Simbología Arcaica

Mario Roso de Luna

COMENTARIOS A “LA DOCTRINA SECRETA”, DE H. P. BLAVATSKY, FUNDADORA DE LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

MADRID EDITORIAL PUEYO CALLE DEL ARENAL, 6.

1921

[Continuación del número 3 de la revista]

Y ello es la consecuencia de todos los fanatismos. Por eso dijo Montesquieu, en su célebre obra El Soberano o la República: “Mientras más irracional es un culto, más se propende a establecerle por la violencia. Quien profesa una doctrina insensata no puede sufrir que sea ella vista tal y conforme es. El razonar deviene el mayor de los crímenes, porque conviene eliminar a toda costa a cuantos tienen la gallardía de afrontar sus iras. Por esto la intolerancia y la inconsecuencia ilógica tienen el mismo origen. Es de todo punto preciso a tales gentes el intimidar, atemorizar a los hombres, porque, si los permiten razonar un instante, están perdidos.

“De aquí se sigue que a los pueblos se les hace un gran bien en este su delirio enseñándoles a razonar acerca de religión, porque equivale ello a recordar al hombre sus verdaderos deberes; a despojar a la intolerancia de su envenenado puñal; a devolver, en fin, a la Humanidad todos sus prístinos derechos. Es preciso, sin embargo, remontarnos a los principios generales y comunes a todos los hombres, porque, si deseando razonar, concedéis la más mínima autoridad a los sacerdotes, no hacéis con ella sino rendir al fanatismo su arma proporcionándole el medio de que sea más cruel aún.

“Así, no argumentéis jamás sobre argumentos, ni fundéis nada sobre discursos. El humano lenguaje no es lo bastante claro y concreto. Dios mismo, si se dignase hablarnos en nuestras lenguas, no nos diría nada sobre cosa alguna, sobre la cual no se pudiese controvertir. Nuestras lenguas son obra humana, y los hombres son limitados. Nuestras lenguas están hechas por los hombres, y los hombres son mendaces. De igual modo que no existe enunciado verdadero, al cual no se le pueda hacer alguna objeción, no existe tampoco falsedad, por grosera que sea, que no pueda ser apoyada mediante alguna falsa razón.

“La generalidad de los nuevos cultos son establecidos por el fanatismo y mantenidos por la hipocresía; de aquí el que choquen con la razón y no conduzcan poco ni mucho hacia la virtud. El delirio y el entusiasmo no razonan. En tanto que ellos perduran, todo evoluciona alrededor, sin que cambien poco o nada los dogmas… ¡Es ello, por otra parte, tan cómodo! ¡Cuesta tan poco el seguir la doctrina ajena y tanto, en cambio, el practicar la moral, que, dejando a un lado lo más difícil, se redime el pecado de no hacer buenas obras mediante el mérito de una gran fe!

“Sométense así las gentes silenciosas y dóciles: ¡El interés exigió siempre que se sea de la opinión constante de aquel a quien se piensa heredar! Hacemos, pues, aquello mismo que vemos hacer a otros, a condición, por supuesto, de reírnos plenamente en privado de aquello de que públicamente hacemos gala de respetar. He aquí el modo de pensar de la mayoría de los hombres en la mayor parte de las religiones, y he aquí también la clave de las enormes inconsecuencias que se advierten entre sus acciones y su moral. ¡Sus creencias no son sino apariencias, y sus costumbres, como su fe!

“Por otra parte -siguen diciendo aquellos grandes políticos -Rousseau y Montesquieu-, ¿con qué derecho puede un hombre inspeccionar la creencia de otro, y por qué el Estado ha de atribuírsela también sobre los ciudadanos? Es, sin duda, porque se supone que la creencia de cada hombre determina su moral y porque de las ideas que tengan acerca de la vida futura deberá depender su conducta en esta vida actual. Pero si se demuestra que ello no es así, ¿qué importa lo que ellos crean o finjan creer? La apariencia de la religión no les sirve más que para dispensarles de no tener en realidad ninguna.

“En la sociedad cada uno tiene derecho a informarse si otro se cree o no obligado a ser justo y la Soberanía tiene derecho también para examinar las razones en las cuales funda cada cual semejante obligación. Además las leyes nacionales deben ser cumplidas. Pero en cuanto a las opiniones que en nada afectan a la moral ni influyen sobre las acciones ni transgreden las leyes, nada está por encima del juicio de cada cual sin que pueda prescribírsele modo determinado de pensar, pues que él es el juez.

“He aquí, pues, el principio sobre el cual puede establecerse algo fijo y equitativo acerca de las disputas religiosas, sin lo cual, tirando cada uno por su lado, no habrá acuerdo en nada, ni podrá vivirse y la religión, en lugar de hacer la felicidad de los hombres, será origen de los mayores males.

Además, a medida que envejecen las religiones, más se pierde de vista su objeto primitivo: multiplícanse las sutilezas; todo quiere explicarse y decidirse por ellas; se alambica más y más en doctrina, al par que la moral se debilita… Santo Tomás (cuestión 50, artículo 7) se pregunta si con el transcurso de los tiempos no se han multiplicado los artículos de la fe y se declara por la afirmativa. San Pablo confiesa no ver sino nebulosamente y no conocer sino en parte las grandes verdades (I Cor. 13, 9 y 12). Ciertamente que nuestros actuales teólogos se creen más avanzados que ellos, puesto que parecen verlo todo, saberlo todo y ponernos muy claro lo que es más obscuro en las Escrituras, pronunciándose categóricamente en lo que está más dudoso y haciéndonos saber con su habitual modestia que los Autores Sagrados tienen absoluta necesidad de su socorro para ser entendidos y que el mismo Espíritu Santo no puede explicarse claramente sin ellos.

“Cuando se pierden así de vista los deberes del hombre para no ocuparse más que de las opiniones de los sacerdotes y sus frívolas disputas, ya no se pregunta al cristiano si cree en Dios, sino si es lo debidamente ortodoxo… Llegada la religión a tales términos, ¿qué bienes puede reportar a la Humanidad ni a cada hombre en particular? Ella no sirve sino para excitar entre nosotros las disensiones, las perturbaciones y las guerras de toda clase. En lugar de hacer que se maten unos hombres con otros por discutir verdaderos logogrifos, mejor sería hasta el no tener religión, que no el tener una tan pésimamente entendida. ¿Es natural, acaso, que Dios haya escogido al clero para hablar por su intermediario a J. J. Rousseau?” (J. J. Rousseau: Carta a M. De Beaumont.)

Por eso añadía el autor del Emilio:

“El fanatismo no es un error, sino un furor ciego y estúpido que jamás razonó. El secreto único para impedir que nazca es el de refrenar a cuantos le excitan. Aunque a semejantes locos del fanatismo les demostréis que sus jefes les engañan, no por eso les haréis menos apasionados en seguirles. Una vez que el fanatismo se presente no hay más medio para contrarrestar sus progresos que el de emplear contra él sus propias armas. No se trata de razonar ni de convencer; es preciso dejar a un lado la filosofía; cerrar los libros, tomar el palo y castigar a los bribones que, astutos, le excitan y explotan.” (Rousseau: Carta a D’Alembert.)

Jean Jacques Rousseau

Las religiones vulgares o exotéricas -fundadas o por fundar- tan acabadamente estudiadas por la Maestra H.P.B., son armas de dos filos, como todas las cosas en este bajo mundo. Indispensables acaso para los no evolucionados, tienen siempre en su daño el reverso supersticioso. ¿Quién nos dice que las actuales o las futuras Sociedades teosóficas no hayan caído ya o caigan en tamaño abismo, esperando un Mesías como los judíos de todos los tiempos, o como los cristianos del milenio y los españoles de tiempos de los reyes de la casa de Trastámara; un Mesías que les redima, en vez de redimirse gallardamente a sí mismos, con teosóficas rebeldías a lo Prometeo? Un Instructor puede y debe venir tras la presente catástrofe guerrera, como ha venido otras veces, pero a esas vírgenes fatuas del Evangelio les ocurrirá con Él lo que dice el apóstol de “vino ya, y no le comprendieron, sino que le crucificaron los propios suyos.” Además, ¿no sabemos ya a los Instructores antiguos…?

Superstición. ¡Nombre funesto a través de la Historia entera…! “¡Las mayores desgracias, según el gran tribuno de la Revolución francesa, han sido causadas por hombres que con ella creían obedecer a Dios y salvar su alma…!” Ella, según Plutarco, al igual de lo que acontece con el agua, se va siempre hacia lo más bajo y abatido, llenando de miedo e incertidumbre el ánimo. De ella decía Curtius (1.4): “Nulla res efficatius multitudinem regit quam superstitio: alioqui impotens, saeva mutabilis ubi vana religione capta est, melius vatibus quam ducibus suis paret.” ¡Ley es, en fin, de la vida el que todo decaiga, femente, envejezca, se debilite, enferme y muera…! ¿Ocurrirá lo mismo con la Sociedad Teosófica…?

Porque todas nuestras verdades, como relativas y parciales, suponen una contraverdad, parcial también, llamada a depurarla, completarla y vigorizarla. Relativamente a nosotros la Tierra no se mueve y ¡e pour si mouve!, que dijo Galileo; relativamente a la Tierra, tampoco se mueve el Sol, quien tiene, sin embargo, una órbita en el espacio. En la verdad más verdadera que tengamos hay, en efecto, elementos perturbadores que al hacerlos desaparecer la enaltecen y depuran. A ello, sin duda, se ha referido Remy de Gourmont al enseñarnos que:

“Una verdad es un lugar común todavía no disociado. Un lugar común es la expresión de una verdad aceptada por todos. El lugar común es a las ideas lo que el cliché a las palabras.

“Un lugar común se compone de dos ideas: un hecho y una abstracción.

“La disociación de ideas es como el análisis en química: libera aquellos dos elementos para una síntesis nueva. La mayor parte de los prejuicios son lugares comunes que el instinto colectivo sostiene para asegurar la vida social contra el incremento de la individualidad.

“Siendo la más alta civilización aquella donde el individuo es más libre, más desprendido de obligaciones, de aquí la utilidad de la disociación de ideas.

“Una verdad ha muerto cuando se ha constatado que las relaciones que ligan sus elementos son relaciones de hábito, y no de necesidad; la muerte de una tal verdad es un gran beneficio para los hombres…

“El trabajo de disociación tiende a desprender la verdad de toda su parte frágil, para obtener la idea pura, la idea inatacable, la idea simple…

“¡Pero las ideas muy simples no están al alcance sino de los espíritus muy complicados!”

Por otra parte, ningún espíritu hay más complicado que el del espiritualista y el rebelde; por eso la característica de H.P.B. fue la más innata rebeldía.

Siempre me ha parecido que el teósofo que no es librepensador y rebelde, como lo fue siempre la Maestra, sólo es teósofo a medias, cuando no un hipócrita más, de los que, a través de la Historia, han ido dando al traste o volviendo exactamente al revés las divinas enseñanzas de los grandes Iniciados: Melchisedec, Rama, Krishna, Hermes, Orfeo, Buddha, Apolonio, Jesús, Mahoma y tantos otros.

Las primeras palabras de Isis sin Velo dicen: “Según se nos enseña, hace diez y nueve siglos que la divina luz del Cristianismo dispersó las tinieblas del Paganismo, y dos siglos y medio que la resplandeciente lámpara de la Ciencia Moderna empezó a brillar entre la obscura ignorancia de los tiempos. Se afirma que en estas épocas respectivas se ha realizado el verdadero progreso moral e intelectual de la raza. Los antiguos filósofos eran lo bastante sabios para su tiempo; pero eran poco instruidos, comparados con nuestros modernos hombres de ciencia. La Moral del Paganismo era suficiente para las necesidades de la inculta antigüedad; pero ya no lo fue desde que la luminosa “Estrella de Bethlehem mostró el camino para la perfección moral, y allanó el de la salvación. En la antigüedad el embrutecimiento era lo común; la virtud y el espiritualismo, excepción. Ahora, el más empedernido puede conocer la voluntad de Dios en su palabra revelada; todos los hombres desean ser buenos y mejoran constantemente.”

“Tal es la proposición: ¿qué nos dicen los hechos? Por una parte, un clero materializado, dogmático y con demasiada frecuencia corrompido; un ejército de sectas y tres grandes religiones en guerra; discordia en lugar de unión; dogmas sin pruebas; predicadores efectistas; sed de placeres y de riquezas en feligreses solapados e hipócritas, por las exigencias de la respetabilidad. Ésta es la regla del día: la sinceridad y la verdadera piedad, la excepción. Por otra parte, hipótesis científicas edificadas sobre arena; desacuerdo completo en todas las cuestiones; rencorosas querellas y envidias; impulso general hacia el materialismo; lucha a muerte entre la Ciencia y la Teología por la infalibilidad: “Un conflicto de épocas”… Entre estos dos Titanes combatiendo, Ciencia y Teología, hay una muchedumbre extraviada que pierde rápidamente la creencia en la inmortalidad del alma, en la Divinidad, y que aceleradamente desciende al nivel de la existencia animal. ¡Tal es el cuadro de la actualidad, iluminado por la brillante luz meridiana de esta Era cristiana y científica!”[1]

Por esto también, en el prefacio de Isis sin Velo, decía la Maestra, aterrada por la enormidad de la empresa de rebeldía que echaba sobre sus hombros: “El día en que los dogmas dominaban al hombre ha llegado a su crepúsculo…; no será extraño que los sectarios arremetan contra nosotros. Los cristianos verán que dudamos de la pureza de su fe. Los científicos advertirán que medimos sus presunciones con el mismo rasero que las de la Iglesia Católica Romana en lo que a las infalibilidades atañe, y que en ciertos asuntos preferimos a los sabios y filósofos del mundo antiguo. Los sabios postizos nos atacarán furiosamente desde luego. Los clericales y librepensadores verán que no admitimos sus conclusiones, sino que queremos el completo reconocimiento de la Verdad. También tendremos enfrente a los literatos y varias autoridades que ocultan sus creencias íntimas por respeto a vulgares preocupaciones. Los mercenarios y parásitos de la Prensa, que prostituyen su poderosa eficacia y deshonran tan noble profesión…; pero nosotros dirigimos la vista al porvenir… ¡Trabajamos para el mañana resplandeciente en el que habrá de hacérsenos justicia…!

“Y al considerar la acerba oposición que sobre nuestra cabeza hemos desencadenado, creemos que el mejor lema para nuestro escudo al entrar en el palenque es el saludo del gladiador romano, el “Ave César: Moriturus te salutant.

Ave Caesar Morituri te Salutant, pintura de Jean-Léon Gérôme (1859), retrata os gladiadores saudando Vitélio

Cuáles deben de ser, pues, las creencias del teósofo, cuyo único dogma eterno es el de “la Fraternidad Universal de la Humanidad, sin distinción de sexo, raza, credo, casta y color”, están de mano maestra expresadas en estas palabras de La Doctrina Secreta (tomo III, páginas 97 y 137, de la edición española, a la que siempre nos referiremos):

“El teósofo no cree en milagros divinos ni diabólicos… Para él no hay santos ni brujos, ni profetas ni augures, sino tan sólo Adeptos u hombres capaces de realizar hechos de carácter fenoménico, a quienes juzga por sus palabras y acciones… El estudiante de Ocultismo no ha de profesar determinada religión, si bien tiene el deber de respetar toda opinión y creencia para llegar a ser Adepto de la Buena Ley. No debe supeditarse a los prejuicios y opiniones de nadie y ha de formar sus propias convicciones de conformidad con las reglas de evidencia que le proporcione la ciencia a que se dedica…, sin atender a encomios de fanáticos soñadores ni a dogmatismos teológicos… Jesús predicó una doctrina secreta, y “secreta” en aquel tiempo significaba: “Misterios de Iniciación”, que han sido repudiados o alterados por la Iglesia.”

La eterna rebeldía de Blavatsky en demanda de la Suprema Meta espiritual está expresada en estas palabras de dicho libro: “Hay una Ley Eterna en la Naturaleza que tiende siempre a ajustar los opuestos y a producir una armonía final. Merced a esta Ley de desarrollo espiritual, que se sobrepondrá a la física y a la puramente espiritual, la Humanidad se verá libre de sus falsos dioses y se encontrará, finalmente, redimida por sí misma.”

No otra cosa dijo Beethoven, el incomprendido teósofo[2], cuando, al llevarle cierta partitura en la que el autor había puesto: “fin, con la ayuda de Dios”, tachó esta frase el maestro, sustituyéndola con la siguiente, que parece escrita para todos: “¡oh, hombre, ayúdate a ti mismo!”, donoso complemento al Nosce te ipsum de Delfos. No otra cosa dijo Wagner en todas sus maravillosas obras de rebeldía, desde la de Tanhauser, el discípulo de Venus, cuya vara florece a pesar de la maldición papal, hasta la divina rebeldía de Sigfredo en El Anillo del Nibelungo; como tampoco dijo otra cosa Esquilo en Prometeo, su sublime Trilogía.

El origen de las religiones y de los sacerdocios está resumido en estos otros conceptos:

“Se nos dice que en un principio no hubo Misterios Iniciáticos. El conocimiento (Vidya) era propiedad común y predominó universalmente durante la Edad de Oro o Satya-yuga. Como dice el comentario: “Los hombres aún no habían producido el mal en aquellos días de felicidad y de pureza, porque su naturaleza más bien era divina que humana.” Pero, al multiplicarse rápidamente el género humano, se multiplicaron también las idiosincrasias de cuerpo y de mente y el espíritu encarnado manifestóse en debilidad. En las mentes menos cultivadas y sanas arraigaron exageraciones naturalistas y sus consiguientes supersticiones. De los deseos y pasiones hasta entonces desconocidos nació el egoísmo, por lo que a menudo abusaron los hombres de su poder y sabiduría, hasta que, por último, fue preciso limitar el número de los conocedores. Así empezó la Iniciación.

“Cada país se impuso un especial sistema religioso acomodado a su capacidad intelectual y a sus necesidades espirituales; pero como los sabios prescindían del culto a simples formas, restringieron a muy pocos el verdadero conocimiento. La necesidad de encubrir la verdad para resguardarla de posibles profanaciones se dejó sentir más y más en cada generación; y así el velo, tenue al principio, fue haciéndose cada vez más denso a medida que cobraba mayores bríos el egoísmo personal, hasta que, por fin, se convirtió en Misterio. Estableciéronse los Misterios en todos los pueblos y países, y se procuró al mismo tiempo evitar toda contienda y error, permitiendo que en las mentes de las masas profanas arraigasen creencias religiosas exotéricas inofensivas, adaptadas en un principio a las inteligencias vulgares, como rosado cuento de niños, sin temor de que la fe popular perjudicase a las filosóficas y abstrusas verdades enseñadas en los santuarios iniciáticos; porque no deben caer bajo el dominio del vulgo las observaciones lógicas y científicas de los fenómenos naturales que conducen al hombre al conocimiento de las eternas verdades que le consienten acercarse al dintel de la observación libre de prejuicios y ver con los ojos espirituales antes que con los del cuerpo… Con el rodar de los tiempos, en la quinta raza, la aria, algunos sacerdotes poco escrupulosos se prevalieron de las sencillas creencias de las gentes y acabaron por elevar dichas Potestades a la categoría de Dioses, aislándolos completamente de la única y universal Causa de causas… En aquellos días primitivos no constituían los brahmanes o sacerdotes una casta aparte, sino que cualquier hombre podía ser brahmán por méritos propios y en virtud de la iniciación. Sin embargo, poco a poco fue prevaleciendo el despotismo, y la dignidad de brahmán pasó de padres a hijos como herencia. Los derechos de sangre (nepotismo) suplantaron al verdadero mérito, y de esta manera se instituyó la poderosa casta de los brahmanes… Voltaire caracterizó en pocas palabras los beneficios de los Misterios al decir que “entre el caos de las supersticiones populares existía una institución que siempre evitó la caída del hombre en absoluta brutalidad: la de los Misterios”.

“Verdaderamente, como Ragón dice de la Masonería: su templo tiene por duración el tiempo eterno y por espacio el Universo entero… – Dividamos para dominar (habían dicho aquellos astutos perversos). – Unámonos para resistir! (dijeron los primeros masones). Pero estas últimas frases, más que los masones mismos, las pronunciaron los primeros Iniciados, a quienes los masones consideraron siempre como sus primitivos y directos maestros… “Los Hijos de la Voluntad y del Yoga” se unieron para resistir las terribles y siempre crecientes iniquidades de los magos negros de la raza atlante, y esto determinó la fundación de escuelas todavía más esotéricas, de templos de instrucción y de Misterios impenetrables hasta después de haber sufrido tremendas pruebas. Dice Ragón, al tratar de la Iniciación masónica: “Estaban en lo cierto los sacerdotes egipcios al decir: ‘Todo para el pueblo, nada por el pueblo.’” En un país ignorante, la verdad ha de revelarse únicamente entre personas fieles… En nuestros días vemos seguir el falso y peligroso sistema de “todo por el pueblo y nada para el pueblo”. El verdadero apotegma político ha de ser: “Todo para el pueblo y con el pueblo.” Mas, a fin de realizar esta reforma, las masas han de pasar por una transformación dual: 1° Divorciarse de todo elemento supersticioso y de falsa piedad. 2° Educarse hasta el punto de evitar el peligro de ser esclavos de ningún hombre ni idea.” (La Doctrina Secreta, tomo III, páginas 224 y siguientes.)

No en vano era una iniciada la principesca fundadora de nuestra Sociedad Teosófica, tanto, que las palabras transcritas de “¡Unámonos para resistir!” puestas por ella en labios de los primeros Magos Blancos Iniciados, fueron sus también últimas palabras al dejar la grosera envoltura de su cuerpo físico: “¡Manteneos siempre unidos para que ésta mi última encarnación no resulte estéril para el mundo!” -dijo a sus discípulos-, palabras de pavorosa responsabilidad para todo teósofo que, derivando hacia mojigaterías, nuevas o viejas religiones, regímenes autocráticos, falsos prejuicios, excomuniones más o menos embozadas bajo la hipócrita máscara de tachar a los demás de personalistas, y demás abusos de índole idéntica a los por las religiones cometidos, trate de romper esa unidad indispensable entre los teósofos, y de apartarse de los verdaderos rebeldes, o sea de los predilectos hijos de Blavatsky; de los rebeldes welsungos o lobeznos, hijos predilectos también del divino Wotam en El Anillo del Nibelungo[3].

Wagner

Porque nosotros, los teósofos ocultistas, no podemos comulgar ya en religión positiva alguna de hinduismo, buddhismo, sintoísmo, cristianismo, etc., pues nuestro único dogma es el de la Fraternidad Universal de la Humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color, y nuestro único y Supremo Maestro de Maestros es nuestro Ego Divino, nuestro espíritu, cuya voz es la de la Conciencia emancipada y ya libre. Por ello H.P.B. dijo:

“Si se prescinde de las enseñanzas secretas queda la religión reducida a fraude y mentira. Sin embargo, las masas necesitan de un freno moral, porque el hombre está ansioso del más allá y no puede vivir sin un ideal cualquiera que le sirva de faro y de consuelo. Al mismo tiempo, ningún hombre vulgar, aún en esta época de general cultura, puede satisfacerse con verdades demasiado metafísicas y sutiles de difícil comprensión, de lo que proviene el peligro de suplantar con el absurdo y cerrado ateísmo la fe en Dios y en sus santos. Ningún verdadero filántropo y, por consiguiente, ningún ocultista, supondrá ni por un momento que la Humanidad pueda subsistir sin religión, y aun en nuestros días, las religiones de Europa, limitadas a la santificación del domingo, valen más que el carecer de ellas. Pero si, como dijo Bunyan, ‘la religión es la mejor armadura del hombre’, también es la que más embaraza nuestros libres movimientos, y contra su capa de hipocresía luchan ocultistas y teósofos. Si no apartamos esta capa tejida por la fantasía humana y arrojada sobre la Divinidad por la artera mano de sacerdotes ávidos de dominación y poderío, no le bastará al hombre el verdadero ideal de la Divinidad, el único Dios viviente en la Naturaleza. La primera hora del futuro siglo XX anuncia el destronamiento del Dios de cada país y la proclamación de la Única y Universal Divinidad, no el Dios de la mísera piedad, sino de la inmutable Ley; el Dios de la justicia retributiva, no el de la misericordia, que es sencillamente un incentivo para cometer el mal y reincidir en él. Cuando el primer sacerdote inventó la primera plegaria egoísta, se perpetró el más nefando crimen de lesa Humanidad (D.S., t. III, sección IV), y por eso añadimos nosotros: no hay oración de verdad, sino la contenida en el altruismo de los hermosos versos de Luis Vicente, que cantan:

¡Por los que viven en remotas playas,

por los que lloran en lejanas tierras,

por todos cuantos sienten la nostalgia,

el alma triste reza!

Por los que cruzan los senderos, solos,

por los que van por escabrosas sendas,

por aquellos que sufren… ¡Padre Nuestro,

ten piedad del que sueña!

Mira con tu bondad al afligido

ser que llora una ausencia,

pon en él, Padre Nuestro, la esperanza,

¡pon en él la terneza!

¡Oye sus oraciones, que son santas

porque están de fe llenas!

¡Dile que volverán los que se han ido

cuando el sol amanezca!

¡No le dejes a solas con su angustia

llorando aquella ausencia!

Ten piedad, Padre Nuestro, de las almas

que aman, creen y esperan…!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Por los que viven en remotas playas…

por los que cruzan las ignotas sendas…

por la Paz de los hombres… ¡Padre Nuestro,

ten piedad del que ensueña!

John Bunyan (28 de noviembre de 16281​ – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino.

“Porque éste es el eterno ensueño del espiritualismo, y el espiritualismo, como dice Lutoslawsky, es la emancipación. Sólo optando por la realidad del yo podemos atribuirnos una voluntad -añade-. Pero no basta emanciparse por el pensamiento; es necesario un acto personal de emancipación. Este acto es posible. Wronski llama a este acto autocreación; creencia de que el hombre puede progresivamente crearse a sí mismo. La voluntad se determina a sí misma, crea las alternativas imprevisibles y las domina. Existe el determinismo, porque la mayoría de los hombres no son libres. No han realizado la autocreación. No se puede obligar a nadie a ser libre.

Witold Lutosławski (Varsovia25 de enero de 1913 — Varsovia, 7 de febrero de 1994), compositor placo, como Chopin.

Josef Maria Hoëné-Wronski (Wolsztyn23 de agosto de 1776 — Neuilly-sur-Seine9 de agosto de 1853), filósofo franco-polonés.

“En cuanto al mecanismo e la Naturaleza, la discusión sobre la contingencia de las leyes naturales, abierta por Boutroux, nos revela que la ley de la conservación de la energía no tiene tanta extensión como se le atribuye. Sólo se aplica a sistemas cerrados, casos posibles, no probados nunca.

“Las estadísticas sólo prueban que durante cierto tiempo los hombres han obrado de tal modo, no que hayan de hacerlo siempre así.

“Las observaciones de mil años no permiten concluir de un modo general la necesidad de movimientos reputados uniformes, lo mismo en lo físico que en lo humano.

“Se dice que la Tierra en tal época no sostendrá la vida, que en el Sol no hay habitantes, porque nosotros no viviríamos en esas condiciones. Estas son generalizaciones ilegítimas, completamente falsas.

“La voluntad se exterioriza, obra fuera del cuerpo, obra por medio de la materia, y obra directamente de alma a alma. También puede obrar sobre la materia exterior.

“La voluntad libre introduce en el devenir universal una condición nueva que cambia el curso de los acontecimientos.

“El Eleutherismo es la filosofía de la libertad. Afirma que todo organismo material es la creación y la expresión de una voluntad individual y distinta. Concibe el mundo como un agregado de almas. Cree que cada una tiene su vida interior propia, y que, conquistada su voluntad, puede cerrarse a toda influencia, o abrirse y obrar a voluntad, y cuanto más obra, más se extiende su acción.

“Es la filosofía del porvenir, que encierra para el hombre las más ilimitadas esperanzas…” Semejante eleutherismo teosófico no puede lograrse sino con el rebelde misticismo activo y aquel otro misticismo análogo que entraña la rebeldía de todo artista.

Por eso ha contado nuestro gran amigo Vicente Risco, en su revista La Centuria, de Orense:

“El arte de creación no se propone otra cosa que el olvido del mundo. Busca un paraíso inasequible. Se quiere dejar atrás el mundo real, la vida diaria, el acontecimiento cotidiano, tomar la escoba y volar al Sábado. Tal es el objeto de la creación artística, que no es más que una extraña liturgia con la que se celebra el cónclave brujesco de Santa Walpurgis.

“En la creación artística, y también en el goce de la verdadera obra de arte, la conciencia normal se disuelve en el sueño, y alcanza estados en que lo más quimérico se hace posible y hasta familiar. También sucede de igual modo en la contemplación de la belleza natural, la que sólo nos satisface enteramente cuando nos transporta fuera de la vida. En uno y otro caso, hemos roto el ritmo, nos hemos puesto fuera de la ley, fuera del hábito funesto de la Naturaleza, y sentimos plenamente la fruición de la libertad. Cada uno se siente integrado en su propio ritmo interior, sumergido dentro de sí mismo, devuelto a la verdad y a la vida. En verdad, el hombre es un abismo y sólo dentro de él se hallan las tierras prometidas; pero el hombre vive alejado de sí mismo, arrastrado por el hábito de todos los días, prisionero del ritmo. No hay otra fatalidad ni otro destino sino esta inercia letal de la costumbre, que encierra a los seres todos en la rutina de las leyes, esas pretendidas leyes de la Naturaleza, que la docta ignorancia se obstina aún en creer inevitables, cuando su verdadero caracteres el de la contingencia frente a las leyes superiores, que ignoramos aún.”

Pero las rebeldías del misticismo y del arte suponen fuerza, ante todo fuerza, y si los fuertes son, para San Pablo, los que miran siempre hacia una sola verdad haciéndose ciegos para todas las otras, H.P.B. fue fuerte como nadie, porque la misión que se trazó no fue sino la busca, a través de la Historia toda, de la primitiva Verdad perdida -el Templo sepultado, que diría Maeterlink-, verdad que no puede ser hallada por la Religión sola, ni sólo por la Ciencia, sino por el dichoso consorcio de entrambas, a modo del que reinar debe en todo hombre ponderado, entre el corazón y la cabeza, en el seno de ese “único retiro” del que hablara Marco Aurelio, aunque tenga aquél pliegues tan reservados e íntimos que esta última y habitual confidente no los conoce, ni sospecha su existencia hasta que algún acontecimiento fortuito venga a revelárselos inopinadamente.

Maurice Polydore Marie Bernard Maeterlinck (GanteBélgica29 de agosto de 1862NizaFrancia5 de mayo de 1949) fue un dramaturgo y ensayista belga de lengua francesa, principal exponente del teatro simbolista.

Por eso, por la misma virtud de su indiscutible fortaleza, se le atribuyen a H.P.B. por cuantos la trataron y no obstante acaso no la conocieron, defectos de carácter, la ira sobre todo, sin tener en cuenta que casi todos los genios de la Historia han tenido mal genio, es decir, cierta brusquedad violenta, idéntica a la que suelen tener casi todos los maestros con chicos torpes, alocados o desaplicados, brusquedad con la cual abrevian, con arreglo a lo que se ha dicho de ser la propia blasfemia una oración abreviada. Recordad, si no, la santa ira de Jesús al arrojar del templo a latigazos a los mercaderes, y la opinión de Homero cuando, aludiendo a aquella fortaleza dice que de todas las virtudes, la fortaleza tiene muchas veces ímpetus furiosos y en cierta manera preternaturales, viendo el que la posee que la ignorancia de los rechazados sólo daña, según Platón, a estos mismos ignorantes, de igual modo que la ceguera sólo daña a los privados del don de ver. Por esa misma fortaleza de H.P.B., pese a las calumnias de sus difamadores como Hogdson, Solovioff, los Coulomb y los misioneros de la India, están nimbados hoy su nombre y su memoria por ese extraño respeto, jamás nacido del convenio de los hombres, respeto que la misma Naturaleza humana se ha reservado -que dijo Quintana en la Colección de poesías selectas – a favor exclusivo del mérito y de la virtud.


[1]  ¿Qué habría dicho la Maestra ante la horrible consecuencia bélica de este conflicto? – Lo que nosotros, sus discípulos, repetimos; es a saber: “que una religión que no ha sabido evitar esta catástrofe, y una ciencia que la ha hecho más sangrienta y cruel con sus inventos, están juzgadas por sí mismas”.

[2] Wagner, mitólogo y ocultista: el drama musical de Wagner y los Misterios de la Antigüedad, tomo III de nuestra BIBLIOTECA DE LAS MARAVILLAS.

[3]  Subrayamos estos pasajes para uso de los miembros de la S. T., indicándoles la mucha aplicación que tienen en nuestros actuales tiempos de cinismo y mojigatería de viejos y nuevos pietistas.

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