaigne le había enseñado que “los prejuicios de las superstición son superiores a todos los demás prejuicios, y sus pretendidas razones, superiores a todo sensato razonamiento”, y porque en su tiempo, como en el de Paracelso y en el nuestro, se había olvidado aquello de que sin incurrir en pedantería, “no debe expresarse de una manera científica lo que puede decirse igualmente bien con términos que entienda todo el mundo, porque nunca habrá yerro en hacer popular y sencilla la lengua de la razón”.

El admirable autor de El espíritu de las leyes cuidó muy bien, en efecto, de establecer esta no infalibilidad de la humana ciencia cuando dijo que “a los principios fundamentales de la ciencia los llamamos principios porque nuestros conocimientos empiezan en ellos. Pero bien lejos de merecer este nombre por sí mismos, acaso no son ellos sino consecuencias muy lejanas e inferiores de otros principios más generales, cuya sutileza los oculta a nuestras miradas.” P. Barbarin, en efecto, al hacer un lindo tomito de Hipergeometría o Geometría de ene dimensiones, estudiando en ella el espacio como un caso particular del hiperespacio, nos historia cómo desde bien antiguo se debatió acerca de la falsedad del postulado de Euclides (que al ser base de nuestra Geometría lo es de nuestras ciencias todas), con criterio análogo al que inspira a Bolai, Rieman y Lovatcheustky, sus geometrías no euclídeas, y de las cuales las geometrías del espacio y del plano no son sino un caso particular.

En cuanto a las religiones corrientes o exotéricas, pobres y empañados cristales que reflejan, sin embargo, entre mil falacias, pálidos rayos del sol de la Religión-Sabiduría, de la Ciencia-Religión primitiva, lo primero que hay que decirles, recordando a Montesquieu, es que el concepto de su Dios no puede parangonarse con el de la Suprema e Incognoscible Seidad Abstracta a que llega la verdadera Teosofía, y que la verdad de su existencia, además, nunca pudo ser objeto de revelación, porque el hecho mismo de la revelación le supone ya con la más lamentable e ilógica de las peticiones de principio, razón por la cual, hasta las pretendidas revelaciones de las religiones exotéricas se fundan sobre verdades filosóficas y dependen, por tanto, de la filosofía más alta y sintética, es decir, de la Teosofía.

La conciencia, ese “anciano solitario y profeta del corazón”, nos dice con Mirabeau, que: “Hay una propiedad que ningún hombre querría enajenar ni poner en manos de otro, sacerdote o no: los movimientos de su alma; las inspiraciones de su pensamiento. Este sagrado dominio coloca al hombre en una jerarquía infinitamente más alta que la que cualquier Estado social pueda concederle: ciudadano, adopta una forma de gobierno; pensador, tiene por patria a todo el universo. Las relaciones de cada hombre con el Ser de las alturas -que también está en lo más íntimo de nuestra conciencia, sin duda, como creía San Pablo- son independientes de toda institución política. ¿Quién, en efecto, se atrevería a ser el adecuado intermediario entre Dios y el corazón de un hombre?” ¡Y sin embargo, así como hay una clase que quiso sernos la única dispensadora de la ciencia, hay otra que, bajo pretexto de enseñarnos a Dios, nos lo eclipsa y ensombrece…

En cuanto a los cultos que estos desventurados quieren imponer por una más o menos solapada violencia, nos atendremos en primer lugar al dicho de Edward Gibbon (History of the decline and fall of the Roman Empire, II, 46): “Los varios cultos que prevalecieron en el mundo romano fueron todos considerados por el pueblo como igualmente verdaderos, por el filósofo como igualmente falsos, por el magistrado como igualmente útiles”. Así la tolerancia produjo, no sólo mutua indulgencia, sino aun religiosa y fraternal concordia. Pero, ¡ay!, tan luego como Constantino dio la Paz a la Iglesia, es decir, sembró la discordia en el mundo, la violencia y el derramamiento de sangre no sólo no ha cesado, sino que se ha hecho más terrible y asolador.

Nota del Editor: texto inacabado,
continua en el próximo número de la revista.


[1]  “Nos hallamos -decía H.P.B. en 1988- al final de un período del Kali-yuga ario, o Edad Negra, comenzada hacia el año 3102 antes de nuestra Era, con la muerte del Avatar Krishna, y de aquí a 1897 se hará un gran jirón en el velo de la Naturaleza y la ciencia materialista sufrirá un rudo golpe.” En efecto, por el año 1897 se descubrió el radio y con él ha cambiado la concepción del átomo, o sea de la materia.
[2]  En lo sucesivo designaremos así a la Maestra, no tanto por abreviatura, sino porque siempre gustó ella de que así se la llamase, y no “Mad. Blavatsky”.

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