Por los caminos del misterio. Ocultismo y espiritismo – Por José Heriberto López y Comentario de Pedro Marqués de Armas

 José Heriberto López *

La aplicación de la Psicología experimental en el escenario de los estudios modernos y en las diversas ramas en que se divide y subdivide la Ciencia, madre o fuente generadora de todas las investigaciones materialistas, ha provocado un vehemente deseo de estudio, o de investigación, por mejor decir, en la enmarañada historia de pueblos desaparecidos, de civilizaciones extinguidas, que antes que los caldeos y los egipcios, penetraron con mayor entusiasmo y mejor éxito, quizás, en las misteriosas sendas de los estudios llamados hoy Ciencias Ocultas.

    Un fenómeno que pudiéramos comparar al descubierto por algunos observadores, durante la guerra mundial, en el propio campo de los hechos y que llamaron Zona del Silencio, el cual consistía en que el monstruoso ruido de las batallas se oía a poca distancia del sitio en que se desarrollaba el duelo sangriento, luego se silenciaba, como si las ondas sonoras describieran una elíptica de diez o más quilómetros, para después dejarse oír con mayor intensidad a distancias relativamente grandes. Asimismo ha acontecido en el campo de las investigaciones abstractas en que después de una época de silencio, que pudiéramos llamar la elíptica de una fatiga intelectual, de cansancio y desengaños, vuelve hoy a resurgir con mayor energía, el estudio que el descreimiento de las teorías materialistas del siglo pasado sepultaron casi en el olvido, pero que después, cuando pasó la onda de ese descreimiento culpable, muchas mentes adelantadas quisieron orientarse en los caminos trazados por filósofos y sabios de la antigüedad y a través de los obstáculos que la mala fe y la ignorancia ponían en la senda de esa investigación, lograron al fin abrir nuevas brechas en la intrincada selva, y desde entonces el estudio ha vuelto a ser como en los tiempos felices de Anáxagoras, Plutarco y los pitagóricos, que trabajaron con el mismo entusiasmo que se nota hoy entre los hombres estudiosos de los tiempos que corren.

      No hay duda de que el hombre ha adelantado mucho en el siglo actual, sobre todo desde que la Psicología experimental ha substituido a la Psicología dogmática de los filósofos del siglo anterior y desde que ciencias como la Física y la Química han entrado también en nuevos períodos de adelanto, sin que por ello choquen con los nuevos estudios. Por el contrario, se ha visto una especie de asociación entre ellas que, según el Marqués de Santa Clara (1), están operando una renovación radical en los conceptos clásicos que servían de base a las ciencias naturales, exactas y psicológicas. Fuerza y Materia, por ejemplo, concebidas como formas diferentes de una misma cosa, e Inercia y Energía, declaradas como nuevos aspectos de la substancia única universal, impulsan las investigaciones de gabinete y laboratorio por la región de la Metafísica natural, con direcciones insospechadas en que los viejos antagonismos de materialistas y espiritualistas tienden a fundirse. A la Ciencia de ayer que sólo hablaba de materia, por una reacción inesperada parece estar dispuesta la Ciencia de hoy, buscando en el mundo atómico, a contestar con la misma materia, considerada ya como energía concentrada y los electrones, la radioactividad y las teorías vibratorias encaminan el conocimiento por rutas que intuitivamente percibió el genio filosófico de otras edades.

       Fred Barlow, citado por el autor que acabo de mencionar, escribió: “El descubrimiento de substancias radioactivas en general y del radium en particular, han probado que la imposibilidad física de una época se convierte en un hecho corriente en la época que sigue.”

        Durante el siglo XIX no hubo sino la Ciencia con su radicalismo que negó todo lo que no tuviera por fundamento el postulado de que en el Universo sólo existían los estados de la materia y que ni el alma, ni el espíritu podían existir; pero luego, cuando esos obreros incansables que llenan ya una buena página en la curiosa historia de las investigaciones psicológicas, y que, empeñados en desentrañar de las cenizas del pasado el polvo básico de los estudios del presente, han ahondado profundamente y observado con detenimiento, en las diversas ramificaciones en que se abre la nueva Ciencia, los estudios se han diversificado también y sabios como Charcot, Luys, Puel, Barety, Grassel y otros, se ocuparon de la Telepatía y el Hipnotismo; Sanet y Gibert, de la sugestión a distancia; Charnel y Brocard, de los cartománticos; Bozzano y Maxwell, de los fenómenos premonitorios; y los doctores Osty y Gely que con éxito lisonjero investigaron en el complicado campo de la Criptestecia (2) y en el ya conocido de la biología, en el cual Gely y Schrenzck-Notzin, juntando los estudios fisiológicos y embriológicos normales y metapsíquicos, lograron derrumbar la concepción materialista, órgano-céntrica, substituyéndola por la fundada en el principio dinamo-psíquico, cuyo corolario: la idioplástica, promete tanta fecundidad (3).

        El conocimiento del alma humana como entidad psíquica y física, será la ciencia del porvenir, dijo Flammarion, inspirándose sin duda alguna, en autorizadas opiniones como las del eminente físico William Crookes, coloso de la Inglaterra del siglo pasado, y de Richet, su continuador en los estudios que con tan buen éxito siguieron, además de Flammarion, Ochorowick, Lombroso, el Coronel de Rochas, Lodge, Maxwell, Bottazzi, Schrenzk-Notzin, Moses, Hislop, Gramont, James, Corrington y otros tantos más, que con amor y gran tesón han seguido las huellas de sabios tan eminentes como los nombrados.

         Las creencias en los fenómenos que espíritus sensibles y observadores han calificado, con algún temor, tal vez, de apariciones de otro mundo, o del que el vulgo llama el Más allá, vienen desde el comienzo de la creación. Sí nos internamos un poco en la historia de los pueblos primitivos nos encontramos con los diferentes grupos que formaron las distintas ramas de las antiguas civilizaciones, y allí entre los tasmanios (4), raza ya desaparecida, la cultura antigua australiana, la nigricia de África, y la de los bosquimanos, en el desierto de Kalahari, vemos que la Magia y la Hechicería fueron el principio en que se inspiraron sus primeros hombres, sobre todo para curar los males y desalojar del cuerpo humano los cuerpos sólidos que la creencia en el hechizo hacía suponer como causa principal de la enfermedad contraída.

      La clarividencia en algunas personas fue tenida durante algún tiempo como don divino, inspiración de los dioses que favorecían a los que sirvieron de profetas, de sibilas, de augures, etcétera, hasta la Edad Media en que vino la creencia de los demonios a substituir a los dioses; y la Brujería, la Magia Negra, y la creencia en los malos espíritus, absorbieron la atención a todos los investigadores en los arcanos del Más allá, al extremo de que la Magia fue el fruto maldito de toda esa labor investigadora, que al fin fue desapareciendo, por fortuna, con las penas severas que el Cristianismo le aplicó y los ataques que con el objeto de suprimir la crueldad en los procesos de brujería —afirma Schopenhauer— le hicieron en Europa Baltazar Becker, Thomasius y otros, proclamando la imposibilidad de la Magia. Pero también es cierto que los pueblos nunca han dejado de creer en esas brujerías que constituyen la Magia, aun en la civilización actual, en que los estudios psicológicos han alcanzado tan alto puesto en la escala de las investigaciones metafísicas.

       La creencia en los espíritus es innata al corazón del hombre; se encuentra en todas las épocas y en todos los países, y tal vez no haya ni un solo hombre exento de ella (5). Sí, es cierto, ya hemos visto que desde nuestro nacimiento traemos el virus que nos hace buscar en las sombras del misterio lo que no podemos ver con nuestros sentidos corporales, ni podemos explicarnos; y tal vez sea por eso por lo que llevamos siempre en el fondo de nuestra conciencia el deseo o la necesidad, mejor dicho, de creer en los espíritus.

       Decía, pues, que cuando algunos sabios se dieron a la tarea de explorar en las entrañas del pasado, sin desdeñar las nuevas orientaciones que la Física y la Química tomaban en el movimiento del presente, no creyeron que sus adversarios, los que se aferraban en que la causa de todo era la materia, cuya disolución sería el átomo tan pronto se intentara un análisis definitivo, se unirían a ellos para juntos intentar estudios que ya comienzan a dar buenos y sazonados frutos.

      A la severidad de la Ciencia con su absolutismo y sus conclusiones se oponían las hipótesis de los espiritualistas hasta que al fin, cansados tal vez de una lucha infructuosa, se han unido al esfuerzo, y al radicalismo de la ciencia de ayer vienen los descubrimientos de las substancias radio-activas y las teorías vibratorias a mostrar la posibilidad de hechos que se negaron sin ningún análisis, en el siglo que, por una de tantas aberraciones, se llamó el Siglo de las Luces.

      Uno de los primeros descubrimientos de los que comenzaron a revolucionar en la nueva ciencia fue el del sabio alemán Mesmer, el Magnetismo animal que, según su descubridor, era un fluido de influencias siderales sobre el magnetismo terrestre con efectos fisiológicos. La Real Sociedad de Medicina de París no quiso darle su beneplácito, y el magnetismo quedó sin ninguna aplicación, salvo los estudios que siguieron haciendo el mismo Mesmer y sus discípulos, hasta el año 1820 en que Foissac lo sometió nuevamente a la misma corporación, obteniendo un triunfo, pero tan precario que a vuelta de pocos años la misma asociación lo desechó, calificando de hechos imaginarios los presentados por Foissac y sus discípulos.

     Luego, años más tarde, la fuerza creadora de las nuevas teorías y los fenómenos manifestados por los médiums hicieron que muchos observadores se decidieran a trabajar sobre las bases que la teoría hipnótica ofrecía a sus deseos, y hombres como el Abate Fortín de Baraduc, Muller y el Abate Parías contribuyeran a la nueva ciencia con tan buenos e interesantes trabajos que fueron de grande utilidad al Barón de Reinchenbach, para su descubrimiento del Od, o sea lo que más tarde se ha llamado Aura y por otros el Astral. Lo que los griegos llamaron Eidolon; los caldeos Ka; Pitágoras: Carro del alma o cuerpo luminoso; Aristóteles: Espíritu o principio del pensamiento y el alma.

      Vulgarizado años más tarde el descubrimiento de Mesmer, y utilizado patológicamente por los médicos, no tardó en establecerse una lucha entre los discípulos del sabio alemán, que sostenían la virtud de las corrientes fluídicas; los psico-químicos, que alegaban la omnipotencia sugestiva, y los que creían en la intervención de los espíritus malignos.

      Schopenhauer dice que el magnetismo es sólo un efecto de la voluntad del magnetizador, fundándose en que según dice él mismo, produce cosas que no pueden explicarse por las leyes de la relación de causa, por las leyes ordinarias de la naturaleza, que hasta cierto punto son la negación de esas mismas leyes, porque ponen en claro la realidad de un dominio sobrenatural, metafísico si se quiere.

      La prueba física de que la voluntad es el principio de toda vida espiritual y corporal, según dice el magnetizador Conde Szapary, —citado por Schopenhauer— con la advertencia de que el Conde no conocía su filosofía, demuestra que el magnetismo animal se presenta como la Metafísica Práctica, la cual el Barón de Verulam había clasificado como Magia, o Metafísica empírica o experimental.

     Mosso decía que el magnetismo era la exageración mórbida de fenómenos fisiológicos, observados en el sueño y en el sonambulismo, y Richet escribió que era una perturbación artificial producida en las funciones normales del sistema nervioso, por una verdadera neurosis experimental.

      Probada la radioactividad de los cuerpos, es lógico aceptar el principio de la emanación fluídica del cuerpo humano o sea el magnetismo, y así lo demuestran los eminentes doctores Clarac, Pruvost, Geley, Laum, Lleguet y Gabanes en un libro titulado Las Radiaciones Humanas, en el cual publican el resultado, con atinadas observaciones, en un caso fisiológico que comprobó la existencia del fluido magnético en el cuerpo humano.

     Supuesta la existencia del fluido animal, capaz de proyectarse para obrar sobre el mundo exterior —dice el Marqués de Santa Clara (6)— la obtención, mediante su concurso, de la hipnosis no sería más que uno de tantos efectos atribuidos a su potencialidad, aplicada en tal caso a la modificación accidental del estado psico-fisiológico del sujeto sobre el cual se hacen los experimentos. La hipnosis es en sí uno de estos estados paranormales, al que se llega por diversos procedimientos, entre los cuales la altero y la autosugestión ocupan lugar preponderante, abarcando también su influencia otros estados de gradación infinita, desde los que continuamente observamos en la vida ordinaria hasta los caracterizados por la aparición de fenómenos que contradicen las leyes conocidas. La acción magnética puede operar indiferentemente sobre objetivo humano simplemente animal y hasta, a lo que parece, sobre la materia que llamamos inerte. La hipnótica no puede darse sino sobre otra psiquis, pues supone indudablemente sintonismo y ligación intelectual.

      Como ya hemos podido observar en las diversas opiniones de los hombres que con mayor vehemencia y envidiable contracción a sus labores se han dedicado al estudio de los fenómenos psicofisiológicos, el fluido magnético descubierto por Mesmer vino a descorrer el velo que cubría muchos fenómenos considerados sólo como hipótesis y destruyó no pocas creencias sobre la posibilidad de la tan discutida comunicación con los espíritus y estableció una orientación definitiva hacia la mediumnidad de los sensitivos.

    Charcot dijo, cuando todavía el nuevo fluido no había invadido los diversos ramos del campo en estudio, que el hipnotismo era un mundo en el cual se encuentran, junto a hechos palpables, materiales groseros, bordeando la Fisiología, hechos absolutamente extraordinarios, inexplicables hasta ahora, que no responden a ninguna ley fisiológica y en extremo extraños y sorprendentes; pero después, la nueva ciencia ha explorado en el propio campo de los fenómenos, con tan buen éxito, que esos hechos ignorados por el insigne Maestro, han sido puestos en evidencia por las comprobaciones verificadas de que el alma y los sentidos pueden obrar sin necesidad de la indisolubilidad que se les atribuía. Y así hemos visto realizarse fácilmente los fenómenos de la lectura con los ojos cerrados, ver objetos a grandes distancias, etc.

      Comprobada la utilidad del factor magnetismo, comenzaron los experimentos bajo los diferentes estados hipnóticos que se han producido, o sean los de letargia, catalepsia y sonambulismo, con todos sus derivados, y partiendo desde allí, los experimentadores han recorrido en una sucesión de grados progresivos de los que provoca el estado magnético, hasta llegar a la casi exacta clasificación de los sujetos lúcidos y de las influencias que sobre ellos ejerce la voluntad del magnetizador y a veces la de los asistentes a la sesión que se esté celebrando.

     Es oportuno, por tratarse de un detalle que puede influir en las pruebas de hipnotismo, observar que a la creencia de Schopenhauer que atrás he mencionado, de que sólo la voluntad es la que ejerce influencia sobre el organismo del sujeto y de ninguna manera los pases, se opone la del Coronel de Rochas, por no citar sino a uno de los hipnotizadores de los últimos años, que ha comprobado en sus diversos y frecuentísimos trabajos, cómo los pases son los que conducen al sujeto a los diferentes estados en que desea el magnetizador colocarlo.

     Aunque este es un detalle que en nada afecta la teoría hipnótica, he querido citarlo para evitar que cualquiera que no esté muy al corriente del movimiento progresivo de los estudios que vienen inquietando la mente de los sabios en ambos campos de la nueva ciencia y el de las viejas teorías, pueda suponer que para producir el estado sonambúlico, por ejemplo, bastaría sólo el deseo del experimentador, sin la aplicación de los pases.

     La teoría de Schopenhauer, sobre la voluntad como único factor en los fenómenos hipnóticos, está fundada en la de Théfastro Paracelso, cuando este gran sabio hablaba de la Magia, cuyos efectos atribuía a otras causas, siendo, sin embargo, fenómenos magnéticos, ignorados en aquel entonces. Pero ¿qué otra cosa podía ser sino magnetismo lo que explicaba Van Helmont cuando hablaba de cierto poder extático que hay en la sangre, capaz de ser transportado por el fluido del hombre exterior, es decir, del magnetizador?

     Ese poder en el hombre exterior —agrega Helmont— está en estado latente como una potencia, pero no pasa al acto sino mediante el golpe de una excitación extraña, cuando la imaginación, por ejemplo, se halla inflamada por un deseo ardiente.

     Esa fuerza, la fuerza natural, por la cual el alma puede hablar fuera —dice Schopenhauer, al comentar la teoría precedente— parece existir constantemente en nosotros, como en estado de soñolencia y de embriaguez, pero muy suficiente para cumplir sus deberes para con el cuerpo, al cual está ligada.

    Al fin concluye Schopenhauer diciendo que la ciencia y la potencia magnética, están soñolientas en el hombre y que, por consiguiente, éste tiene en sí, al alcance de su mano, una energía que por su sola voluntad y por su sola fuerza de imaginación, puede obrar exteriormente e imprimir su acción y ejercer una influencia capaz de percibir objetos ausentes.

     Esa fuerza a que se refiere el áspero filósofo alemán, es precisamente la que después se puso en práctica por Mesmer y sus discípulos y al fin ha sido adoptada por casi todos los investigadores en la ciencia de los misterios, siendo la mayor gloria para los primeros, especialmente para el Marqués de Puysegur, el descubrimiento, en el estado sonambúlico artificial, de la facultad llamada hoy Criptestesia.

      La Criptestesia es una de las ramas en que se divide la Metapsíquica, que consiste en la lucidez de los sujetos llamados Médiums o Sensitivos.

     Está llamada a desempeñar un importantísimo papel en las diversas partes en que se divide la Psicología y ejercerá una acción beneficiosa en las personas, que ya por ignorancia o por sugestión, se han constituido en víctimas de la superchería llamada espiritismo.

    Me refiero al espiritismo vulgar, a ese espiritismo que se ejerce en algunas poblaciones con el único fin de explotar la candidez del pueblo, haciéndole creer que personas ya muertas les envían mensajes por conducto de los médiums que al efecto ejercen de tales en las tenidas que celebran con frecuencia.

    Yo he asistido en esta ciudad, donde se le rinde fervoroso culto a la Mancia en todas sus formas y manifestaciones, a muchas de esas sesiones; y a título de curiosidad, ya que nada útil puede aportarnos, ni enseñanza alguna ofrecernos, doy aquí el extracto de alguna de esas tenidas.

     En el Centro Espirita José de la Luz Caballero (7), calle Águila 141, se celebran sesiones semanalmente y allí concurren numerosas personas, atraídas por el curioso deseo que les anima de ir a comunicarse con los deudos o amigos que han fallecido y que, según los directores del Centro, vagan por el espacio infinito.

     Relataré parte de la sesión celebrada el 12 de julio a las nueve de la noche.

     El médium era una mujer de color, alta, muy delgada, de mirada incierta, de edad mediana y de escasísima instrucción, por no decir de ninguna. Cuando fue llamada se puso de pies y avanzó hacia el lugar designado para los médiums. Un acceso de tos débil, seca, más de fingimientos tímidos que de afección pulmonar, la molestó por un instante y la hizo llevarse el pañuelo a la boca y luego se sonó las narices sin motivo, como de gente que es esclava de la costumbre.

     Sentada en una mecedora, en el escenario del pequeño anfiteatro, la médium entró en trance espontáneo y a poco comenzó a sufrir contorsiones espasmódicas.

    El Presidente del Centro abrió un interrogatorio mientras la durmiente se llevaba las manos al cuello y se quejaba de fuertes dolores.

     Presidente. — ¿Qué le pasa hermano?

     Médium.  —Que me duele mucho el cuello, debido a ese corbatín que me han puesto.

     P. —No, hermano, ya usted no tiene nada. Usted es víctima de una sugestión porque usted no se ha dado cuenta de su situación actual.

   M. — (Con sorpresa) — ¿Que yo no me he dado cuenta de mi situación? ¿Usted está loco?… ¡Caramba!… A mí me están matando en el patíbulo. Yo soy Salvador Aguilera (8).

   P. — No, no crea eso. Ya ese hecho se realizó y usted falleció. Usted es hoy un espíritu y ha venido aquí para que nosotros le demos luz, porque usted está turbado.

   M. — ¿Y dónde estoy yo?

   P. — En el Centro Espiritista José de la Luz Caballero.

   M.— (Muy sorprendido)—¡Adiós, caramba! ¿En un centro espiritista?

   P.— Sí, señor, en un centro espiritista que quiere hacerle un bien…

   M.— (Interrumpiendo)— ¿Y qué me dice usted de mi compañero?

   P.— ¿Cuál compañero?

   M.— Mi compañero de cárcel, Hernán Peña (9).

   P.— ¡Ah!… Ese está condenado también a la pena de muerte.

   M.— Mañana iré a verlo.

   P.— No, hermano, usted no puede hacer eso porque usted hoy es un espíritu.

   M.— (Sorprendido)—¡Cómo!… ¿Que no puedo ir?… ¿Por qué?

   P.— (Sonriendo)— Usted irá, pero él no podrá verlo a usted, porque él no es médium y usted no tiene cuerpo físico.

   M.— (Hace un gesto despectivo y cambia de conversación)— Dígame, Señor, ¿qué ganó la sociedad con haberme matado?

   P.— La sociedad ejerció el derecho de defensa y la Justicia cumplió con su deber.

   M.— (Sonríe irónicamente)— ¡La Justicia!… ¿Y por qué esa Justicia no mató a Valentín Martínez (10), mucho más culpable que yo?

   P.— Nosotros no podemos juzgar eso. ¡Allá los tribunales!

   M.— Siento un gran deseo de venganza contra los jueces que me condenaron.

   P.— Ya usted no puede sentir deseos de venganza, porque usted es un espíritu. Además, esos jueces que lo condenaron a usted no hicieron más que cumplir con la ley.

   M.—(En actitud reflexiva)— ¡Conque yo soy un espíritu!… ¡Aja!…

  P. —Sí, señor, y para probárselo véase el cuerpo y se convencerá de que no es el suyo.

   M..— (Se ve las manos y el cuerpo, y responde con gran sorpresa)— ¡Pero este es el cuerpo de una mujer!… ¡Caramba!… ¿Qué es esto?

   P.— Sí, señor. Es el cuerpo de una señora que bondadosamente se lo prestó a usted para que pudiera comunicarse con nosotros. ¡Ella es una médium!

   M.— (Con aire convencido) — ¡Aja!… Ahora sí es verdad que me doy cuenta de que soy un espíritu. Bueno, les doy a ustedes las gracias por haberme dado conocimiento y me retiro, porque aquí está un señor que me llama.

   P.— (Sonríe satisfecho). —Sí, ese señor es su guía espiritual. Sígalo y obedézcale en todo.

   M.— Gracias, pues, a todos ustedes y buenas noches!

   P. — ¡Adiós, hermano!…

   Y vi cómo la credulidad pasó rozando todas las mentes de aquella gente sencilla que maravillada y sorprendida en aquel saloncito emocionante para ellos, dejaban, como la oveja, un vellón más de la blanca fe de sus creencias religiosas.

   La sesión siguió con el mismo médium, pero con nuevos espíritus y el mismo diálogo —con las variantes del caso, por supuesto— se repitió y continuó con la monotonía acostumbrada. Y así, en sucesión interminable, las escenas de los lunes se repiten los viernes, sin que durante el tiempo que tiene establecido el Centro se haya tratado de hacer un esfuerzo científico que descubra algo nuevo, que confirme algún hecho sospechado o que destruya o ratifique alguna de esas hipótesis en que abunda la nueva ciencia que se estudia y pide obreros que se dediquen a ella con sinceridad y decisión, y no centros de recreación en que se desperdicia el tiempo y se relaja el concepto psicofisiológico de las nuevas orientaciones (11).

   Demostrados ya, más o menos, por los que se han dedicado al profundo estudio de las ciencias ocultas, en los verdaderos estados hipnóticos, muchos de los fenómenos que hasta ayer permanecían en el más obscuro de los misterios, se han realizado ensayos y practicado pruebas sorprendentes en lo relativo a la regresión y progresión de la memoria, en sujetos, bajo la acción magnética.

  Después de los importantísimos trabajos de Deleuze, desdeñado en la época de sus experimentos, por las mismas razones de indiferencia e incredulidad que el mundo tiene para toda idea nueva, vinieron muchos otros investigadores que temerariamente y sin arredrarse, rompieron viejas teorías y prejuicios, y al fin, han logrado realizar trabajos que si no comprueban de manera exacta e incontrovertible, porque eso sería imposible en ciencia tan compleja como es la que se comienza a estudiar (hablo de la Criptestesia y sus derivados), al menos han establecido la posibilidad de conocer muchos detalles importantes sobre el pasado —en sus vidas anteriores— de los sujetos sometidos a la influencia hipnótica y predicciones de sucesos que sobrevendrán al médium en edad más avanzada o en sucesivas reencarnaciones.

    En el curso de este trabajo daré a conocer algunos datos e informaciones acerca de los últimos experimentos que se han hecho, los cuales están respaldados por autorizadas opiniones de grandes sabios que estudian con tesón y el más encomiable entusiasmo los fenómenos que, para algunos son motivo de burlas, para otros de temor y para los que se han dedicado a la dura labor de la investigación científica, trabajo honroso y edificante que llevará a la generación futura un caudal de nuevos y eficaces conocimientos en la gran ciencia del porvenir.

   No ha sido mi intención al emprender este trabajo, trabajo de labor e investigación científica, la de escribir una obra de ocultismo o de enseñanzas espiritualistas, porque debo confesar antes que todo mí completa ignorancia en materias tan profundas, que han sido desde tiempos pretéritos, y son en la actualidad, preocupación y labor de grandes cerebros, de verdaderos hombres de ciencias, que con vastísima cultura y sólidos conocimientos en las distintas ramas del saber humano, han ahondado en esas profundas cavernas, rodeadas de misterios, que desde el comienzo del mundo hasta nuestros días han permanecido ocultas al espíritu inquieto del hombre, el que, a pesar de sus vanas petulancias de sapiencia, no ha podido conocer lo que está dentro de él mismo: el alma, que como emanación de Dios, permanece como el mismo Dios, en el misterio.

   Mi objeto es el de contribuir con algo a la construcción de ese gran edificio que se levanta para el bien común, y no me ha detenido la incompetencia, ni la falta de preparación de que carezco para ofrecer al lector, con la mejor voluntad y la sinceridad que caracteriza toda mi labor literaria, el fruto de mis lecturas y las observaciones que, aunque pocas y de escaso valor científico, por la carencia de medios, he podido obtener en mis propios experimentos.

  Cuidadosamente he tratado de que mis estudios, tanto en el campo de la observación como en el de la lectura, vayan encaminados hacia la meta que persiguen los verdaderos obreros de la nueva ciencia, y con tal fin no desmayo en mí labor comparativa entre el hecho escrito y el fenómeno que se produce en el escenario de los experimentos.

   Mesmer, Sage, Peysegur, Osty, Cormillier, Barret, Deleuze, Durant de Gross, Flornay, Aksakof, Nuss, Delanne, el Coronel de Rochas, Fontenay, Flourems, Barón de Potet, Olíver Lodge, Flammarión, Jacolliet, Chevreuil, Schopenhauer, el Marqués de Santa Clara, Morselli, Maeterlink, Lombroso y tantísimos otros, sin excluir el grupo de sabios que constituye la asociación inglesa Proceeding of Society for Psychical Research of London, han estudiado a fondo los fenómenos espiritas y ofrecido al mundo en luminosos trabajos el resultado de sus minuciosas observaciones, desgraciadamente negadas todavía por muchos hombres de ciencia y censuradas hasta llegar a la burla en muchos casos, por gente ignorante que sin argumentos científicos para combatir se reduce a calificar de loco a todo el que, más consciente que ellos, se dedica al estudio de una ciencia que será, como dijo Flammarión, la ciencia del porvenir.

   El espiritismo no es, como creen muchos, una simple comunicación de nuestro mundo material con el mundo invisible de los seres ya desencarnados y que sólo sirve para satisfacer deseos de distracción o para trastornar el cerebro del hombre que se dedica a su estudio. No; el espiritismo no es eso: el espiritismo es una ciencia espiritual: la ciencia Psíquica que trata de demostrar a la ciencia material que lo que ha sido hasta hoy hipótesis para los materialistas, será mañana un problema resuelto por la fuerza psíquica que, como ya he dicho atrás en citas oportunas, duerme latente en cada cuerpo humano.

   Hasta los días que corren no se ha llegado a resolver ningún problema de orden espiritual, porque la lucha que se ha sostenido entre la Religión y la Ciencia, no ha aportado ninguna enseñanza al hombre. Mientras la Religión con sus dogmas no le ha permitido pasar de la frontera de la fe, sin ofrecerle ningún conocimiento, la Ciencia se ha conformado con negar lo que no se somete incondicionalmente al proceso del análisis, caminando a obscuras por senderos que aun, después de veinte siglos de cristianismo, permanece bajo la misma sombra de la higuera del filósofo.

    La Religión no es nada en el movimiento investigador del hombre, porque permanece estacionaria en su dogmatismo secular, no obstante la sentencia del evangelista (12), de que nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, y nada oculto que no haya de saberse; y la Ciencia positiva que revoluciona al mundo en lo material, asombrando con sus descubrimientos para comodidad en el vivir, nada le concede al espíritu, porque nada puede darle, y de esa lucha sostenida por la Religión que proclama la idea espiritual sin el análisis y la Ciencia que niega lo espiritual (exceptúo el concepto del animismo que, aunque admitido por los materialistas, no como un hecho, ni como un principio, sino como un argumento para combatir el espiritismo fue aceptado condicionalmente), nada se había adelantado hasta la época en que el espiritismo científico se levantó sobre la base material de la metapsíquica, si se me permite la metáfora, y se metió resueltamente en regiones que sólo estaban exploradas superficialmente, presentando hoy pruebas bastante alentadoras para los que se dedican con cariño al estudio del Más allá.

   No quiero que lo que voy a tratar en este libro, que escribo más que todo por amor a la nueva ciencia que se estudia, se tome como pruebas fehacientes de hechos que deben aceptarse como verdaderos, pues sólo he querido, como contribución a los estudios psíquicos hoy tan en boga, presentar un resumen de trabajos escritos por los que, más afortunados que yo, han podido dedicarle mayor tiempo al estudio de la ciencia que me ocupa, con recursos adecuados y sobre todo, han logrado el gran privilegio de poder disfrutar de medios apropiados en campos propicios y de gozar de inmensas ventajas al tener a su disposición sujetos lúcidos, verdaderamente apropiados para los experimentos realizados con más o menos éxito hasta el presente.

   Soy respetuoso a toda creencia ajena y mucho más en lo referente a religión, que considero el ejercicio más absoluto de la libertad: la libertad de conciencia, el atributo más sagrado que tiene el hombre sobre la tierra, y no quiero que nadie se imagine que pretendo aconsejar tal o cual doctrina, pues, como ya lo he dicho en páginas anteriores, este libro llevará al conocimiento del que lo lea el resultado de muchas experiencias psíquicas y el relato de numerosos experimentos verificados por hombres sabios, de verdadero talento y honradez.

    No creo, como muchos, que el problema de la comunicación con los espíritus esté resuelto y, por el contrario, tengo la creencia de que pasará algún tiempo todavía sin que se llegue a extraer esa verdad tan ansiada; y aun creo que quizás ese mismo lapso pasará y el enigma seguirá como hasta hoy, intrigando a los unos y distrayendo a los otros. Sin embargo, esperemos que la ardua labor —digna por todos conceptos del mayor elogio— emprendida por tantos sabios, y muy particularmente por la honorable asociación inglesa a que me referí en renglones anteriores que no desmayan en la dura tarea de la investigación científica, obtenga en no lejano tiempo, el mejor éxito en sus esfuerzos, para bien de la humanidad, que tendrá en lo adelante una verdadera luz de sabiduría, luz desvanecedora de las sombras que la han cubierto desde su nacimiento.

   Si este trabajo mío contribuyera a disipar las tinieblas que envuelven a los que pretenden saber algo de espiritismo y pierden su tiempo en reuniones inútiles, colmaría mi satisfacción, pues he visto con dolor cómo se malgastan las horas y más que las horas, las energías de los que se dedican a enseñar algo que no saben ellos mismos. El espiritismo, ya lo he dicho anteriormente, es una ciencia que progresa de día en día con notable celeridad y no es en los arcaicos textos del popularísimo Allan Kardec (13), donde se debe ir a buscar lo que sólo nos dan las numerosas obras que desde la aplicación de la Psicología experimental en los estudios espiritas se han escrito al margen de la ciencia misteriosa, como pudiéramos llamar ese conjunto de fenómenos

tan complejos para la mente humana; pero que, gracias a las exploraciones verificadas por los que han ido a beber en las fuentes de la sabiduría antigua y a la eficaz ayuda del mesmerismo, comienza ya a ser considerada como una ciencia verdadera por los mismos que ayer no más la desdeñaban con ironías burlescas.

     Es necesario trabajar, sí, pero trabajar con método y mucha consagración, como lo hacen los estudiantes que en Europa se han dedicado a ello, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin temor, sin vacilaciones, franca y resueltamente, y así llegaremos al fin que nos hemos propuesto, a la meta de nuestras aspiraciones, al nirvana de nuestros deseos que es el triunfo.

La Habana, 1926.

 Notas

  • Un tanteo en el misterio, p. 13.
  •  Nombre que el profesor Richet dio a la facultad perceptiva supranormal de los médium o sensitivos.
  • Un tanteo en el misterio, p. 20.
  • Habitantes de la isla de Tumanla, antes Diemen, situada al S.E. de Australia, capital Gobart.
  • Schopenhauer, Las Ciencias Ocultas, p. 158.
  • Ob. Cit. p. 54.
  • Como no participo de la costumbre da muchos autores de suplantar los nombres propios  por iniciales, dificultando así la comprobación que se le ocurriere hacer al lector, daré aquí nombres y apellidos en loa hechos que relato, a menos que se trate de algo privado, y en ese caso lo haré constar.
  • Salvador Aguilera, reo de homicidio que había sido ejecutado en garrote vil, pocos días antes, en la cárcel de Santiago de Cuba.
  • Hernán Peña, reo de homicidio condenado a muerte por la Audiencia de Santiago de Cuba.
  • Valentín Martínez, reo condenado a muerte, a quien le fue conmutada la pena momentos antes de ir al cadalso.
  • En la ciudad de La Habana he podido comprobar la existencia de muchas sociedades semejantes a la descrita, cuyos trabajos en nada difieren a los mencionados. En varias ocasiones visité, las siguientes: Sociedad Espirita de Cuba, Centro Rosendo, Centro John, Centro Orkoff, Centro Joaquín, Centro Juan, José María Parias, Luz de los Espacios; León  Deniz, Kamanory, Alba, Hijos del Progreso y Santiago el Mayor.

(12) Mateo, cap. 10. Vers. 26.

  * El escritor y periodista venezolano José Heriberto López (1871-1942) radicó en La Habana por más de una década. Exiliado hacia 1912 tras protestar contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, inició en París estudios de derecho que tuvo que abandonar a causa de la guerra. Hacia 1918 funda en Nueva York, junto a su hermano Eudoro, la Unión Patriótica Venezolana, al tiempo que se dedica al periodismo político.

 En Cuba recala a inicios de los años veinte, comenzando a escribir cuentos y artículos para diferentes revistas, entre ellas Bohemia. Seguidor de Richet, Myers, James, Maeterlinck, entre otros, se convierte, pronto, en una de las principales figuras del así llamado espiritismo científico.

  Su producción literaria es tan extensa como desconocida: las narraciones breves Cuentos de Acero y La Víctima; las novelas Senderos de Luz y Sombra, Alma Francesa, Guasábara, y La Vorágine del Amor; el drama político Tragedia de Lobos; las memorias Veinte años sin patria. Etc.

 De todos sus libros, el más divulgado fue Por los caminos del misterio. Ocultismo y espiritismo (La Habana Editorial Hermes, 1929), cuyo primer capítulo apareció a modo de avance en la revista Cuba Contemporánea (noviembre-diciembre de 1926). Escrita para “descorrer el velo de los falsos conceptos de las prácticas burdas que desacreditan las doctrinas del espiritismo científico”, López reúne en esta obra de más de 400 páginas sus tópicos habituales: la tumba de Tutankamon, los youguis y fakires, el sonambulismo, los rayos X, el mesmerismo, el hipnotismo, la telepatía, los ectoplasmas, las reencarnaciones, las apariciones y tantos otros fenómenos sobre los que aporta sus consideraciones científicas.  

 Su cuento “El alma negra de Mazorra” fue premio de la Asociación de Reporters en 1927. Dos años más tarde escapó hacia Nueva York al ser perseguido por la policía de Machado. Allí escribirá todavía otra novela, Muchachita loca, y las citadas memorias, que publicaría a finales de 1933, de vuelta a La Habana. Finalmente regresa a su país, radicándose en la ciudad de Valencia, cerca de la cual fallece en 1942.

 Imagen tomada de la revista Cervantes, junio de 1930.

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