LA NEURASTENIA EN LAS GRANDES CIUDADES

Henrique José de Sousa

Traducción de Javier Alberto Prendes Morejón

Revisión de Idalia Morejón Arnaiz

La peligrosa neurastenia de las grandes ciudades, como el cólera de las orillas del Ganges, la disentería de los países tropicales, la caquexia palustres de la zona meridional de Europa, la parálisis infantil en América del Norte, ya invadiendo nuestra capital y otras ciudades brasileñas, y la tuberculosis, cuya estaística se ha convertido en algo más que alarmante, representa la señal fatal de la civilización en declive, contra el cual se hacen inútiles los esfuerzos de la ciencia.

O Grito – Edvard Munch

Su acción –como la de todos los venenos orgánicos– es lenta, insidiosa, contínua. Su complejidad pone a prueba a los más valerosos científicos. Su forma es como la de todos los proteos. Vaga y confusa, su etiología. Ella abarca, ninguna duda resta, todo cuanto en el hombre existe de más sublime, mas también lo que hay en él de más abyecto. Su resultado final, como la epilepsia, la histeria y todas las afectaciones nerviosas, es por demás conocido para que en ella tengamos que insistir.

No nos cabe hacer en este capítulo una disertación médica sobre una enfermedad tan incomprendida, que destruye las fuentes más puras de la vitadlidad humana, mas apenas trata de sus manifestaciones del punto de vista sociológico, y dentro de las consideraciones que en higiene integral a la misma se prestan.

Sobre todo, nos enseña al respecto la patología, resalta el carácter típico de tan compleja enfermedad: la degeneración orgánica, bajo el peso de un sistema nervioso descentralizado de sus funciones naturales. Eso se verifica, además de otras influencias, debido a las aglomeraciones que en las grandes ciudades se hacen sentir en exiguos perímetros, verdaderos lechos de Procusto, tal como ocurre con los apartamentos, que la verba carioca, siempre alerta, denominó de “apertamentos” [“apretamientos”].

 Siendo la respiración la más importante de todas las funciones de nuestra vida, comenzaremos por establecer un paralelo entre el aire de las ciudades y de los campos.

Nadie ignora que la composición normal del aire es, en volumen y en números redondos, de 78 centésimos de nitrógeno, un de argón y 21 de oxígeno, o peso 16,1 y 23, respectivamente. Tal el aire ideal de la Isla de Robinson, o de la cumbre solitaria en la montaña. El aire de cualquier ciudad como Rio de Janeiro o de São Paulo, por ejemplo, es algo completamente diferente. Apuntaremos, pues, de paso, las causas principales del empobrecimiento del oxígeno. Hablemos primero de una ciudad europea, Madrid, por ejemplo, y de lo que en ésta se quema diariamente durante el invierno. Su millón de habitantes (¡imagínese Londres con 10.000.000!), agrupados en más de cien mil residencias, quema en sus hornos y chimeneas un quintal de carbón por semana, o sea 5 a 7 quilogramos por dia y por persona, lo que nos da más de medio millón de kilogramos de consumo diario total. Pues bien, este medio millón de hidrocarburos se eleva (¿quién lo diría?) a más de un millón de kilogramos, o casi 1.000 toneladas métricas de ese mismo oxígeno (gas que tan poco pesa), en forma de anhídrido carbónico o del venenosísimo óxido de carbono, pues no son apenas las cocinas domésticas y las chimeneas que lo desprenden, sino también las fundiciones, las fábricas, los millones de velas que se encienden, y hasta los candelabros, pues no todos poseen electricidad en sus hogares, principalmente los residentes de morros y locales alejados, como ocurre en la antigua capital brasileña. ¿Y qué decir de los millones de cigarillos por todas partes y a todo momento? Pero todo eso es nada delante de los hornos humanos. Cada habitante quema por día, del carbono de sus tejidos, lo bastante para producir medio metro cúbico de anhídrido carbónico, gas que para no ser venenoso, debe estar diluido en cerca de 500 metros de aire puro, según químicos y fisiólogos. El residente de la ciudad pide, así, nada menos que 350 millones de metros cúbicos del divino fluido, por día.

¿Y que decir ahora del aire para los habitantes no humanos, como el de las cascadas y lecherías, los animales domésticos, como los perros, los gatos, etc., que a su vez reclaman su cuota de oxígeno? Y si acaso el lector sea químico, quedará asombrado delante de la cruel realidad del verdadero consumo invisible del precioso gas, a saber: por las bacterias de los excrementos mal cocidos, aunque palpitantes de vida aerobia; por las letrinas, mingitorios y alcantarillas; por las fermentaciones de otros líquidos y sólidos orgánicos, como el vino, el vinagre, la cerveza, el estiércol de los establos y cascadas, los productos de las carnicerías, pescaderías y mercados. Y eso para no hablar de las “ferias libres”, que tanto afean las ciudades, como sucede con la nuestra, y cuyos detritos, cuando permanecen abandonados, como muchas veces sucede, exhalan un odor insoportable. Sobre el asunto, preferimos no apuntar otros hechos vergonzosos, y que tanto comprometen aquella que tiene el nombre de “Salud Pública”…

¿Y qué decir de un agua excesivamente clorada, por ser de pésimo origen, y de una carne con quince días o más de congelamiento, conservando paralizada la putrefacción existente en todas las cosas muertas, y causando –estas sí que son verdaderas – las alergias, que se constatan en dos tercios de la población carioca?

También hay en las referidas ciudades cadáveres insepultos de ratos y otros animales macroscópicos y microscópicos; las suciedades de los hospitales y de sus enfermos; de los cuarteles, escuelas, pensiones; las fermentaciones de todas las industrias; el ambiente perjudicial de los sagrados templos de hoy, los apreciados cines y teatros, los peligrosos casinos y “boites”; y las inmundísimas –física y moralmente hablando– sentinas del vicio; la vida entera, enfin, de las grandes ciudades, cambiando –en virtud de leyes familiares a la química– el precioso oxígeno que se fija en tantos seres y cosas, desde que el hierro existente en todas partes, incluso en los rascacielos, hasta el pan que nos alimenta; de la pulga minúscula al animal más corpulento.

Distanciémonos de este cuadro de horrores para una conclusión ingrata, mas salvadora: la de que el volumen centesimal del oxígeno se reduce para las poblaciones, en virtud de todas esas causas, de 21 a 19, o sea 2%. En buena matemática, a la Humbugman o Cavia, eso significa que ese resultado equivale a lo que derivase, si en la ciudad dejásemos de respirar media hora por día, o redujéramos nuestra ración de comida (ambas cosas se equivalen) en la proproción de 19 a 21.

Finalmente: ¡media hora por día sin respirar, quince horas por mes, ciento ochenta por año! ¿No es grave, lector amigo, semejante verdad? El resultado sería la muerte inmediata, si no fuera por los vientos, las aguas y los demás agentes naturales. Estos, no obstante, no son suficientes. En efecto, nadie se sentiría seguro con un asesino siguiéndonos los pasos, por más cerca que estuviera la policía… pues ésta, como la Naturaleza y el propio Hombre, muchas veces está durmiendo

Vemos, pues, con tales datos, que la neurastenia, estudiada sociológicamente, es una enfermedad que también podríamos denominar –con licencia de la medicina– de anemia de oxígeno, anemia psicofísica, o genuinamente, anemia sin adjetivos…

Ninguna duda queda, así, de que el aire de las ciudades es pobre y mortal. El problema, no obstante, es demasiado complejo para ser desarrollado en un capítulo tan sintético como este. Así, preferimos hablar de los indiscutibles valores de la luz y del color, suficientes para destruir los falsos valores de las tan pregonadas vitaminas, para cuya refutación tendríamos que escribir un grueso volumen al mismo tiempo científico, histórico, religioso y filosófico.

Ya se empeiza a dar gran importancia, en ars medicatrix, a los siete colores del espectro solar, que, dígase de paso, es asunto harto conocido por el Ocultismo y la Teosofía. Sabemos, por ejemplo, que los colores aproximados al rojo –de mayor largura – favorecen las oxidaciones; y las del campo violeta –de menor largura– al contrario, provocan reducciones, siendo no obstante oxidantes para las substancias orgánicas, según los admirables trabajos foto-químicos de Bunsen, Roscoe, Eder, Namias, etc.

En el campo, el verde de los vegetales, el azul del firmamento y acaso cierto ultravioleta, cuya existencia en la atmósfera aún no fue del todo estudiada, pero que se evidencia en ciertos fenómenos nerviosos, como por ejemplo, lo que se procesa por debajo de la epidermis; constituye, por decirlo de algún modo, un segundo sistema periférico esencialmente ligado a lo interno, o céfalo-raquidiano, que produce, gracias a la luz ambiente, una oxidación completa, general e interna, una combustión (mal estudiada aún) concomitante con la mayor oxidación derivada del oxígeno campestre. Por eso el campo es el incomparable tonificante del organismo y, al mismo tiempo, el mayor sedativo que se conoce para los nervios excitados y desequilibrados del neurasténico. Medicina natural, por tanto, a la cual deberian someterse, al menos una vez por año, los residentes de las grandes ciudades.

Ya hubo quien dijera que el azul del firmamento es capaz de calmar una fiebre; aunque sin exagerar tanto esta terapéutica natural, es un hecho demonstrado que el cielo sustituye con ventaja la “camisa de fuerza” y los desastrosos efectos del luminol y otros entorpecientes. La realidad es que, apenas el demente llega al manicomio, le ocurre el acceso. Y cuando está enojado se dispone a romper con todo y todos, ‒cual potros de freno en los dientes– en busca del campo, sea por el cansancio o por la influencia sedativa de la naturaleza, el pobre enfermo es luego dominado por los “orate fratres”, y con aire estupefacto comienza a contemplar el azul del firmamento. Talvez –¿quién sabe?– una huella de sana conciencia durmiendo en su imo, hace con que lance un llamado a lo Desconocido que, de cualquier modo, es la Unidad de donde todo y todos proceden…

Si las radiaciones cercanas al violeta, al reducir gran número de sales halógenas oxidan el anhídrido sulfuroso haciéndole pasar a sulfúrico, y descomponen otros como el óxido de hierro, de cobre, de mercurio, de plomo, de urano, etc., cuán maravillosa no será sua acción intensísima –excita las pasiones humanas, de preferencia en el individuo cuya parte moral (o psíquica) no se encuentre bastante desarrollada. Es el color predilecto de las tabernas, de los necroterios, de los mataderos, de las casa de juego y de otros lugares fisica y psíquicamente perjudiciales tanto a la salud, como a la propia evolución humana. Además, de las tres gunas (o “calidades de la materia”) es la más grosera, y actualmente se encuentra en actividad en casi dos tercios del globo, o en mucho más, como ocurrió cerca del hundimiento de la Atlántida… Otro no es el verdadero sentido alegórico de “Moisés haber pasado a pie enjuto, con su pueblo, el mar rojo”. Es el mar de la materia de ese color, el de las pasiones inferiores. Por eso, cuando alguien que no sabe acalmar sus sentimientos de odio arremete contra el desafecto, exclama: “Estoy viendo todo rojo” –esto es, del color de la sangre de aquel que, dentro de poco, tal vez sea su víctima. Es el mismo rojo, el mismo tamas de las condenables corridas de toros, cuando o “capinha” [“capa” del torero] excita al toro para pinchalo con su espada asesina, sirviéndose de una “capa roja”.

 La acidificación intensa de todas las sustancias de nuestro organismo es el resultado fatal de nuestro vivir. El ejercicio de nuestras emociones y sentimientos descompone en las células nerviosas las lecitinas, neurinas [hidróxido trimetil-vinilamónico], etc., formando una gran cantidad de ácidos úricos, que se fijan en cualquier parte, causando serias perturbaciones, si un medicamento bien estudiado no los elimina a través de los riñones, y principalmente a través de la piel. A eso muchas veces se da el nombre de ¡alergia!, aunque actualmente se abuse de ese diagnóstico, así como del de “avitaminosis”, etc. Los nervios y músculos también se fatigan y esterilizan debido a la acción envenenadora de tales uratos, que provocan además las llamadas “polineuritis”; cansan el estómago y los instentinos, privándolos de la adecuada oxigenación y determinando fermentaciones anaerobias y anormales, generadoras de peligrosas toxinas, como la gota y la artritis. Así el organismo va resbalando insensiblemente hacia el lado de la concha mórbida en su balanza vital. El primero en resentirse, en los hombres de vida un tanto animal, es el vientre, pese a cuantos purgantes le sean administrados; en los de vida más delicada, los nervios representan la primera víctima, surgiendo entonces la neurastenia.

Nacido el hombre para vivir en armonía con la Naturaleza, sus poco estudiados elementos psíquicos enseguida se resienten, pues el sistema nervioso es el mediador con el mundo objetivo. Y así, con la falta de contrapeso de la realidad normal, sobreviene la super-excitación de la fantasía, con sus sueños dorados de bellezas y realidades perdidas, y con sus nostalgias, verdaderas recordaciones de tiempos pasados, digamos a lo Jorge Manrique, Mantegazza, Rabelais, Paul de Kock y otros tantos… Se estrella el freno de los deseos locos, de los anhelos mórbidos de excitantes naturales, como el alcohol y el tabaco (no hablemos de la marihuana, que va bestializando a mucha gente, al lado de la cocaína y de la morfina). Y luego aparecen también las necesidades del juego, de los lucros ilícitos, y de las perversiones sexuales, de que están repletas las grandes ciudades… Donde los crímenes, suicidios, etc. como si el espíritu, divorciado del alma y del cuerpo, a ambos dejase la dolorosa fatalidad de estrellarse en el abismo de la locura y de la muerte… Y allá se fueron los hermosos paraísos naturales de un cielo azul, una verde campiña, un baño de sol, un panorama de innumerables estrellas, un coloquio amoroso y mudo, en fin, con la redentora Naturaleza, puesto que aquellos falsísimos y artificiales “paraísos”, en mala hora exaltados por Baudelaire, a la luz meridiana, así como a la de la inteligencia en sus culminaciones, otra cosa no representan sino oscuridad, dolor, muerte y mentira… En fin, una criminal ganzúa que derriba  el ebúrneo Portal del Misterio, ese maravilloso portal que solo puede estar abierto a la virtud y la verdadera Ciencia, auxiliados por la noble convivencia con la madre Naturaleza, y no con aquella otra “puerta” de las “esperanzas perdidas”.

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Y así este capítulo –por más despretencioso que sea– no pasa de un fraternal consejo a aquellos, por ejemplo, que no más procuran las estancias hidrominerales, como S. Lourenço, “donde la Naturaleza es dadivosa”, hace mucho por tanto –inclusive sus aguas incomparables– para desobstruir el hígado y los riñones de los autointoxicados de todas partes…

Abandonaran tan privilegiados lugares por el simple hecho de “haber sido cerrados los casinos”. Aquello, sí, que para ellos “era estación de cura y reposo”… Mas no hay que entristecerse por tan poco, si los pif-pafs y otros juegos –ya ahora clandestinos– en la propia capital permanecen, para contrariar el sabio y patriótico “veredictum” de la Justicia.

Pejor avis aetas.

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