Un pez llamado Bonifacio

Ernesto Enrique Hernández Pascual

Para Amilkar Feria

Soñó que un pez llamado Bonifacio salía de su pecera y comenzaba a comportarse como un ser humano.

Mientras despertaba, o soñando que despertaba, se preguntó por qué aparecería en su sueño un pez llamado Bonifacio que, tras salir de su pecera, se comportaría como un ser humano.

Por qué precisamente en su sueño, y por qué un pez, se preguntó.

Mejor debía preguntarse cómo un pez, que decidiera llamarse Bonifacio, se comportaría como un ser humano y saldría de su pecera, si es que, llamándose Bonifacio, o cualquier otro nombre, es posible que un pez salga de su pecera y adopte un comportamiento humano.

Suponiendo también que tal comportamiento pudiera ser adoptado por peces, o en este caso un pez en particular, con el nombre Bonifacio, u otro nombre cualquiera, que bien podría ser el nombre de un pez, fuera éste un pez anónimo, cuyo nombre no podemos suponer, o un pez mascota al que se le hubiera otorgado un nombre humano.

No sería raro que alguien diera este nombre a un pez, Bonifacio, nunca imaginando o soñando que alguna vez fuera a salir de su pecera y comenzar a comportarse como un humano, dando de cierta forma sentido al nombre que le fuera dado, propio de humanos, y no de peces, a menos que fueran éstos mascotas, y no peces anónimos.

Por más raro o inusual que fuera este nombre, Bonifacio, tanto en seres humanos como en peces, no era esto lo importante, y sí que un pez, conocido por este o cualquier nombre, fuera capaz de salir de su pecera y adoptar un comportamiento propio de humanos.

Que el pez escogiera para sí un nombre le pareció más lógico que el que aceptara usar un nombre que le fuera otorgado por humanos, elegido fortuitamente entre muchos posibles nombres, aunque fuera tan inusual como Bonifacio.

Tampoco le pareció imposible que, en un sueño, un pez adoptara un nombre inusual en peces, siendo más común que peces sean identificados por sus nombres vulgares o, en dominio de tal conocimiento, por sus nombres científicos, pero muy raramente por nombres propios de humanos, también otorgados por humanos, claro está.

Aunque fuera incomparablemente más rara, claro está, la posibilidad de un pez abandonar su pecera y comportarse como un humano, digamos, comenzar a usar sillones, calzar cómodas chancletas o fumar pipa.

¿El motivo de haber sido bautizado con un nombre humano, Bonifacio, no explicaría al menos en parte su decisión de salir de su pecera y asumir un comportamiento humano?
La frontera entre el sueño y la vigilia se hizo tenue, dejándolo sin saber de qué lado estaba, si dentro o fuera del sueño, que sería como estar dentro o fuera de una pecera, haciendo tan creíble como impensable que peces salieran andando por ahí, como cualquier ser humano.

Más despierto que soñante, más hombre y menos pez, como si fueran el agua el sueño y la vigilia la tierra, o tal vez el aire, que no son elementos habituales, pero tampoco insólitos, de un pez, se preguntó de qué lado sería más probable, dentro del sueño o fuera de la realidad, que un pez saliera de su habitual pecera, y se comportase como un ser humano, usase un sillón o fumase una pipa, calzando cómodas chancletas.

(Al soñar, pensó, o pensoñó, somos lo que sueña y somos lo soñado).

Apenas el propio pez, Bonifacio, podría responder tales preguntas, si es que la capacidad de responder o hasta formular preguntas viniera, claro está, junto a su ahora demostrada habilidad para pasar del mundo de los silenciosos peces al mundo de los habladores humanos.

Aunque fueran preguntas que tal vez sólo tendrían respuesta dentro del sueño, o en la frontera entre el sueño y la vigilia, o en la línea que separa el agua de la tierra firme, o la pecera del piso de baldosas, donde un pez, cualquier pez, calzando cómodas chancletas, puede balancearse en un sillón, fumar pipa, y hacerse llamar, por qué no, Bonifacio.

Rio de Janeiro, agosto, 2020.

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