Un deseo coherente – Por Francisco García González

A pesar de ser su lengua materna, John Anderson tenía problemas con el inglés. 

Su incursión en la red se debía a la necesidad de un trabajador. Por eso había colgado el anuncio. Le escribí interesado y, como no usaba su computadora más de una vez al día, llamó a mi teléfono.

El pragmatismo anglosajón.

En lugar de saludos y dilaciones fue directo a lo que necesitaba que supiera. Su voz, más que del otro lado de la línea, sonaba a otra dimensión. En su conversación entrecortada pude distinguir las palabras screws, hold, wood board

“H-a-m-m-e-r”, deletreó con voz pausada e incomprensible.

Después me hizo una descripción de la herramienta.

No podía creerlo.

Un hombre le preguntaba a otro si sabía qué era y para qué servía un martillo.

“¿Alguna vez has usado uno?”, insistió.

Mierda…

De dónde pensaba que venía.

Pasamos la página del martillo.

Mi crónica escasez de dinero me llevó a decirle que aceptaba, pero antes tenía que probar. Él estuvo de acuerdo. Una mañana sería suficiente.

No importaba la lluvia.

Encontré la reja con el número de su casa en la calle Bouillon.

Cerré el paragua.

Me presenté y él abrió la reja sin saludarme.

Usaba gafas redondas de armadura dorada. Llevaba una camisa ancha de mangas largas y sombrero de pajilla. Por debajo caía su melena encanecida.

Las manos de John Anderson.

Sus uñas largas, cuidadas, la piel traslúcida y surcada por delicadas venas azules, no delataban la práctica de ningún oficio. Al menos ninguno que pudiera imaginarme.

Agradecí no tener que estrechársela.

Llegamos al patio.

Delante tuve el paisaje más íntimo, y posible, en relación con el hombre que necesitaba de alguien que supiera el funcionamiento de un martillo.

John, sospeché, había vivido muchos naufragios. Los precisos hasta alcanzar el desvarío sobre el uso de los objetos más simples.

El patio estaba cubierto de hoyos que sugerían alguna empresa de construcción o remodelación abandonada desde hacía mucho.

Los vestigios de una vida olvidada, caótica se acumulaban por todas partes.

Velocípedos, maletines, pedazos de juguetes, esqueletos de sombrillas, una tostadora de pan, botellas vacías, cajas…

Pero nada de esto daba la imagen de quién, o qué cosa, era John Anderson. Excepto la cantidad de zapatos.

Impares.

De tacón alto.

Fuera de moda.

Arruinados por el tiempo y la intemperie.

No había dudas: se trataba de un tipo singular.

Un sobreviviente.

¿A qué había sobrevivido?

Ni idea.

La lluvia arreció.

El agua escurría por las ramas, se acumulaba en los huecos.

La casa de dos pisos estaba situada junto a los árboles y exhibía el mismo estado de deterioro que el patio.  

John me mostró el reloj: había llegado diez minutos tarde.

Algo imperdonable aun para un espécimen como él.   

Intenté explicarle las razones…

“Dame la mochila”, me interrumpió.

La puso encima de una caja y me mostró una herramienta de la que no habíamos hablado.

Lo había pensado mejor. El martillo iba en detrimento de la velocidad y la calidad.

Le di la razón.

Para él lo más llamativo del funcionamiento del taladro era que la barrena podía moverse hacia ambos lados. Sus ojos centellearon en el instante en que me hacía la demostración. Como si la herramienta tuviera un don de flexibilidad imposible para los seres humanos.   

Me entregó el instrumento. Comprobé el milagro. Accioné el gatillo y luego oprimí el botón situado a ambos lados del taladro. La barrena giró a la izquierda y a la derecha.

John miró el reloj y me explicó qué debía hacer.

Para venir de sus deseos, el trabajo era bastante sencillo: colocar planchas de aluminio de una tabla a otra, de manera que cubrieran la pared. Las maderas estaban clavadas a lo largo de las paredes de la habitación de los bajos.

La previsión era una enfermedad contagiosa en mi nuevo país y el inquilino, aunque pasara de raro, se preparaba para el invierno o alguna tormenta.  

O quizás el temor a una epidemia de zombis, le comenté en broma.

“¿Puedes trabajar bajo la lluvia?”, preguntó.

Su apremio no andaba para chistes de un emigrante desconocido.

El paisaje y la atmósfera a mi alrededor eran asfixiantes.

Necesitaba el dinero.

Estuve de acuerdo.

La dificultad era el largo de las piezas metálicas, la distancia entre las tablas y el suelo cubierto de accidentes y charcos.    

Me paré encima de la pequeña trinchera. Tomé la primera plancha. El metal cimbró imposible de asir. Batallé y empujé con mi cuerpo, hasta que logré aprisionarlo contra la pared. Finalmente pude poner el primer tornillo con el taladro en el borde inferior de la tabla.

La lluvia no cesaba.

Repetí la operación en la otra tabla.

El resto fue muy fácil.

Tocó el turno de la segunda plancha.

En menos de media hora la pared quedó cubierta.

John Anderson seguía mi trabajo de lejos pendiente del reloj.

Su distancia y actitud me hacían sentir algo que no era: un hombre práctico. 

El agua repiqueteaba sobre el asiento del velocípedo.

La otra pared tenía una ventana. Eso requería cortar la plancha, algo para lo que no estaba preparado. O dejar libre el espacio. Se lo dije al dueño y me indicó que también tapiara la ventana.

Miré dentro de la sala. No había muebles ni una escalera que comunicara ambas plantas. La puerta interior que daba a las habitaciones estaba clausurada con gruesas vigas.    

Ejecuté la orden saltando entre los agujeros y el resultado fue el mismo: dos paredes cubiertas de metal.

El agua chorreaba por mi espalda.

Llegamos a la tercera pared, la de la puerta.

“Y ahora…”, pregunté.

Vino hacia mí.

Debía sellarla igual que las dos anteriores.

John Anderson quería una habitación cerrada por dentro y por fuera.

¡Por Dios, hombre!

Lo observé de arriba abajo con discreción. Luego al cementerio de zapatos, los despojos de cosas disimiles y me pareció un deseo coherente.

Entró en la sala.

“Necesito que salgas”, dije y me dispuse a fijar la plancha.

Movió su cabeza.

Él se quedaba adentro.

“Qué vas hacer ahí, sale”, insistí.

Volvió a negarse.

“Sella la pared”, dijo tajante, “No es asunto tuyo, tengo un plan”.

John Anderson tenía un plan.

No supe qué hacer. Si largarme o llamar al 911.

Entonces me entregó dos billetes de cien dólares.

Era demasiado.

No pude evitar que mis dedos rozaran los suyos.

Las manos de John Anderson.

Cerré la puerta y comencé a clausurar la pared de acuerdo a su plan, hasta que la oscuridad me impidió verlo.

Dejé de poner los últimos tornillos por si se arrepentía y fuera más cómodo despegar la plancha. El muy meticuloso los había contado.

Exigió que acabara.

Él no pagaba por un trabajo incompleto.

Terminé y puse las herramientas en la caja.      

Contemplé mi faena y me sentí orgulloso.

Había construido un gran cubo de aluminio. Reluciente, difícil de deshacer.    

Golpeé varias veces con el cabo del martillo la plancha que cubría el espacio de la puerta.

No obtuve respuesta.

Abandoné la calle Bouillon.

Bajé las escaleras del metro.

En el pasillo hacia la línea del metro un hombre cantaba la peor versión de “Lágrimas negras” que había escuchado en mi vida.

A sus pies tenía un sombrero con varias monedas.

El tráfico era numeroso a esa hora. Algunos le dejaban dinero sin reparar ni en la música ni en el cantante

Me detuve a escucharlo.

“Linda canción”, dije.

Iba justo por la estrofa que dice el llanto mío tiene lágrimas negras como mi vida

“Es una canción cubana”, explicó sin dejar de aporrear la guitarra.

“Seguro a la gente le gusta”.

“Sí, hermano, hay que luchar, la cosa está dura”, dijo con seguridad y caí en cuenta de que todos tenían planes.

Las cosas funcionaban aquel día.

Retomó la canción.

Le dejé un dólar en el sombrero y bajé la escalera. 

Montreal. Julio/ 2013

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