Prosa – Por Luis Miguel Nava (Traducción de Pedro Marqués de Armas)

Matadero

Bailé en un matadero, como si la sangre de todos los animales que colgaban degollados alrededor fuera mía. Bailé hasta que hubiera espacio en mí para un poema del que después todas las imágenes fueran desertando.

La luz que de esa sangre irradiaba, como si en ella el sol se hubiera sumergido y en ella los rayos se hubieran diluido, me atravesaba los poros y me hacía cantar el corazón. Era una luz que nada tenía que ver con la piedad o la esperanza, pero cuya música, sin pasar por los oídos, iba directa al corazón, que en los animales acabados de abatir encontraba por momentos un espejo todavía caliente, tan diferente de la algidez que habitualmente impera en ellos.

Sólo en un espejo así acabado de salir de las entrañas de un ser vivo, se dibuja nuestra verdadera imagen, en vez de la frigorífica mentira donde es común vernos proyectados. Sólo ese espejo capta la espesa luz en que parecen consumirse los propios astros, esa luz que se confunde con los objetos que ilumina en una única sustancia capaz de arrancarnos de la oscuridad y dar color a la santidad.

La luz del neón, frente a aquella como la que se vacía del corazón de un puerco, es una metáfora de impacto reducido. La luz que de las vísceras emana es la de dios, aquella que, por una excesiva dosis de tinieblas entremezcladas, se aproxima más que cualquier otra a la de dios, que resplandece en las carcasas de costillas donde es fácil presentir las incipientes alas de algún ángel.

El chillido del animal que cualquier cuchillo anónimo despacha a la condición de aquellos cuya sangre escurre a nuestro lado es el único sonido al que merece la pena bailar. El día le declinó en las entrañas, cuantas mañanas las recorrieron absorbidas por las aberturas de sus ojos, pero no son ahora sino un rastro de lumbre sobre la lámina y en los baldes donde gotea, reducidas a un furtivo resplandor de dignidad del que de repente todos nos sentimos huérfanos.

Matadouro

Dancei num matadouro, como se o sangue de todos os animais que à minha volta pendiam degolados fosse o meu. Dancei até que em mim houvesse espaço para um poema de que todas as imagens depois fossem desertando.

A luz que desse sangue irradiava, como se nele o sol tivesse mergulhado e os raios nele se houvessem diluído, atravessava-me os poros e fazia-me cantar o coração. Tratava-se de uma luz que nada tinha a ver com piedade ou a esperança, mas cuja música, sem me passar pelos ouvidos, ia direita ao coração, que nos animais acabados de abater por momentos encontrava um espelho ainda quente, tão diverso da algidez que habitualmente neles impera.

Só num espelho assim saído há pouco das entranhas dum ser vivo se desenha a nossa verdadeira imagem, ao invés da frigorífica mentira onde é comum a vermos esboçar-se. Só esse espelho capta a espessa luz em que parecem ter-se consumido os próprios astros, essa luz que com os objectos que ilumina se confunde numa única substância capaz de arrancar-nos à treva e de dar cor à santidade.

A luz do néon, ante aquela de que se esvazia o coração dum porco, é uma metáfora de impacto reduzido. A luz que das vísceras emana é a de deus, aquela que, por excessiva dose de trevas misturada, mais que qualquer outra se aproxima da de deus, que resplandece nas carcaças em costelas onde é fácil pressentir as incipientes asas de algum anjo.

O berro do animal que qualquer faca anónima remete à condição daqueles cujo sangue se escoe ao nosso lado é o único som a que dançar merece a pena. O dia declinou-lhe nas entranhas, quantas manhãs as percorreram absorvidas pelas aberturas dos seus olhos mais não são agora do que um rastro de lume sobre a lâmina e nos baldes onde pinga, reduzidas a um furtivo clarão de dignidade de que todos de repente nos sentimos órfãos.

Los rostros náufragos

La sustancia del desierto es la del mar, que difiere de él apenas por el grado de aclaramiento. El mar surge al término de un proceso en el que el desierto es una de las fases o, más concretamente, su cristalización. Si se atiende a que el lugar donde ese aclaramiento se produce es nuestro espíritu, no puede causar ninguna extrañeza hechos como, por ejemplo, el que la presencia del desierto sea advertida por quien, como los marineros, tenga un íntimo contacto con el mar.

Lo que yo conozco del mar lo debo, sin embargo, más que a cualquier otra experiencia, a cuerpos donde la nitidez de las aguas sobrepasa muchas veces la de los propios rasgos fisionómicos; no es raro, basta una breve caricia, u otro contacto aún más discreto, para sentir como son de avasalladoras esas aguas, a la superficie de las cuales parecen a punto de hundirse los rostros náufragos.

No obstante, también yo me he dado cuenta de la clandestina presencia del desierto, lo que me lleva a compararlo a aquella ropa que persiste en irrumpir en la piel de quien por eso nunca logra desnudarse por completo.

Os rostos náufragos

A substância do deserto é o mar, que dele difere apenas pelo grau de apuramento. O mar surge no termo dum processo em que o deserto é uma das fases ou, mais concretamente, a sua cristalização. Se se atender a que o lugar onde esse apuramento se produz é o nosso espírito, não poderão causar qualquer estranheza factos como, por exemplo, o de a presença do deserto ser notada por quem, como os marinheiros, tenha um íntimo contacto com o mar.

O que eu do mar conheço, devo-o contudo, mais do que qualquer outra experiência, a corpos onde a nitidez das águas ultrapassa muitas vezes a dos próprios traços fisionômicos; não raro, basta uma breve carícia, ou outro contacto ainda mais discreto, para sentir como são avassaladoras essas águas, à superfície das quais parecem prestes a afundar-se os rostos náufragos.

Não obstante, também já eu me apercebi da clandestina presença do deserto, o que me leva a compará-lo àquela roupa que persiste em irromper na pele de quem por isso nunca por completo se consegue desnudar.

 

Estacas

Mis huesos están encajados en el desierto, no hay uno solo en mi cuerpo que se escape.

Clavados todos en la arena del desierto, unos tras otros, alineados.

Sería absurdo hablar de esqueleto.

La piel fue entretanto enterrada, algunos ya han caminado sobre ella, ¿Quién diría? La piel, antes izada, una bandera, casi una corona.

El viento se apoderó de mis vértebras. El sol mismo que entre ellas brilla es descarnado, un sol desierto, donde el desierto penetró.

Quizás podríamos lavarlo, este desierto, quién sabe, o amarrarlo, amordazarlo. La piel garantiza el espacio, el resto luego se verá.

 

Estacas

Os meus ossos estão espetados no deserto, não há um só no meu corpo que lhe escape.

Cravados todos eles na areia do deserto, uns a seguir aos outros, alinhados.

Seria absurdo falar-se de esqueleto.

A pele foi entretanto soterrada, há quem já tenha caminhado em cima dela. Quem diria? A pele, outrora hasteada, uma bandeira, quase uma coroa.

O vento apoderou-se-me das vértebras. O próprio sol que entre elas brilha é descarnado, um sol deserto, onde o deserto penetrou.

Talvez pudéssemos lavá-lo, este deserto, quem sabe, ou amarrá-lo, amordaçá-lo. A pele garante o espaço, o resto logo se veria.


Luis Miguel Nava nació en Viseu, al centro de Portugal, en 1957. Se graduó de Filología Románica en la Universidad de Lisboa, especializándose en Literatura Francesa. Fue lector de portugués en Oxford a inicios de los ochenta, y se instaló luego en Bruselas donde trabajó como traductor del Consejo de Comunidades Europeas. Murió brutalmente asesinado en su propio apartamento en 1995. Su breve obra poética, cada vez más reconocida, lo sitúa como uno de los mejores poetas de lengua portuguesa. Su primer libro, Películas, le valió el Premio Revelación de la Asociación Portuguesa de Escritores en 1978. Luego vinieron Alguém disse (1982), Rebentação, (1984), O céu sob as entranhas (1989) y Vulcão (1994).

Transgresivo, micrológico, a menudo objetual, toda su poesía aparece atravesada por una voluntad de exploración del cuerpo, que es también un don narrativo. Se trata de apresar esas intensidades últimas de lo corporal que se tornan inenarrables y desafían el límite de la representación. Obsesionado con los agujeros de la piel, con la sangre y las vísceras, no menos que con el eco y la repetición, sus poemas sondean en los abismos más próximos. Teatral (el suyo es un encofrado o parapeto cósmico), en Nava la superficie genera constantemente el riesgo: el juego de palabras, la indagación del reverso, la deconstrucción del espacio a la vez que un devenir marionetesco (en el sentido celaniano, es decir, trágico, aquel que no abandona las metáforas cordiales) que delata sin embargo su suspicacia hacia la imagen. De ahí lo árido o lo radical de su erotismo, más deseo inmanente que goce perverso. Una forja volcánica, como ese “sol desierto, donde el desierto penetró”.

Los poemas traducidos han sido tomados de Luís Miguel Nava. Poesía Completa 1979-1994, Publicações Dom Quixote, Lisboa, 2002.

Pedro Marqués de Armas


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