El simbolismo de las religiones del mundo y el problema de la felicidad – Por Mario Roso de Luna

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INTRODUCCIÓN

 

   Al tratar en los dos tomos de nuestra obra La Doctrina Secreta de la Cosmogonía y de la Evolución del Hombre –dice la maestra H.P.B. (NOTA: Iniciales con las que los teósofos solemos designar a la maestra Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica. FINAL NOTA)– nos ha sido necesario demostrar que ninguna religión, desde la más antigua a la más moderna, se ha fundado jamás en una completa ficción; que ninguna ha sido objeto de revelación especial, y que sólo el dogma es el que siempre se ha encargado de dar muerte a la verdad primordial; finalmente, que ninguna doctrina de humano nacimiento, ninguna creencia por más santificada que esté por la costumbre y por el tiempo, puede compararse en santidad con la religión de la Naturaleza. La llave de la Sabiduría que abre las macizas puertas que conducen a los arcanos de los más recónditos santuarios, sólo puede encontrarse en su oculto seno y este seno se halla en los países señalados por el gran vidente del siglo XVII: Emanuel Swedenborg. Allí se halla el Corazón de la Naturaleza, esa urna santa de donde salieron las primeras razas de la Humanidad primitiva y que es la cuna del hombre físico.

   Y como la Magia ha seguido en todo tiempo a la Religión como la sombra al cuerpo, estos conceptos finales de La Doctrina Secreta, tienen su complemento en las primeras palabras de otra obra maestra de H.P.B., la titulada Isis sin Velo, clave de los Misterios religiosos antiguos y modernos, donde la misma autora cuidó de expresar sus sentimientos y su ciencia diciendo claramente al comenzar el prefacio: «No creemos en Magia alguna que exceda del poder y de la capacidad de la humana inteligencia, ni en milagro alguno, ya sea divino o diabólico, si ello ha de implicar una trasgresión de las leyes naturales instituidas desde la eternidad, aunque admitimos la opinión del sabio autor del Festus cuando afirma que el corazón humano todavía no se ha revelado completamente así mismo, ni nosotros hemos alcanzado a comprender siquiera toda la magnitud de sus poderes, ¿Sería exagerado creer–añade–que el hombre puede desplegar nuevas facultades sensitivas y adquirir una relación mucho más íntima con la Naturaleza? La lógica de la evolución se encarga de decírnoslo cuando es llevada hasta sus más legítimas conclusiones. Si recorriendo la línea ascensional, desde el vegetal o la ascidia hasta el hombre más perfecto, el alma ha evolucionado llegando a adquirir las elevadas facultades intelectuales que hoy posee, en manera alguna será desacertado inferir que en el hombre se está desenvolviendo igualmente una facultad de percepción que le permite indagar hechos y verdades aún más allá de los límites de su visión ordinaria. Con todo, no vacilamos en admitir la afirmación de Biffé, según la que, lo esencial es siempre lo mismo, y ora procedamos hacia dentro cercenando el mármol para descubrir la estatua encerrada en su masa, ora procedamos hacia fuera amontonando piedra sobre piedra para construir el templo, nuestro nuevo resultado no será nunca otra cosa que una antigua idea. La última de las eternidades encontrará en la primera su alma gemela».

   La Religión de la Naturaleza, tronco único de cuantas religiones ha inventado el hombre, vése hoy encubierta tras los velos sucesivos que sobre ella han ido echando estas religiones, y la Verdad Primitiva, el Templo sepultado que diría Maeterlinck, yace oculta tras de esos múltiples velos o re-velaciones, como la yema del árbol bajo su pérula invernal, o como la verdad trascendente bajo el simbolismo que la recubre. De aquí la importancia que entraña para la Filosofía Natural el estudio crítico y desapasionado de los simbolismos de las religiones conocidas y de aquí también el objeto de este libro, segundo de la serie de comentarios que bajo el nombre de BIBLIOTECA POLIGRÁFICA BLAVATSQUIANA venimos consagrando a la obra de la Maestra.

 

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   Desde el altísimo punto de vista de la Religión de la Naturaleza, las religiones más antiguas y venerandas: paganismo primitivo, jainismo, zoroastrismo, brahmanismo, buddhismo, mosaísmo, sintoísmo, cristianismo y mahometismo, son meras fábulas morales, dadas como ejemplo de conducta a la masa humana, al «gran rebaño», por sus «pastores» o sacerdotes, a título de un simbolismo, oculto tras la trama fabulosa, y que encierra siempre en una u otra forma una verdad natural, una enseñanza científica llamada a salir de nuevo a la luz del día por el esfuerzo del teósofo o sea, como dicen también las primeras líneas de otra obra de H.P.B.: La Clave de la Teosofía, de aquel investigador ecléctico, armonista, analogista, «filaleteo» o amante de la verdad, que, aspirando ya a levantar con su esfuerzo aquellos velos de las religiosas velaciones y re-velaciones, –Velo de Isis– busque, como buen filósofo, la verdad primitiva y perdida que antaño fuera ocultada bajo «rosados cuentos de niños», como los llama la Maestra, y después monopolizada por los sacerdocios como arma de dominación y de necromantes egoísmos.

   Infinitos ejemplos pueden ser ofrecidos al lector acerca de esto, y ellos irán surgiendo en el transcurso de este libro. La Biblia, igual que el Corán, al preceptuar ciertos ritos religiosos, tales como la prohibición por Dios del uso de carne de cerdo y demás animales «de pezuña hendida,» no hacía sino establecer con carácter obligatorio ciertos dogmas de la higiene natural, los cuales, como tales principios científicos, estaban por encima de la comprensión ordinaria de las masas para las que se dieron. La famosa busca de la planta hoy llamada «Verbena de San Juan» en las madrugadas estivales, envolvía quizá un consejo médico para el aprovechamiento de los elementos radiactivos del rocío matutino con que era cogida, a la manera de aquel tesoro escondido por el viejo musulmán en el huerto familiar y consistente sólo en un pergamino que decía: «al buscarme, azada en mano, has hallado el tesoro de la fecundidad de la tierra que removiste.» Los simbólicos «doce trabajos del Hércules» o «doce reyes vencidos por Sigfredo», del poema religioso nórtico alemán de Los Nibelungos, no son, en clave astronómica, sino los doce aspectos de la climatología del año, vencida y llevada adelante bajo el efluvio fecundo del astro-rey, del mismo modo que, en clave geométrica, son el simbolismo de los doce vértices del dodecaedro pentagonal como uno de los dos «sólidos pitagóricos femeninos» que diría Soria y Mata, base de todas las formas cristalinas de la Naturaleza. El culto mariolátrico actual en el que está cayendo a toda prisa el catolicismo romano, no es sino una variante de La gran Madre, de ciertos buddhistas y neo-buddhistas como el moderno filósofo Ramakrishna, y ambos a su vez del culto isíaco egipcio e ibérico de la Diosa Isis (Ataecina, Persefona, Astarté, etc.) que no es en suma sino una de las variantes del culto de la Luna o sea de la Naturaleza en su aspecto visible, material o femenino, culto que se ve a través de toda la antigüedad, desde el de Jano, Io-anas, o «la Diosa de las Aguas» (Mare, Mará, María), o bien la Calchihuitlcueye, «la Diosa de la Enagua Azul», mexicana primitiva, hasta el elemento femenino jehovático mosaico y el griego culto ió-nico o «corintio» de los aqueos mediterráneos.

   Precisamente los pasajes más difíciles de La D.S. son aquellos que, por ocuparse la Maestra de la cábala occidental base del mosaísmo de Pentateuco, hace deducciones numérico-geométricas derivadas del valor de las letras hebreas que componen los nombres de los diversos personajes que juegan en la sublime fábula bíblica (Jehovah, Adonai, Elohim, Abraham, Isaac, Jacob, etc.), y de las cuales surgen valores tales como el de la razón de la circunferencia al diámetro, el valor de los lados y ángulos del triángulo equilátero, las áreas y volúmenes de varios sólidos, etc. etcétera, valores que igualmente aparecen en las «medidas del Templo de Salomón en Jerusalén» y en los elementos de la Gran Pirámide egipcia según comprobase Piazzi Smith.

   Porque, de la misma manera que tras el vulgar «hombre de carne» con quien nos codeamos en la calle, está el «hombre de pensamiento, de sentimiento y dé acción», detrás de cada cosa visible hay algo superior, simbólico e invisible, y a que este mundo «de tres dimensiones» que hoy nos aprisiona no es sino la proyección, sombra o imagen de otro superior invisible, «el otro mundo de las religiones, el «mundo superliminal» de la ciencia, visto siempre a través de aquel mundo como tras un velo, es decir, visto como emblema y como símbolo.

 

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   Del mundo, pues, de la llamada «realidad» concreta o visible, al invisible mundo abstracto y superior del Símbolo, pasamos constantemente, sin que de ello nos demos cuenta en todos los momentos de nuestra vida. Los dedos ensangrentados de un viejo conde catalán tiñendo con cuatro barras el escudo de un guerrero pasaron un buen día a constituir el símbolo o escudo de Cataluña. Unos viles trapos de colores de los que empleamos en mil prosaicos menesteres domésticos, pasan, en ciertas condiciones de lugar y tiempo, merced al mágico poder del Símbolo, a constituirlas respectivas enseñas o emblemas de las diversas naciones y por el honor de ellas llegan hasta a matarse a millares los hombres, como las vibraciones sonoras de unos cuantos alambres pasan bajo la magia musical a constituir las portentosas creaciones pianísticas de un Beethoven, un Chopín o un Listz y del mismo modo acaeció con Galileo, al mirar por vez primera en el anteojo de su invención al planeta Saturno y verse sorprendido por la presencia de un anillo contorneándole, pues, ante el temor de comprometerse en una aserción aventurada o de perder por el contrario el descubrimiento, encerróle a éste en un famoso anagrama o símbolo, en el que vino a decir veladamente lo que no se atrevió a proclamar de un modo paladino, recordando quizá la jerga incomprensible de los alquimistas, quienes bajo el velo también de un lenguaje de reacciones químicas materiales ocultaban las más de las veces los secretos simbólicos de la Magia o Alquimia del Pensamiento, de la Voluntad y del Sentimiento, práctica seguida aún en estos nuestros tiempos de mayor libertad de pensar ora con las claves diplomáticas, ora con los símbolos de la Química y de las demás ciencias, ora, en fin, con las reticencias y precauciones empleadas, por ejemplo, en los días de Bolai con los primeros atisbos de las geometrías noeuclidianas, cuando se temía que ello «causase escándalo en la Moral»:¡ en la moral de nuestra imperfecta ciencia!…

   Ligo, ligas, ligare, es atar o ligar, en lengua latina y religo, religas, religare, «ligar dos veces», la pura etimología de nuestra palabra religión. Es, por lo tanto religioso todo lo que liga, e irreligioso, cuanto separa o desune. Por eso Brahmá, no el supuesto dios brahmánico, sino el símbolo ario-hindú de la creación, la formación, el crecimiento, (de la raíz sánscrita «brig», dilatarse o extenderse) es el símbolo religioso por excelencia de los indostanos, otro tanto que de la irreligión o la maldad lo es, valga la frase, el símbolo destructor y necromante de Siva y en tal concepto hay una verdadera religión detrás de cada vínculo con el que nos ligamos unos con otros los hombres, como la hay así mismo detrás de cada manifestación del Amor, del Arte o de la Ciencia, cosa entrevista por Goethe cuando dijo que quien tiene un arte ya no necesita de otra religión alguna que su arte misma, y también por Wagner en su decantado y rebelde Credo artístico, aquel que comienza: «¡Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven y en todos sus discípulos y continuadores!…»

   Tamañas consideraciones trascendentes nos retornan hermosamente al punto de partida, porque lo que más nos liga desde el momento de nuestra aparición en la Tierra con el nacimiento hasta nuestra desaparición con la muerte (si es que en verdad con ella desaparecemos) son las llamadas Leyes Naturales, y el sabio que investiga acerca de ellas hasta llegar a dominarlas en los términos categóricos con que las vemos formuladas luego en los respectivos libros de Astronomía, de Física, Química, etc., es un legislador religioso a su manera. Yun Guttemberg al inventar la imprenta, un Newton al proclamar la Ley de la Gravitación, o un lord Kelvin al formular los principios básicos de lo que hoy es la Radio- telefonía con la que hablamos de un confín a otro del planeta, son tan inspirados legisladores a su modo como Moisés o Licurgo, y tan fundadores de religión como ellos, pues que hacen desaparecer otras tantas barreras que atentaban inertes a los vínculos naturales que ligan y religan a los hombres sin distinción de razas, credo, sexo, casta o color como establece el primer objeto de la Sociedad Teosófica.

   Hojas de un mismo árbol: el simbólico Árbol del mundo, norso; facetas ínfimas de una gran joya, la Semaia o simbólica piedra de la corona del Sumo Sacerdote rabino; notas múltiples de una misma lira, la Lira del Apolo Deifico, que como la palabra del Buddha bajo el árbol de Bodhi o del conocimiento, extasiaba por igual a dioses, demonios y hombres, hay la religión del hombre a hombre o sea la humana Fraternidad por encima de las pasiones animales que constantemente nos dividen como la serpiente Tiphón dividía en pedazos al sagrado cuerpo de Osiris, y es la única religión visible, la de los tres principios del Derecho Romano, de vivir honestamente o ser según las leyes de la naturaleza, no dañar a otro y dar a cada uno lo suyo de tal modo a como nosotros querríamos de él recibirlo. Semejante «religión visible» es el alma que informa a todas las religiones conocidas en la parte que llamar podemos esencial, eterna o divina, alma que, ahuyentada por el dogma inerte, la obediencia ciega y la excomunión nefasta, las va dejando luego como otros tantos cuerpos sin vida en la senda triunfal de la Humanidad a lo largo de la Historia a la manera de las partes leñosas de los árboles que antes fueran células vitales y vasos transmisores luego de una sabia fecunda.

   Pero hay que añadir algo que por natural reacción suele olvidar nuestro espíritu de crítica religiosa cuando se le exagera, y es el hecho indudable de que entre hoja y hoja, rayo y rayo, nota y nota, hay un algo común y oculto que más que el hecho de la convivencia o coexistencia, constituye la efectiva y religiosa ligadura. Desconocerlo es tanto como creer que a los vértices de la base de un triángulo no les liga más que esta base misma, siendo así que ellos se hallan además ligados cada uno por su lado con un tercer vértice o altura, y esto es lo que no vio la demoledora e indispensable crítica religiosa del siglo XVIII o de La Enciclopedia, por natural reacción agnóstica contra la fe ciega y el dogma cerrado del medioevo, pero que se encarga de hacernos ver la moderna Teosofía, no en su falsa acepción vulgar de «ciencia de Dios» (ciencia que sería tan absurda como lo es la Teología, pues que Dios es Incognoscible), sino en su legítima acepción etimológica griega y mágica de «los dioses, de los semidioses, y de los héroes» o «ciencia de los superhombres», «ciencia de la Magia o superciencia», «ciencia de lo Oculto», ciencia del Mañana Resplandeciente, en suma, y también ciencia del Ayer perdido, dada la simétrica regularidad y reciprocidad de todos los fenómenos naturales, entre ellos del más inefable de todos que es el de la Evolución, la cual nos hiciera caer de nuestro prístino estado de dioses y nos habrá de hacer retornar a él en el último día de los tiempos.

 

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   Semejante algo oculto al que aludimos es ese mismo vínculo simbólico, es decir ultra real y efectivo, que nos liga, como partes del gran Todo, con el Todo mismo, a través del Logos o Manifestación de lo siempre Incognoscible y eficiente en el eterno devenir al que llamamos Vida, porque somos como «hoja», «rayo», «forma» o «nota», meras unidades de un sistema de numeración natural (a base de siete, de diez, o de otro Número Secreto), que nos va ligando en esas sucesivas síntesis tan admirablemente simbolizadas en los árboles genealógicos o de ascendencia, y también en esos otros árboles de genealogía natural que llamamos clasificaciones en las ciencias, clasificaciones que nos muestran respectivamente el lugar que el hombre ocupa, por ejemplo, por su cuerpo físico se entiende, en el mundo animal, el de grado más alto que ocupa este mundo animal entre los demás de nuestra Tierra, el que ésta por su parte, ocupa como astro de un sistema, que a su vez es uno de los innumerables sistemas solares del firmamento…Y esto sí que es Religión trascendente también, que nos lleva hasta la altísima concepción ideológica de que «todo conspira» hacia un Plan asombroso, por encima del estado actual de nuestras inteligencias, pero en el que también ellas son colaboradoras, al modo como una simple cienmillonésima agregada al número 999.999.999.999, le hace pasar del orden del primer millón al segundo…

   Y esto que nuestra cultivada razón comprende de un modo siempre yerto e imperfecto, lo abarca inefablemente el Sentimiento Místico, a la manera como la emoción musical que nos causa una sinfonía de Beethoven es algo tan divino que se halla muy por cima del panorama consciente de la intensidad tono y timbre físico de todas las vibraciones de los diversos instrumentos que han aportado a su tiempo y razón su tributo al mágico conjunto orquestal por nuestra alma atesorado en su pleno concepto armónico o sea de la infinita variedad sonora y la Suprema Unidad o Verbo de su conjunto, efectiva Ascua de Oro del Rhin surgida como por encanto en el seno de las dormidas Aguas de nuestro vivir vulgar y cotidiano.

   Las consideraciones precedentes alusivas al elemento de efectiva sublimidad que entraña toda emoción verdaderamente mística surgida de la contemplación natural, del Arte o de la Ciencia, dejarán entrever que en el fondo de toda emoción de lo sublime se mezcla un agridulce excepcional, un indefinible claro oscuro de dolor y de placer, que es el Fuego Místico, propiamente dicho, crisol purificador de nuestras almas, en demanda de lo Eterno, que en su liga aleadora de las impresiones más contrapuestas, nos hace más felices en un sentido y más infelices en otro…

Tal es la razón del subtítulo que lleva asimismo nuestra obra, porque el anhelo religioso y el nativo sentimiento de una felicidad perdida que ansiamos recobrar por nuestro esfuerzo, son una cosa misma.

 

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