Jardín cerebral – Por Omar Pérez

Nadie puede asegurar que observar la realidad tal como es, constituya una invitación a celebrar la falacia que nos rodea. Así como se ha globalizado hoy la economía, la cultura, se ha globalizado también la basura. Recuerden aquel canto que decía,

 

                                        A esconderse que viene la basura

 

aunque no valga la pena ni ocultarse de ella ni ocultarla; es el signo mágico de nuestro tiempo: El Desarrollo de la Basura y cualquier cambio mental ha de pasar por el reconocimiento de ese hecho. Dicen que hay un dios que rige la basura, que habita en ella y es capaz de increíbles transformaciones. Tal vez debamos rezar a ese dios, y sacrificarle una buena parte de nuestra basura mental, conceptos inservibles, prejuicios insoportables, categorías irreales. El sabrá qué hacer con ello.

Hasta tanto eso no ocurra, habría que conformar hábitos de observación mental; se habla demasiado, francamente, de fomentar “hábitos de lectura”, cuando en realidad la literatura se ha convertido en uno de los más eficaces canales de diseminación de escombros conceptuales. Se habla mucho menos de la observación mental, quizás porque se le cree un terreno altamente especializado, vedado a legos, sólo para “Masters”, ya sea de la ciencia o del esoterismo. Tal vez se prefiere sostener esa creencia porque leer libros ya no es en nuestra época tan peligroso como en épocas anteriores, en todo caso no tanto como leer la propia mente, revisarla, afinarla.

Y es una creencia falsa: toda persona que se haya enfrentado al acto de la meditación –y ¿quién no ha confrontado siquiera una vez la propia vida? – sabe que observarse a sí mismo y su relación con el entorno, es tan natural como comerse las uñas o hurgarse la nariz. Sólo que más profundo y menos tangible. Como cantaba Esenin en aquel poema del borracho urbano:

 

                                   Hurga, hurga pequeñuelo

                                   busca sin vacilación.

                                 Sólo que con tanto celo

                                 no hurgas en tu corazón.

 

Nuestra civilización, sin excluir sistema alguno, está basada en lo tangible. A pesar de toda alharaca en torno a la espiritualidad, la regla de oro sigue siendo la acumulación de la materia; la ley del valor, sin excluir sistema alguno, se ha convertido en el denominador común de nuestras acciones y creencias. Cualquier modificación en la “mentalidad” supone entonces aproximarse también a nuestra relación con esa ley que, para algunos, es más determinante que la propia redondez de la tierra: la tierra puede volver a ser plana, (no olvidemos que en nuestra mente ya lo fue) con tal de que ese plano no afecte la trama actual de las relaciones mercantiles.

Por lo tanto, cuando se habla de cambio mental, de la superación de “barreras sicológicas”, no se trata de un dilema que pueda resolverse mediante decretos, modificaciones a los programas escolares, odiseas de laboratorio a las que los políticos, los científicos, y “especialistas” de todo tipo, nos tienen habituados. Aunque ante tamaño desafío estos y otros invitados puedan ser bienvenidos, no hay otro protagonista que el ya célebre, y no menos despreciado, “conócete a ti mismo” o el no tan reconocido e igualmente desconocido “que cada cual levante el edificio de su propia ciencia” de Luz y Caballero.

Un método que viene al caso (aunque repugne hablar de métodos, no hacerlo sería como instar a los productores a aumentar la productividad sin proporcionarles instrumentos, sean tangibles o no) en el estudio del proceso mental, de la formación de ideas en tanto que semillas de la acción, es el de la llamada meditación.  A no confundir con “reflexión” pues esta, lo dice la palabra, es reflejo de lo ya acontecido, herramienta todo lo útil que se quiera en otros casos, mas, inservible en lo que toca a la modificación del proceso mental actual, la cual requiere, más que de reproducción o revaloración, de un “vaciado”.

Se muestra un método en la esperanza de que, tarde o temprano, cada cual encuentre, vuelva a descubrir el suyo. Así sucede con la meditación, la poesía y cualquier forma de improvisación, artística o no, pues vivir es improvisar.

Ello no ha impedido que entre nos la improvisación, fuera de los módulos folklóricos, haya caído en cierto descrédito; ella es sinónimo de descuido, incoherencia, falta de rigor o fundamento científico: del individuo al que se quiere homenajear por su autoridad en el campo que sea, se dice que “no es ningún improvisado”; al saludar una estructura irrevocable se dice que “no es fruto de la improvisación”, cual se presentara un carnet de vacunación en regla. Es justo que vivamos entonces rodeados por el descuido, la incoherencia, la falta de rigor ético y profesional al que sustituye el rigor mortis de algunos individuos y estructuras.

 

                                                                             .

La meditación y la improvisación coinciden en ese espacio que podríamos llamar, oportunistamente, “momento de la verdad”; aunque no se trate necesariamente de una decisión importante, una realización espectacular, uno de esos logros sublimes que pululan en los noticieros: el gol, la victoria, el jonrón, el premio… en la medida en que meditación e improvisación socavan la importancia del hecho, sujeto y objeto incluidos, son plenas, son reales, son efímeras. Es cuestión de permanecer sin esfuerzo, no de trascender gracias a él.

Claro está, se ha dicho mil veces, es necesario un grave esfuerzo para aprender a vivir sin esfuerzo, ni del esfuerzo de los demás; es preciso un interés sostenido en el desinterés para llegar a comprenderlo. Dejar atrás la sujeción a la dualidad “bueno-malo, bello-feo”, etc., puede parecerse a la indiferencia o a la apatía, no obstante, raras veces son la misma cosa.

Ese “vaciado” que es la meditación –que no tiene nada en común con la confusa idea de “poner la mente en blanco”–, el flujo de creatividad sin objetivo, sin gol, que es la improvisación – que no tiene nada que ver con “actuar por actuar”- , son el combustible del cambio mental porque son el estado natural de la conciencia. Acceder a ese estado es la manera más simple de reparar en él y repararlo, pretender modificarlo desde fuera con implementos correccionales es como bombardear un jardín para que las flores cambien de color.

¿Quiere decir que la conciencia es autosuficiente, que lo interior es sólo modificable desde lo interior? Un giro en el mundo exterior, en el escenario de la rutina diaria puede, al desequilibrar el orden de los apegos mentales, abrir un proceso de autorreconocimiento; de un cambio trivial de costumbre al extraordinario vislumbre de la fuente de todo apego que es, al mismo tiempo, la fuente de paz interior. No confundirla con aquella en cuyas aguas se lanza una moneda, se pide un deseo, prefiguración de la actual cultura de traganíqueles.

Será estimulante indagar si estas fuentes son individuales y privadas, confinadas a un cerebro personal; o colectivas, funcionales para todo un etnos, sino para toda una especie. El embotamiento mental, ¿es contagioso cual virus de computadora? El chisporrotear de una conciencia ¿alumbrará a otras? Son estas cuestiones, concernientes al motor del pensar, las que animan los talleres de la meditación-improvisación. Ante el bailarín ritual, el músico de jazz, el pensante que esquiva una respuesta lógica para hundir aún el diente en la pregunta irracional y clara “¿Qué somos?”, cabe inquirir si el estado llamado con justeza de trance, tránsito nos conduce a:

  • Un compartimento más dentro de la maquinaria personal.

Un espacio, como el mar “abierto y democrático” donde conviven los hallazgos divinos, humanos, animales, vegetales y minerales.

El trance ha sido descrito como una vía de acceso a otra condición del pensamiento en acción; un tramo, en el mejor de los casos, hacia un nivel más sutil de la conciencia, previa erección del pensamiento humano. Si poco se sabe del trance individual, menos aún – de los ritos dionisíacos a los carnavales de Río de Janeiro- se sabe del trance colectivo.

Así como es de individual la disyuntiva entre cambiar de entorno y cambiar el entorno, así son de masivos y febriles los conductos de la diáspora; así como el trance empina al individuo hasta la divinidad, así la revolución es una suerte de trance que eleva al etnos ante sus atributos ideales. Como se sabe, los trances son efímeros, tan efímeros como la propia vida humana, supeditada no pocas veces a la supuesta inmortalidad de los conceptos.

Y así como el acto de meditación-improvisación requiere pensar con todo el cuerpo, la revolución supone pensar con la totalidad del cuerpo social. De ahí el caudal de entusiasmo y energía que desatan semejantes estados mentales. De ahí también la dificultad de sostenerlos.

Sostener la atención es una de las mayores proezas que cabe realizar a un ser humano. La poesía y la meditación tienen esto en común: el sostener el hilo de la conversación con el universo. Ese flujo se ve constantemente asediado por pensamientos parásitos, intereses parásitos; y no es que parásito sea sinónimo de ente nocivo, diabólico o innatural. Los parásitos son naturales, vivimos rodeados de ellos, cargados de ellos: somos ellos. Cuando se rompe, sin embargo, el equilibrio entre el pensamiento esencial, o el no pensamiento, y el pensamiento parásito, entre el interés esencial, o el no interés, y el interés parásito, el hilo se rompe, la enfermedad triunfa.

Nuestra enfermedad básica, la raíz de casi todos nuestros padecimientos, sigue siendo la del interés inmoderado, el deseo sin dirección que impide el goce del presente y conduce a la mente a una diáspora sin fin, a una transmigración de sistema en sistema, de invención en invención hasta convertirse en una mera empresa productora de apetencias. Cuando al maestro zen Kodo Sawaki le preguntaron qué cosa era el despertar de la mente humana ante la realidad, utilizó una metáfora: es como un ladrón en una casa vacía.

Un cambio mental puede acontecer cuando los estereotipos culturales calcinados por la decadencia no han sido aún sustituidos por nuevos estereotipos; en esos intervalos salta el arco de la mente para aterrizar en un punto totalmente inédito, tal es su poder generativo; tal es la relación entre potencialidad, imagen y realidad.    

Quien pretende programar la parábola de ese salto extraordinario, ha de tener en cuenta la naturaleza variable del pensar: esa bestia mutable no puede regularse mediante un mero acto de “fuerza de voluntad”. Por lo tanto, aquellos que no se sienten a gusto ante lo desconocido y enarbolan sus principios y creencias a contrapelo de la realidad, no deberían invocar el cambio mental pues si este decidiera ocurrir, se sentirían muy incómodos en una realidad no programada. Tampoco han de suponer que solo un puñado de regulaciones generarán automáticamente una nueva forma de pensar o siquiera una propensión hacia ella.

En cuanto al efecto repetitivo de la propaganda, hay que decir que ella es respecto al pensamiento, lo que son los caramelos respecto a la alimentación: aceptamos aquellos caramelos que nos gustan y sólo porque nos gustan ¿Alguna vez un fumador dejó de fumar porque leyó, o le fue explicado que “Fumar daña la salud”? ¿Alguna vez alguien amó realmente la naturaleza porque en la televisión lo convidaron a amarla? Se recomienda más bien una actitud homeopática. Que el pensamiento sea roturado por el pensamiento y el espíritu convencido por el espíritu. Al decir de Gabriel Calafell:

                                                   

cállate mundo de los mecenas

                                                   aquí viene la luz brotada de sí misma.

                                                                        

.

Si admitimos que la meditación es un estado natural de la conciencia, ¿cómo admitir la necesidad de una disciplina de la meditación? Entendida como participación desinteresada o, si se quiere, desinterés participativo, mediación conjunta de ego y bios, la meditación se improvisa a través de una circulación entre observación y acto: acto observado; como se ha precisado a lo largo de siglos en la práctica de la meditación sentada, o zazen, hay que hacer para llegar a no hacer. En este, como en muchos otros casos, la asiduidad define una intimidad, la recobra: la intimidad con uno mismo, sin afiliarse a ningún “ismo”. Así lo ha visto Henri Michaux en sus meditaciones “angulares”:

 

                                               Vivir entre los segundos, otros mundos

                                              tan cerca de sí

                                             del corazón

                                            del aliento

                                           perpetuo, incesante, impermanente

 

Sin embargo, la idea de “masificar” la meditación evoca, más que una utopía, una pesadilla; hoy no se sabe sino industrializar la vida, conquistar la naturaleza, el tiempo-espacio, el ser. Es curioso como también lo espiritual se convierte en coto de caza, cómo la idea de la conquista, tan mal vista en el plano histórico y moral, tiene en realidad tantos adeptos. Tantas veces somos invitados, sino conminados, a “conquistar el futuro” sin tener en cuenta que sólo podemos actuar el presente, cuya irreductibilidad es precisamente el alimento del cambio mental. Es más, la ilusión de que podemos atrapar y fijar el presente, tal vez para convertirlo en garantía de futuro conquistado, algo así como un “seguro de permanencia”, es lo que paraliza el proceso de la conciencia: es la venganza del devenir.  Entonces, sin aspirar a una “democracia de la meditación”, ¿por qué desestimar, precisamente ahora, una práctica que lleve a la mente a su estado natural? sin crispaciones innecesarias, más allá o más acá de la corriente de aspiraciones fútiles, cuando no francamente tóxicas.

Nuestras normas constructivas tienden al cuadrado; lo rectilíneo y transversal del pensamiento falsamente dialéctico (pues casi todas las decisiones han sido tomadas de antemano), lleva a la cuadrícula, un reticulado, como el de la ciudad moderna, relleno de palabras-conceptos. Así se nos enseña, desde niños, la realidad y el paisaje: como un libro para colorear, y es esa nuestra relación con la naturaleza, sobre todo en la adultez, cuando las cuadrículas están ya repletas y es preciso extender, desde el espacio al espacio físico, incluso al interestelar, el interminable flujo de cuadrículas: guerra de las galaxias.

Desde el punto de vista síquico, la humanidad sufre de la monomanía de la ganancia , de un delirio de grandeza, aparejado a un delirio de persecución, con respecto a todo lo que la rodea, y de una conducta esquizoide: el in-dividuo – ¡vaya mito!- cada vez más escindido de su propio cuerpo, de su propia condición animal al elevarse sobre las otras especies y sobre cualquier otra forma de vida conocida, al distanciarse de sí mismo tanto como del universo, ha elaborado a “Dios”, “the voice of the Master”, como justificación llegada “desde arriba” a refrendar su misión de conquista.

De ahí la importancia del vaciado de las cuadrículas, de ahí la pertinencia de la circularidad del pensar. Pensamiento circular: pensamiento no parcial, no competitivo, no conquistador sino conquistado por la peripecia del ser. Pensamiento circular como la respiración. ¿Alguien alguna vez respiró cuadrado?

La observación de la respiración nos devuelve a la circularidad del bios: dar y recibir, expirar e inspirar, vaciado y llenado. A la retención y acumulación corresponden la apnea, el asma y el colapso. En la meditación sentada o zazen, la expiración es más larga que la inspiración, el acto de devolver es lento y observado, el tomar es automático. La economía de la respiración y la meditación es un imparcial continuum, no hay elementos superiores e inferiores, no hay tratos preferenciales ni acuerdos especulativos, no hay superproducción ni subdesarrollo. Es un “campo de alabanza”, una plegaria sin dios.

Si para comprender la conciencia hay que pensar el pensamiento, para emprender su transformación hay que pensar también el no pensamiento.  La acción externa, por poderosa que sea, puede sólo tocar a esa puerta. Como ya dijo Samuel Feijóo en su Refrán de perro viejo,

 

                                      Haz de tu cerebro un jardín.

                                    Para que entres

                                   verdaderamente

                                 al jardín.

  

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