Entrevista a Jorge Luis Arcos – Por Javier Alberto Prendes Morejón

  1. Jorge Luis Arcos, ante todo, muchísimas gracias por aceptar colaborar con esta humilde revista, y con la entrevista que ahora efectuaremos. A los intelectuales de las Letras y demás académicos les dejo las preguntas y comentarios propios de sus respectivos intereses; en cuanto a mí, me gustaría abordar temas relacionados con la espiritualidad, y ésta relacionada a su vez con Cuba y, entonces sí, con relación a las Letras y otras cuestiones. De ahí la primera pregunta, a título de curiosidad biográfica, para que conozcamos mejor tu itinerario y tu mentalidad: ¿cómo ha sido tu juventud en Cuba desde el punto de vista de referencias espiritualistas, místicas o esotéricas? En segundo lugar, ¿cómo has incursionado en ese ramo literario, dicho hermético o teosófico, a lo largo de tu vida ya como hombre mayor?

Gracias, Javier. A menudo me hacen entrevistas con otros contenidos, importantes, sin duda, pero que no satisfacen mis expectativas más personales, vinculadas precisamente con la llamada espiritualidad, y ésta, en mi caso, inextricable y vitalmente, religada sobre todo con la poesía, pero también con la filosofía. Para George Steiner son la poesía y la filosofía los dos pilares de la sabiduría. Claro que la espiritualidad incluye también la religiosidad, los mitos, y ese término algo difuso que supone pero también rebasa a la filosofía, lo metafísico. Habría que agregar lo que María Zambrano llamó como categorías de la vida: creencias, valores, sentires. Todo lo anterior habría que relacionarlo con el inconsciente, tanto personal como colectivo: eso que ha sido nombrado como el alma del mundo, en fin, los arquetipos, en lenguaje junguiano, o ese acervo simbólico que singulariza al ser humano. Y, todo esto, consciente o inconscientemente, vinculado al autoconocimiento.

Con respecto al autoconocimiento quiero aclarar algo que en estos días he estado pensando: ¿cuál es el fin del autoconocimiento? Creo que, lejos de lo que alguien pudiera pensar, no tiene un fin, digamos, iluminador, como puede desprenderse del hinduismo o budismo, que nos haga trascender nuestra existencia. Acaso sí es sanador. Creo que, además de poder expresar con más profundidad a través de él nuestra (y la) existencia precisamente –esa rugosa realidad, que escribiera Rimbaud-, como ocurre con la poesía, el autoconocimiento ensancha nuestra percepción y nos hace comprender de una manera más compleja, y sumamente ambivalente, nuestro lugar en el universo. Digamos que acrecienta lo desconocido, lo invisible, eso que llamamos misterio; no lo acota, ni lo explica, ni lo disminuye o sustituye. No es su fin tampoco hacernos mejores, sino en todo caso nos hace comprender nuestras singularidades, y nos ayuda a convivir con ellas. El autoconocimiento no tiene un fin (acaso tampoco un principio). Tiene un costado personal, pero también tiene otro suprapersonal, que nos liga con nuestros ancestros, y con el universo mismo.

En mi niñez (nací en 1956) mis padres no ejercieron ninguna influencia religiosa en mi formación. Aunque provenían de familias católicas, eso no significó para ellos algo más que una impronta cultural en el sentido más amplio. Mi bisabuela materna (que vivía en una enorme casa en los bajos del edificio donde transcurrió mi infancia), sí. Ella, aunque nacida en Cuba, pero de padre español y madre francesa, se había criado en Badalona, Cataluña, en un colegio de monjas. Se declaraba católica, apostólica y romana (¡y monárquica!, por añadidura). Me leía pasajes de las Sagradas Escrituras. Soñaba con que yo hiciera la primera comunión y con vivir hasta llevarme de sus brazos hacia el altar cuando me casara. Curiosamente, desde muy temprano, sentí que de algún modo –y ciertamente en muchos sentidos- la defraudaría, no porque renegara de sus lecturas, que me encantaban, sino porque yo no establecía diferencia alguna entre los relatos paganos o profanos y aquellos. Ahora comprendo que todos eran para mí como encarnaciones de eso que podemos nombrar como el reino de la imaginación. Yo iba a jugar a un parque en el Vedado (15 entre 14 y 16), donde todavía puede admirarse una enorme iglesia católica en ruinas, y en la esquina otra moderna, que era la que funcionaba. A mí me gustaba mirar la antigua, su imagen misteriosa. Sin embargo, muy a menudo me quedaba a dormir en casa de mi bisabuela en una habitación amueblada con un juego de cuarto art noveau. Ella venía a mi cama de noche para hacerme dormir y rezaba el Padre Nuestro y el Ave María, y luego me daba un beso en la frente para bendecirme. Nada de eso tuvo para mí un significado clerical, pero sí recuerdo el tono de su voz, el amor que me regalaba con su último gesto, y creo que de esa forma sí me trasmitió infusamente la vivencia de una espiritualidad profunda, que no me abandonó más.

Por hechos que tienen que ver con eso que se conoce como el romance familiar, mi padre estaba casi siempre ausente. Yo dormía en un cuarto con mi hermano menor. Mi madre nos acostaba muy temprano. Pero yo no me dormía. Recordaba los relatos de mi bisabuela, e imaginaba cosas. Y sufría a menudo de eso que se conoce como terror pánico. Era una vivencia casi morbosa, porque yo propiciaba ese estado límite que después padecía. Muchos, muchos años después leí en el maravilloso ensayo de José Lezama Lima, “Confluencias”, sobre la vivencia de la otra mano, la desconocida. A diferencia del niño que fue Lezama, quien esperaba que la otra mano apretara la suya, yo sentía pavor de que esa otra mano hiciera contacto con la mía. La disyuntiva era hacer contacto o no con el otro mundo. Recuerdo que me tapaba hasta la cabeza con una sábana y adentro encendía una linterna para sentirme protegido en ese reducto de luz dentro de la oscuridad reinante. Ahora sé que afuera estaba la noche vasta, la para mí secreta, desconocida: el otro mundo. Noche de reyes, la he llamado en mi poesía… Una vez vi cómo la sábana se tensaba en un punto y muy lentamente algo filoso, una uña tal vez, se iba aproximando a mi cuerpo hasta hincarme. Fue el paroxismo.

La otra bisabuela materna se quedaba a veces conmigo y mi hermano en mi apartamento para acompañarnos mientras mis padres salían. Y como yo no me dormía, ella se sentaba en mi cama y me recitaba poesías. Pero el problema era que, en algunas de ellas, aparecía la figura de Satán. Recuerdo el énfasis de su voz cuando lo nombraba, casi con regocijo. Después, ya en la adolescencia, me fui a vivir (primer exilio y ausencia de mi madre) con esta otra bisabuela terrible y su hija, mi abuela materna. Le tenía terror a esta bisabuela, que decía que invocaba al diablo. Pero la influencia decisiva fue la de mi abuela. Era una mujer muy inteligente y singular. Había renunciado a su credo católico porque creía en la Revolución. Pero me contó que una noche, cuando era muy joven, en una fiesta, unas amigas le pidieron que les tirara las cartas. Ella les dijo que no sabía hacerlo. Y ellas le respondieron que no importaba, que estaban jugando, que inventara cosas. Ella lo hizo, pero lo sorprendente fue que muchas de las cosas que “inventó” esa noche comenzaron a suceder. Desde entonces algunas de esas amigas, ya en la época de la Revolución, venían a la casa para “consultarla”. Ella ponía en la mesa del comedor un vaso de agua y les decía cosas. Ella no quería creer, tenía ese conflicto, pero sentía profundamente que tenía un don. Alguna vez me contó que en la calle se le acercó una vieja santera desconocida y le dijo que sus achaques físicos se debían a que ella se resistía a dar la caridad, a ejercer su don.

En ese tiempo de mi adolescencia mis vivencias con el otro mundo se incrementaron. Padecí de insomnios tenaces. Despierto, de madrugaba, en mi cuarto iluminado, escuchaba una voz interior desconocida que decía mi nombre. Otras veces, al abrir la puerta de la casa, sentía que me acompañaba una presencia invisible. Otro día, en pleno mediodía, y con la casa llena de familiares en la sala, tuve una pesadilla mientras dormía: un cuerpo me avasallaba, acostado sobre mí y me impedía respirar. Cuando me desperté, aterrorizado, no podía incorporarme de la cama. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para poder levantarme y salir corriendo hacia la sala. Pero mi abuela me ayudó mucho a convivir con cierta naturalidad con esas vivencias. Ella tenía una guija, que respetaba mucho, y que yo utilizaba para jugar con mis amigos. Ya desde antes, de niño, sentía pasión por la astronomía, y mis lecturas preferidas eran las de ciencia ficción, fantásticas y de terror. Desde muy niño, me quedaba leyendo de noche en la sala. No sé qué veían en mí mis familiares, pero solían llamarme el profesor distraído, Walter Mitty, y que estaba siempre en Belén con los pastores, o en el Limbo, o pensando en las musarañas, cosas así.

Ya en la universidad, estudiando letras, porque estaba cerrada la escuela de filosofía, donde yo inicialmente quería estudiar, fui varias veces a las clases que la difunta Zaira Rodríguez Ugidos impartía a estudiantes de letras para prepararlos como profesores de filosofía. Antes, había leído mucho a Nietzsche, en libros que todavía conservo de mi abuelo de ascendencia alemana: La gaya ciencia, Así habló Zaratustra, y La voluntad de poder, y una biografía que perdí. Nietzsche fue mi maestro. Leía los libros de los autores que él elogiaba: de Dostoiesvki, de Goethe, por ejemplo. A través de Nietzsche viajaba a la literatura (reparad en que Nietzsche era también poeta y pianista). (Significativamente, la madre de mi abuelo, la monárquica, tenía siempre en la sala una antigua edición catalana de La Divina Comedia, que todavía me acompaña. Desde niño me familiaricé con las imágenes de Gustavo Doré que ilustraban al libro, y que ejercían en mi ávida imaginación una profunda fascinación).

Ahora pienso que esos no fueron hechos fortuitos, que hay una sabiduría que proviene de los ancestros. También me he preguntado cómo era posible que yo leyera esos libros de Nietzsche en la adolescencia, sin absolutamente ninguna cultura filosófica. Sin duda, Nietzsche me trasmitía una energía espiritual, algo que estaba más allá de la razón. Un pensamiento poético. Después leí una profecía de Lezama sobre su Paradiso: “El Paradiso será comprendido más allá de la razón. Su presencia acompañará el nacimiento de los nuevos sentidos”. El tópico de la adquisición de unos nuevos sentidos es esencial en su novela, como describo en un extenso ensayo.

Fue muy importante entonces la lectura que hice del primer Fausto, y su versión cinematográfica. También la película sobre la vida de Freud. Y muchas otras. Como vivía cerca de la Cinemateca, y padecía de alergia a la humedad, me pasaba todo el tiempo que podía en ese cine. La boda, de Wajda; Kwaidan, la maravillosa película japonesa a partir de los relatos recopilados por Lafkadio Hearn; Tarkowski; Bergman… En ese tiempo, el de la universidad, tuve un sueño arquetípico, el primero de algunos más, aunque lamentablemente no muchos. Los tengo escritos, todos. Pero aquel lo recuerdo (es propio de ellos) con una netitud casi autista. Ya sabes, los sueños arquetípicos no son los más frecuentes que tenemos, a no ser que seamos chamanes, que no es mi caso. Son los sueños donde nos conectamos con los arquetipos, con los mitos primordiales, con el alma del mundo, con el otro mundo, o con nuestro mito personal. Por ejemplo, los que tuvo Jung (y los que podemos tener todos).

Yo iba caminando con una compañera de aula por una explanada desnuda de vegetación en la cima de una montaña. Tenía una perspectiva aérea maravillosa. El camino se interrumpió cuando llegamos a un borde desde donde se podía ver un inmenso valle en el que se divisaba una glorieta techada. De repente ya estaba abajo solo frente a ella. En su centro había una enorme cabeza tapada con una sábana. Cuando alguien quitaba la sábana aparecía una de esas esculturas de algún sabio griego. (Iba a una gran altura caminando con una figura femenina, y abajo, cuando descendía, se develaba una estatua que representaba la sabiduría). Entonces yo montaba un caballo que galopaba a través del valle pero, sentada delante de mí, había una mujer. Todo sucedía como en cámara lenta. Sentía el movimiento rítmico de la cabalgata y, al mirar hacia la naturaleza, podía ver todo con una precisión casi cuántica: las hojas, las yerbas en el suelo, tenían unos colores de una intensidad, un esplendor nunca antes visto. Era la plenitud de los sentidos. Un éxtasis de felicidad. Una religación total. Mientras el caballo avanzaba muy lentamente, la cabeza de la mujer, cuyo rostro al principio no podía ver, iba girando hacia un costado y entonces sí podía mirar un perfil de su cara: era de una belleza indecible. Esto sucedió varias veces. Yo miraba (sentía), como acompasadamente, tanto la plenitud de la naturaleza como la que emanaba de ese rostro femenino. Debo añadir que el movimiento rítmico del caballo era consustancial a esa armonía. Sentía una satisfacción absoluta, casi excesiva. Esta sensación se prolongó durante mucho tiempo. Pero, de pronto (aunque todo sucedía muy lentamente, como ya dije), cuando el rostro de la mujer comenzó a girar una vez más hacia un lado (derecho), pude ver, en un instante abismático, el rostro de la putrefacción absoluta. Entonces desperté. Resumo: estaba arriba, en la cima de una montaña, acompañado por una figura femenina. Abajo, donde descendí, había una glorieta donde se me mostraba una imagen de la sabiduría. Atravesaba, unido a una figura femenina, junto a un animal, una naturaleza paradisiaca. El rostro de la mujer era también una imagen de esa plenitud. Pero en un instante sobrevino el simétrico reverso y pude ver, sentir, la corrupción de todo. Luego he leído sobre la ambivalencia de este arquetipo de lo femenino. La eternidad y la muerte. La belleza y su reverso. ¿La mujer era mi alma? ¿La diosa blanca, creadora y tanática? ¿Como La Belle Dame Sans Merci, de Keats? No lo sé. Yo no había leído todavía nada sobre esa diosa.

El otro sueño arquetípico que quiero compartir contigo (y que le interesó mucho a Lorenzo García Vega, al punto que lo reescribió, apropiándoselo en cierto modo) es el siguiente: yo estaba en una fiesta, ahíta de luz, de alegría. Entonces me decían que afuera alguien preguntaba por mí. Cuando llegaba al umbral de la puerta de la casa, afuera estaba la noche y había un viejo parado frente a mí. Como sucede en los sueños, supe que se llamaba, que era Cascorro. Pero (todo sucedió simultáneamente) las cuencas de sus ojos estaban vacías. ¿Era la muerte? Fue, una vez más, el paroxismo. Y desperté como fulminado por un rayo. Esa impresión, como la de la mujer ambivalente, perdura hasta hoy. Repara en que, en cierto modo, son sueños análogos, sobre todo con respecto al contraste. Es más, fue, en ambos, el contraste violento lo que motivó la sensación final y lo que los convirtió en pesadillas pánicas.

Lorenzo me escribió, cuando se lo conté, que él era ese viejo ciego, que él era Cascorro. Por cierto, Lorenzo murió, significativamente, el día de mi cumpleaños. Cada vez que celebro mi cumpleaños la sombra de Lorenzo me acompaña. Mes y medio antes, en una de sus frecuentes misivas, me contó un sueño aterrador que tuvo con dáimones (estaba por entonces leyendo a Harpur por sugerencia mía) y me preguntó: ¿será que me voy a morir? Fue lo último que me escribió. En una dedicatoria, en Poemas para la penúltima vez, me dijo: “ya que un día nos encontraremos o en el Limbo de los niños, o en el Limbo de los justos”. Por cierto, ya que veo que te interesa el mito de la Atlántida, en el mismo libro le escribió a Enrique Saínz: para E. S., el último sobreviviente de mi Atlántida. Para Lorenzo, Cuba –la suya- era una Atlántida sumergida.

Por último, añado otro sueño.

Soñé que erraba perdido dentro de un laberinto de setos. De pronto, me topé con dos osos blancos. Eran enormes. Eran ominosos. Me miraban con ojos fosforescentes. Cuando con prolija lentitud pasé muy cerca de uno de ellos, sentí su calor sofocante, su oscura y ardiente energía, y supe que cualquier movimiento insensato podría significar la muerte. Luego de un tiempo que pareció dilatarse como una cuerda eleática, y pude, con una agónica tensión, traspasar ese umbral (esa prueba), vislumbré, a lo lejos, en un valle, una ciudad antigua y desconocida. Deambulé por sinuosas calles que parecían urdir un laberinto, como si dibujara con mis pasos una línea invisible que perfilara los bordes, los contornos de un rostro desconocido. Unos enanos me guiaron hasta la puerta de un antiguo almacén donde me aguardaba un anciano que me conminó a entrar. Era el Alquimista. Sobre un montículo de piedra vi un voluminoso y desgastado libro. Miré, con una incesante extrañeza (como olas dentro de una mente inaudita), sus páginas de arena, borrosas páginas escritas en un alfabeto desconocido. Tuve una súbita revelación -como un sueño dentro del sueño, como el agua en el agua– y supe (sentí) que el nombre del libro era TLON. Entonces, expulsado hacia un alba inconcebible, desperté.

Ese sueño lo tuve en el piso que compartían en Madrid Teresa Delgado y su hija. Yo ya vivía en la Argentina y había regresado a Madrid a defender mi doctorado sobre Lorenzo. Me había quedado dormido en el sofá de la sala leyendo La realidad daimónica de Patrick Harpur, que me había regalado Antonio José Ponte. Cuando desperté vi que el televisor estaba encendido sin imágenes. Cuando indagué, ninguna de las dos lo había encendido. Ellas se rieron y me contaron que sucedían cosas raras en la casa y que lo habían atribuido a una presencia desconocida a la que le habían puesto casi con afecto un nombre que no recuerdo.

Lo más interesante sobrevino después de terminar la universidad, cuando volví a escribir poesía. Ya habían desaparecido mis vivencias con el otro mundo, acaso al naturalizarlas, al incorporarlas de algún modo como parte de mi naturaleza. Durante la universidad continué leyendo mucha filosofía, como que era mi vocación frustrada. Aunque me atraía mucho la filosofía de los presocráticos, en ese tiempo (1975-1980) la preeminencia del marxismo-leninismo era casi absoluta, y excluyente de cualquier otro credo. Hubo un tiempo breve en que me consideré ateo. Pero, de repente, al volver a escribir poesía, comenzaron a emerger imágenes desconocidas para mí: ¨animales sigilosos”, “bestias silenciosas saliendo de las aguas”, “dioses castaños de manos delicadas y miradas cetrinas”, también “de cabelleras suicidas”, etc., etc. ¿Eran los daimones ignorados que regresaban por la ventana de la poesía? Solo mucho tiempo después comprendí que esas imágenes ingobernadas eran una parte esencial de mi naturaleza, y entonces las acepté como tales. Desde entonces, aunque siempre he sido anticlerical, soy un hombre religioso. Creo que todos los poetas lo son de algún modo, sean conscientes o no de ello. Una vez, en casa de Omar Pérez, junto a Emilio García Montiel, con buenos humos, especulamos sobre la religiosidad. Yo les decía que no importaba cual era el credo religioso concreto que uno pudiera profesar, que lo importante era partir de, descubrir un punto. Un punto que es personal y en cierta medida independiente de cualquier práctica religiosa concreta. Un punto a partir del cual puede abrirse nuestra percepción. Ya se sabe: Omar se convirtió al budismo (“…son los hijos de Buda que se van”). Emilio, fue un fervoroso conocedor de la profunda cultura japonesa. Rolando Sánchez Mejías escribió su maravilloso “Jardín zen de Kyoto”. Juan Carlos Flores, “Nocturno con fondo lunar”… La enumeración pudiera ser interminable. Ellos, y muchos otros, eran otra vez Casal.

Una anécdota: en los tempranos ochenta, estando yo casado con Raquel Mendieta, y escribiendo esos poemas, que una vez en casa de Eliseo Diego él escuchó, y que Lichi (Eliseo Alberto Diego) consideró, acaso con cierta razón, que eran una suerte de locura poética, había un grupo que titulé como poemas de la bestia (y que nunca publiqué). Eran poemas luminosos, de plenitud; la bestia no era en esos poemas una presencia ominosa. Una tarde, mi esposa estaba bañándose mientras yo escribía en nuestro cuarto. Ella era atea, no tenía ningún contacto con el otro mundo. De repente, irrumpió desnuda y mojada en el cuarto. Estaba aterrorizada. Había sentido un sonido indecible, un sonido que convocaba una imagen monstruosa. Dejé de escribir sobre la bestia. Pero sentí temor y respeto al poder que estaba convocando y que me visitaba a través de la poesía. En ese tiempo, unos amigos me prestaron una edición de La diosa blanca, de Robert Graves. Luego, en un viajé a España, compré su poesía. La investigación que hizo Graves sobre el mito de la diosa blanca evidencia el lenguaje hermético de la poesía. Y su sentido último mítico y mágico. Desde entonces esa lectura esencial formó parte de mi imaginación poética, y comprendí algunos sueños arquetípicos que había tenido. Como Dante, como Shakespeare, como Keats, como Coleridge, como Crane, como Cardenal, soy un devoto de la diosa triple… Pero, desde una perspectiva más amplia: ¿y W. B. Yeats, y William Blake, y toda la tradición del amor cortés, y el dolce stil novo, y Garcilaso, e incluso la mística española, especialmente San Juan de la Cruz? ¿Qué es la Medusa, que evoca María Zambrano en Claros del bosque? Sería un tema inagotable…Hasta Borges, que admiraba tanto a Graves, escribió un soneto, “La cierva blanca”, donde le rinde tributo. En mi último poemario, Sincronismos, ella es presencia esencial. Aunque también en un poemario anterior, Del animal desconocido, está infusamente presente. María Zambrano escribió de los dioses: “esencias poéticas fijadas en imágenes”.

Muchos años después, en un matrimonio posterior, mi recién esposa comenzó a padecer extraños descalabros: en apenas un mes o dos, se fracturó una muñeca, se lisió un tobillo, por poco se quema viva en su cuarto por una colilla que dejó encendida mientras dormía. Yo estaba siempre presente cuando esas cosas sucedieron, y eran difíciles de explicar racionalmente, por la extraña manera en que acaecieron. Los eventos paranormales o daimónicos tienen esa característica ambivalente: eluden ser comprobados “científicamente”. Entonces tuve un sueño, que al principio tomé como una pesadilla cualquiera. De repente, sobre un fondo de insondable oscuridad, aparecía la figura de un negro gordo sentado como un buda. Me miraba fijamente y en esa mirada ígnea estaba la intensidad del mal. Como sucede a veces en los sueños, supe su nombre: Elio el Cohetero. No le di importancia. Pero los otros sucesos me alarmaron. Aunque yo no había tenido contacto con las religiones de ascendencia africana, llamé a una ilustre amiga, Raquel Carrió, que si tenía un contacto muy profundo con ellas. Le expliqué lo sucedido, pero sin contarle mi sueño. Ella nos llevó entonces a la casa de una santera muy importante, para que consultara a mi esposa. Yo estaba sentado muy cerca de ellas mientras la santera, Belén, le tiraba las cartas. De repente, la santera se dirigió a mí, y me dijo: pero tu esposa no es el centro del problema, sino tú. ¿Has soñado algo extraño recientemente? Cuanto le conté el sueño, comprendió. Omito algunos detalles de la causa y otros pormenores personales. A partir de entonces todo el mal desapareció. Otras veces, me sucedieron cosas semejantes. Una vez, en Santiago de Cuba, un grupo de profesores del Instituto Superior de Arte visitamos a una santera, casi como jugando. Yo me mantuve aparte. Pero ella también se dirigió expresamente a mí. Esos extraños reconocimientos me sucedieron muchas veces, sin buscarlos. También me reconocían algunos locos del Vedado, algo que inquietaba mucho a Enrique Saínz. En otra ocasión, fuimos mi esposa, un amigo y yo a una fiesta en casa de otra profesora del ISA, el día de San Lázaro. Había un altar imponente. Ellos entraron y respetuosamente ofrecieron una reverencia adecuada o formal. Yo me mantuve al margen. Al día siguiente, resbalé con mi bicicleta china y estuve meses sin poder caminar, primero en cama, después con muletas, luego con un bastón, hasta que me restablecí del todo ¿Hechos fortuitos? Ya no creo en ellos. En mi convalecencia recordé que, en el cuarto de desahogo de la casa de mi abuela, como escondida, había una pintura con la imagen de San Lázaro (Babalú Ayé). Esos sincronismos son parte de nuestro destino personal, pero también provienen de los sincronismos universales. Como el inconsciente personal y el colectivo. Como decía Lezama: “Todo azar tiene su justificación”.

En definitiva, la poesía y la llamada espiritualidad confluyen en un punto primordial: el autoconocimiento. Hoy día leo mucho a Jung, a Harpur, a Hillman, a Campbell, en fin, todo lo relacionado con la llamada psicología profunda, arquetipal o mítica. Voy al bosque con mi esposa y allí, en ese fin del mundo (otro exilio), a la orilla de lagos y frente a montañas nevadas, leemos en alta voz pasajes de algunos de esos libros.

También fue una revelación la comprensión profunda de los llamados filósofos presocráticos, ayudado por Giorgo Colli y Peter Kingsley. Que no eran filósofos propiamente, sino pensadores, poetas, chamanes, sanadores… Esa es la espiritualidad (o sabiduría) que se ha perdido o que yace siempre sumergida tras “el absolutismo de la Razón” (digo con frase de María Zambrano), el cientificismo. La llamada cadena áurea, tan ligada a la alquimia, que se remonta, al menos, a Egipto. Por eso Lezama hablaba sobre ese misterio de las fuentes que nunca podremos precisar.

Bueno, creo que no debo extenderme más, aunque me gustaría. Ya en un texto publicado en esta misma revista sobre Patrick Harpur (el autor de El fuego secreto de los filósofos. Una historia de la imaginación, La realidad daimónica, La tradición oculta del alma, y Mercurius. El Matrimonio de Cielo y Tierra) he hablado de la imaginación daimónica. El alma del mundo, el inframundo, la realidad daimónica, la imaginación mitopoética, la Naturaleza, la Poesía, el Otro Mundo, son términos correlativos. Aunque se debe recordar que, como dice Harpur: “también nosotros somos daimónicos”. Por cierto, Harpur, a raíz de la publicación mencionada, en un correo que me envió de agradecimiento, expresó que “La poesía es, por supuesto, donde se encarna más claramente lo daimónico”.

Por último, creo que debo narrar acaso el evento significativo más reciente. Estuvo relacionado directamente con una enfermedad que me diagnosticaron en 2013: cáncer de laringe. Pero, antes, debo hacer una importante aclaración. A fines de los noventa, en La Habana, pude leer los dos primeros libros que publicó Deepak Chopra, La curación cuántica y El regreso del maestro. Recuerdo que cuando estuve impartiendo unas clases en Hampshire College en 1999, en Amherst, Massachusetts, me pidieron generosamente que les dijera qué cosas me gustaría hacer para facilitármelas: les dije que quería conocer Nueva York, ir a la biblioteca de 26 pisos de Massachusetts, visitar la casa de Emily Dickinson, y conocer a Chopra, algo, esto último, que no pude concretar. Como es conocido, Chopra, a través de su método de meditación trascendental, había logrado inexplicables remisiones de cáncer. Sobre mi enfermedad me dijeron los médicos que era un cáncer letal. Me trasladé desde Bariloche a Córdoba para atenderme en una importante clínica de radioterapia. Estaba cerca de la casa de los padres de la madre de mi hijo, por lo que podía ir caminando todos los días a la clínica para las sesiones de radio o quimioterapia. Durante el tratamiento viajé un fin de semana a La Cumbre, en la sierra de Córdoba (donde había vivido Manuel Mujica Láinez, el autor de Bomarzo). Allí había una casa donde vendían cosas viejas. Buscaba un candelabro para encender una vela. Recordaba mi lectura de Gastón Bachelar, La llama de una vela. Encontré uno, muy antiguo, y me pasé horas lustrándolo. Como en la alquimia, hay una conjunción entre la fe, la precisión, la perseverancia y lo matérico. Estuve cerca de dos meses autoconfinado en mi cuarto. Dormía mucho, y leía mucho también, solo libros sobre el mito. Hubo uno especialmente importante, El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, el director de la editorial más maravillosa –Atalanta- que, al menos para mí, existe. Te la recomiendo. En ese libro sobre los sueños, conocí de Epidauros, aquel antiguo centro sagrado en Grecia, donde los chamanes curaban a sus pacientes a través del sueño. No puedo explicar por qué decidí escoger un breve pasaje de Dador, de Lezama, para recitarlo todos los días, una y otra vez, mientras me traspasaban los rayos de los sacerdotes que querían curar mi cuerpo, mientras yo trataba de atender a mi alma: “Luz junto a lo infuso, luz con el daimon, / para descifrar la sangre y la noche de las empalizadas”. Sólo recuerdo que María Zambrano decía que “la oración atraviesa todas las esferas”. Lo significativo sucedió al final del tratamiento. Tenía que darme la última sesión de quimioterapia, pero los médicos constataron que los glóbulos blancos estaban demasiado bajos, por lo que me pidieron que tomara un fuerte suplemento alimenticio, pero quedaban apenas tres días para la sesión de quimio. Me hice un análisis de sangre y el día que fui a buscar el resultado, en el instante preciso en que cruzaba la avenida Yrigoyen, supe, sentí, que estaba curado. Pero no de los bajos glóbulos blancos, sino sanado totalmente. Me dieron un sobre con los resultados. Me dirigí al primer café cercano y dejé un rato el sobre sobre la mesa. Cuando finalmente lo abrí, los glóbulos blancos estaban perfectos. Terminé el tratamiento y regresé a Bariloche. Entonces tuve un sueño. Estaba en casa de la mencionada Raquel Carrió, con ella, un alumno, aprendiz de chamán, Daniel Higuero, y mi antigua esposa, Raquel Mendieta, ya muerta. Carrió nos decía que había que limpiar toda la casa y botar muchas cosas ya inservibles. Cuando desperté, me dispuse a hacer lo mismo muy prolijamente durante días en mi casa. Ese alumno, Daniel Higuero, me llamó un día por teléfono durante mi tratamiento a Córdoba y me dijo que había “consultado” y que tal vez sería adecuado que yo tratara de conversar con mi muerte. Frente a mi cama había un enorme retrato al óleo de una adolescente desconocida. Entonces yo conversaba con ella como si ella fuera la muerte. Y lo era, en ese instante, seguramente. Bueno, cuando al cabo de mes y medio regresé a Córdoba para recibir el primer dictamen sobre el resultado de mi tratamiento, el médico me dijo escuetamente que estaba totalmente curado, como conté en un texto que titulé “Leyendo a sor Juana” (¡Sor Juana, como se sabe, devota de la diosa Isis!). Pero yo lo supe antes. También recuerdo que una noche en que tenía por excepción que recibir mi sesión de rayos de madrugada, olvidé poner el despertador. En el sueño, estaba en Cuba, en casa de Jorge Domingo, junto a otros dos amigos, José Luis Ferrer y Manolo Rodríguez. Estábamos bebiendo y escuchando música de madrugada. Entonces ellos de repente me insistieron en que tenía que irme para recibir mi tratamiento. Desperté y era exactamente la hora adecuada. Bueno, parece que esas tríadas daimónicas son importantes. Ya había leído, por cierto, que en los sueños significativos, llamados arquetípicos, los amigos o familiares que se nos aparecen pueden no ser exactamente estos, sino dáimones, que se sirven de esas imágenes conocidas para comunicarse…

Bueno, Javier, podría contar otras cosas con respecto a mis experiencias llamadas espirituales -por ejemplo, en Galicia, o en un extraño espejo suyo, la isla de Chiloé, en Chile, a donde viajé recientemente con mi esposa-, o algunos otros sueños muy singulares, los llamados arquetípicos, pero creo que es suficiente con lo ya expuesto.

 

  1. Me interesa preguntarte, especialmente, ¿cómo ves la situación de la Espiritualidad en Cuba, tanto actualmente como el en pasado? Esto fácilmente demandaría todo un tomo o una serie de ellos, así que no hace falta hacer una gran digresión. Tus ligeras impresiones, si es el caso, ya bastan.

Efectivamente, mi respuesta podría ser inacabable, y tal vez no muy precisa. Siempre recuerdo una frase de Félix Varela que leí en un texto de Cintio Vitier: “La verdad más exacta es la que no se puede definir”. El centro de la espiritualidad insular acaso está en José Martí. Como es conocido, Martí fue radicalmente anticlerical, pero fue un hombre profundamente religioso. Precisamente cuando se ha tratado de precisar su religiosidad se ha recurrido al término espiritualidad o espiritualismo. Era masón. Pero, además, conocía la espiritualidad oriental (creía en la reencarnación, en la trasmigración de las almas, en el karma). Se supone que incluso conocía en profundidad la religiosidad, al menos, mixteca y maya: esa cosmovisión tan diferente a la occidental que le era contemporánea. Por supuesto que conocía toda la tradición filosófica y religiosa judeocristiana, y la perspectiva mítica de los antiguos griegos. Pero era un poeta extraordinario. La lectura, desde esta perspectiva, de su poesía, está por hacer. El otro gran centro espiritual está en Lezama. Pero aquí me detengo para no caer en una tentación que puede hacer muy dilatada esta respuesta.

No creo que esa corriente hermética que atraviesa, sumergida pero poderosa, toda la cultura, tuviera una impronta muy profunda o evidente en Cuba. Creo que habría que indagar más en la espiritualidad de raíz africana. Tengo, por ejemplo, un amigo cubano, dramaturgo, que es rosacruz. Pero, insisto, la africana, tan afín con la mediterránea antigua, es tan poderosa como hasta cierto punto secreta. El secreto es consustancial a la espiritualidad profunda. “La naturaleza ama esconderse”, dijo Heráclito el Obscuro. Se conoce que en el oriente de Cuba es más notoria la práctica del llamado espiritismo, así como en el occidente, la santería.

Cuando me pediste que hiciera un comentario sobre el artículo de Albert Beguin que José Rodríguez Feo tradujo en los años setenta para la revista Unión, no lo hice finalmente por dos razones: porque me parecía más importante, por ejemplo, referirme a su El alma romántica y el sueño, o a su extraordinario libro sobre Gerald de Nerval, que sólo sobre ese breve aunque intenso artículo sobre el ocultismo, que había leído en Cuba hacía mucho tiempo. El redescubrimiento romántico de la imaginación y sus contactos profundos con la llamada cadena áurea, hubiera sido más de mi interés. Y, también, porque -además de reparar en lo singular de la traducción y publicación en Cuba de un texto que contradecía todo el totalitarismo ideológico unilateral reinante- no tengo datos concretos sobre las motivaciones profundas de Rodríguez Feo, a no ser que lo haya hecho por el placer de disentir. Pero sospecho que hay una causa más secreta. No sé por qué comencé a imaginar a Rodríguez Feo y a Virgilio Piñera sentados en una mesa redonda practicando el espiritismo. Fue tan poderosa esa imagen, tan natural, que sin tener ningún dato concreto sobre sus inclinaciones en este sentido, me pareció que ya por el solo hecho de imaginarlo era real. Piñera, al menos, en su temprana poesía y teatro sí manifestó su afinidad con una perspectiva mitopoética. Pero hay muchos ejemplos en su poesía posterior de carácter profético. No puede leerse La isla en peso, sin reconocer la impronta profunda, incluso musical, de la religiosidad de ascendencia africana. A veces, incluso Nicolás Guillén (tan afín en ciertos aspectos con Virgilio) accede en algunos poemas a una indiscernible espiritualidad. Bueno, este es un tema muy difícil de precisar por la condición infusa, y sumergida, e inconsciente, de la llamada espiritualidad.

Por otra parte, creo que a partir de los años ochenta, algo muy profundo sucedió en la cultura insular. He escrito de manera general sobre ello en algunos ensayos sobre la poesía a partir de entonces, aludiendo a un cambio y a una apertura cosmovisivos. Fue como el regreso de lo reprimido, digo con terminología freudiana. El daño, que se dice antropológico, de la nefasta Revolución, fue insondable. Toda expresión de cualquier manifestación religiosa, como se sabe, fue censurada. Incluso, toda manifestación metafísica, también. Por eso fue en la poesía donde mejor comenzó a expresarse su regreso. La poesía preserva mejor el secreto. En cierto modo, desde sus orígenes, el secreto le es consustancial. Lo infuso, lo inconsciente, lo mítico, lo simbólico, son atributos de su naturaleza proteica y mediadora. No puedo extenderme en esto. Pero podría leerse a Roberto Friol (pues su catolicismo no es suficiente para, desde esta perspectiva, agotar su espiritualidad profunda), también al último Francisco de Oráa (“Arder para ser espíritu”, dice en un verso). Claro que tenemos en nuestra tradición poética ejemplos de poesía expresamente católica (Fina García-Marruz sería el ejemplo preeminente), o protestante (Samuel Feijoó), etc. Pero la espiritualidad poética rebasa esas filiaciones clericales concretas. La última iniciación que le ocurrió a Omar Pérez es notoria. Pero ya en su primera poesía estaba infusamente presente: Algo de lo sagrado, es un título paradigmático en este sentido. Lo sagrado, como se sabe, es el mundo de los dioses, de lo daimónico, del inframundo. O de los ínferos, para decirlo en clave de María Zambrano. No es casualidad que yo titulara un poemario mío como De los ínferos, con el substrato de lecturas y vivencias ya comentado, pero sobre todo el cuaderno homónimo, con evidente impronta de San Juan de la Cruz y María Zambrano. San Juan de la Cruz, sacerdote católico, y además místico, y con substrato de la mística sufí, es, acaso como todo místico, también un chamán. Pero sería imposible, para solo citar dos ejemplos, negar la avasalladora presencia de una intensa espiritualidad en la última poesía de Ángel Escobar o de Juan Carlos Flores. La parte tanática de lo daimónico fue tremenda en ellos. También a Reina María Rodríguez la puedo imaginar sentada junto a Piñera en una mesa espiritista. A veces la materialidad más rotunda es la expresión de una intensa espiritualidad –como ocurre, por ejemplo, en José Kozer, y en Reina-. Recuerdo cuando leí el poema de Reina, “Violet Island”. Fue una experiencia indecible. Pero ¿y la geografía visionaria de Raúl Hernández Novás, su regreso al apeiron, su filiación heracliteana? En fin, los ejemplos podrían ser innumerables, incluso en la poesía más reciente. Hasta el “ateo” Lorenzo García Vega es ejemplo de una suerte de mística negativa, como comenté en mi libro Kaleidoscopio. Además, lo daimónico, lo mítico, lo arquetipal, lo onírico, en Lorenzo, es clamoroso. Ya se sabe, además, como escribió Fina alguna vez, que más importante que lo que un poeta piensa o cree que piensa, es lo que piensa su poesía. En un breve ensayito reciente, que me pidieron desde la isla, para celebrar el centenario del nacimiento de Cintio Vitier, hice una evocación muy personal, pero señalé, sólo como síntomas de algo insondable, tres anotaciones suyas en “Raíz diaria”, de su La luz del imposible. Creo que no sería ocioso transcribirlas:

Ciertas nociones negativas tienen otra dimensión de totalidad positiva, de presencia. Así lo invisible no es solo aquello no-visible, sino que, por su propia sustancia, reside en otro plano ajeno a la negación. Del mismo modo, cuando digo “imposible” no quiero decir “no posible”, sino que aludo a una cualidad constitutiva de las cosas reales.

Ese estirón atroz del dolor (físico y espiritual, inextricable). Tenemos que darlo.

Lo desconocido no puede llegar nunca a ser conocido. Lo desconocido se conoce como desconocido, se manifiesta como desconocido. Lo oculto se descubre como oculto. Desconocido y oculto no son nociones negativas, términos de una búsqueda, sino presencias”

 Lo que se oculta es lo que se manifiesta, lo que nos protege es lo que nos expone, lo que puede saciarnos es lo que nos vuelve insaciables… Sólo en la intuición de lo contradictorio, de lo inconciliable, como imposible y sin embargo efectiva unidad, podemos reposar la cabeza.

El alcance de la asunción de estas revelaciones es incalculable. Recuerdo ahora, por cierto, un breve prologuillo que hizo Vitier sobre Feijóo (otro caso a estudiar desde la perspectiva de una espiritualidad profunda), cuando trató de definir (es un decir) el tuétano de lo lírico. Y se refirió a “la punta del alma”. Es semejante a “la cresta de la ola”, de la Zambrano…

Bueno, solo quiero agregar que las experiencias más terribles, como las que ha padecido la vida insular desde el inicio de la Revolución (pero acaso desde sus orígenes, como lo vio muy bien Lorenzo en Los años de Orígenes, libro que encarna una radical iniciación personal a través de un profundo e implacable autoconocimiento), son fuente para iniciaciones tremendas y para la asunción concentrada, infusa, de una transformadora espiritualidad. Ya lo vislumbró Martí: “Tengo miedo de morirme sin haber sufrido bastante”. O Casal. “Ansias de aniquilarme solo siento”.

¿Y Casal? ¿Su travestismo no fue daimónico? Hay que leer detenidamente el poema de Lezama “Oda a Julián del Casal”. La propia Fina, en su poesía, a pesar de su catolicismo radical, que en parte la limitó (no así a Lezama o la Zambrano), y ella fue consciente de ello, alcanza estados de una espiritualidad que rebasa cualquier filiación clerical concreta. Digo esto porque ella misma me confesó que eludía escribir de noche o de madrugada, que es “la hora”, me dijo, “de la alta videncia”, y entonces, como para resguardarse de lo ingobernado, de lo incondicionado profundo, escribía por la mañana.

 

  1. Otra gran cuestión, de modo general, es saber con precisión y profundidad la influencia de los movimientos o colegios iniciáticos en la vida y obra de grandes autores, sea en las Letras o en otras áreas. ¿Qué podría usted decirnos sobre ese aspecto en la Literatura cubana?

No puedo responder esta vasta pregunta. Sólo quiero anotar que Isaac Newton escribió más sobre la alquimia que sobre sus espectaculares saldos científicos. Se supone que el movimiento del dolce stil novo, que Dante corónó, tenía un substrato mistérico. Dante fue un gran iniciado, sin duda. Pero no creo que la pertenencia a una “escuela” suponga, en el terreno de la poesía, la trasmisión de una sabiduría espiritual, sin desdeñar la obvia relación. Me atengo a un pensamiento de Zambrano, en Claros del bosque: “Pero si nada se espera, la ofrenda será imprevisible, ilimitada”. Lo que me recuerda unos comentarios de Lezama en “Confluencias”, cuando habla sobre la espera infructosa, el vacío, la ausencia, tema recurrente en varios poemas de Fragmentos a su imán, y cuando, al constatar la no respuesta a su ansiedad, sentía entonces “que su espera era perfecta”.

En la cultura cubana de la Revolución todo fue como en clave de reverso. No hubo ninguna impronta iniciatica, ni espiritual. A no ser que ese conversacionalismo guerrillero atroz, o esa trova militante, o esos remedos de realismo socialista a lo Cofiño, o esa machista, homofóbica, previsible literatura de la violencia, o esa desoladora práctica de una concepción científica del mundo marxista-leninista, que incluso intrumentó un “ateismo científico”,·puedan considerarse como movimientos iniciaticos. ¿Fue la Escuela del PCC “Niño López” un colegio iniciático? Creo que sí, pero ya sabes las consecuencias. Los totalitarismos buscan la anulación de la persona, de lo singular. La censura a cualquier manifestación individual de espiritualidad fue una constante. A no ser que se considere, por ejemplo, que “la fría máquina de matar” poseía una espiritualidad humanista.

Pero regreso a tu pregunta. El llamado espiritualismo insular, como ya dije, puede encontrar un notorio ejemplo en Martí. Cuando el joven Martí regresó a La Habana en la tregua entre las dos guerras, participó en una célebre, aunque poco revisitada, polémica filosófica en el Liceo de Guanabacoa con los positivistas. Simplificando ahora: idealismo versus materialismo. En sus singulares Cuadernos de apuntes pueden rastrearse sus lecturas filosóficas, sus anotaciones al respecto. Pensó escribir un libro con el título Concepto de la vida. Aunque bastaría leer su “Prólogo al Poema del Niágara” para constatar su espiritualismo profundo. Se ha hecho ya un tópico afirmar que heredó su espiritualismo de José de la Luz y Caballero. Sin desdeñar esto, no estoy tan seguro. Algo innato había en él, un mito trágico, vocacional, sacrificial, y espiritual, desde niño y adolescente. El término “espiritualismo” es muy difuso. Remite literalmente al Espíritu (lo divino, Apolo, unidad, razón) y es el Alma (la diversidad) lo primordial en Martí. El alma es tanática, mercurial, hermética, órfica, por naturaleza. En un texto reciente he llamado la atención sobre la profunda prersencia de lo lunar en Martí (“Y las oscuras tardes me atraen cual si mi patria fuera la dilatada sombra”), además de su ya tópica asunción de lo solar. Pero Espíritu y Alma, Cielo y Tierra, son arquetipos inseparables. Solo un matiz, un énfasis en uno u otro, establece singularidades en cada polo. “El alma trémula y sola padece al anochecer”, “Rápida, como un reflejo, dos veces vi el alma, dos”, escribió. Martí, tan afín con Nietzsche, hizo del sufrimiento un valor inmanente y trascendente. Si se leen sus cartas finales, junto a su diario (que significativamente Ezequiel Martínez Estrada compiló juntos), no cabe duda que Martí se suicidò, o buscó la muerte. Estaba “cumplido”, como se dice. Lezama se arredraba frente a Martí, aunque fragmentariamente escribió las cosas más profundas que se hayan escrito sobre él desde la perspectiva que ahora nos ocupa.

Pero los centros son graves, a veces demasiado solemnes. Pueden congelarnos, inhibirnos. Dejando a un lado al universo Martí, pudieran buscarse otras señales: cuando Zequeira se “desvivió” en su “Ronda”, ese viaje chamánico que está en los orígenes de la espiritualidad insular, acaso para acceder como Nietzsche a su “locura poética”. Desaprender, desescribir, desvivir. Viaje al otro mundo. Plácido tuvo una intuición fulminante: “Hoy vagan como las hadas al resplandor de la luna”, de los ancestros, los llamados indios cubanos. Y otros poetas, Luisa Pérez de Zambrana, Milanés (recordar su poema sobre el mendigo), tuvieron en el sufrimiento iniciático una enorme salida hacia una indecible espiritualidad. Pero es Zenea el gran pivote espiritual insular (dejando aparte a Martí, ya dije). Releer el ensayo que le dedicó Lezama, único en nuestra literatura. Zenea fue más lejos que Bécquer. Más profundo. Zenea fue un ser daimónico, fronterizo, de ahí su imagen primordial del ocaso. Invoca constantemente a su daimon bajo la imagen del ángel de la guarda. Es también un ángel caído. No por casualidad, Lezama, guiado por María Zambrano, recrea en su texto sobre Zenea (un ensayo al que regreso siempre) aquella cita que tomó de un ensayo publicado en la Revista de Occidente de su último gran maestro (de María), Louis Massignon (otro místico), y que no por gusto precedió como cita a la primera edición de su libro Filosofía y poesía:

Un teólogo musulmán Hallach, paseaba un día con sus discípulos por una de las calles de Bagdad cuando le sorprendió el sonido de una flauta exquisita. “¿Qué es eso?”, le preguntó uno de sus discípulos y él responde: “Es la voz de Satán que llora sobre el mundo”. Satán llora sobre el mundo porque quiere hacerlo sobrevivir a la destrucción; llora por las cosas que pasan; quiere reanimarlas, mientras caen y solo Dios permanece. Satán ha sido condenado a enamorarse de las cosas que pasan y por eso llora.

¿Y después? Pero ¿hay antes o después, en las Eras imaginarias? Después Lezama es nuestro gran chamán. Obviamente, no puedo extenderme en esto aquí. Pero creo que no es muy difícil comprenderlo. Lezama es la encarnación de la imaginación primordial. En su novela inconclusa, Oppiano Licario, se acercaba ya a una suerte de hermetismo místico. Dador es sólo él una Era imaginaria. Toda su sabiduría está destilada ahí. Tanto sobre la novela como sobre su poemario escribí dos ensayitos donde abordo sesgadamente estas proyecciones suyas.

Pero hay otros puntos espirituales y almados muy profundos en la cultura insular. El secreto de las religiones de ascendencia africana. El secreto es muy importante. “La naturaleza ama esconderse”, ya cité al Obscuro. Los orishas africanos son equivalentes a los dioses griegos. Su impronta mitopoética es un contrapeso acaso necesario a la unilateralidad del dios único cristiano. Sin bien en Cuba el sincretismo sabiamente los mezcló. Por eso lo sagrado (los dioses) y lo divino, alma y espíritu, es el gran centro del El hombre y lo divino, de María Zambrano. “Pan ha muerto” (como advierte sabiamente Hillman) y “Dios ha muerto” (Zaratustra) son los dos puntos culminantes y sintomáticos de esa tradición occidental, ay, predominante , al menos en la superficie, o en la abominable Historia. Alma y Espíritu. Inframundo e infierno cristiano. Y ya se sabe que el inframundo es el reino del alma, de la diversidad, de la imaginación. Ese mundo almado, terrígena, está en La isla en peso virgiliana. Virgilio fue una suerte de asceta con respecto al Espíritu, pero no con respecto al Alma, en la que se sumergió profundamente, por eso reinvindicó la carne, lo matérico. Desde esta perspectiva tiene una poderosa “espiritualidad” infusa, sagrada, en su reverso lunar.

Virgilio, además, no desconoció al freudismo (como sí Vitier o García-Marruz), y, coincidiendo con Harol Bloom y George Steiner, leyó a Freud como un poderoso creador de mitos, como un poeta de la imaginación primordial. La imagen final, donde invoca trágica y conmovedoramente, a la luna, de Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, es sintomática. Hécate, la luna, la Diosa Blanca… (Hécate y Hermes, Hermécate)

Hay una foto, que me dio a conocer Abilio Estévez, junto a un fragmento del Iching (que significativamente le envió María Zambrano a Piñera a pedido de este), una foto de Virgilio y María en Roma sentados en una calle junto a una fuente. Con esa foto acompañé un ensayito, “María Zambrano y Virgilio Piñera o el diálogo de la intensidad”, que publiqué en República de las Letras, en Madrid. ¿Qué conversaban o conversan? Sólo imaginar esto podría configurar un centro de la espiritualidad insular. No es casualidad que en una carta de María a Virgilio ella evoque las catacumbas. Como aquella otra mítica conversación desconocida entre el Heredia vencido y Plácido, el futuro sacrificado… Esas conversaciones existen y operan sobre nosotros aunque no podamos leerlas textualmente, o acaso, por ello mismo, más. Por ejemplo, ¿qué pensó y sintió Manzano, cuando enmudeció tras la sangrienta represión de la Conspiración de la Escalera? La siempre soterrada y poderosa espiritualidad y la Historia (hasta ahora, sacrificial, según Zambrano) no han sido reinos concurrentes. ¿O será que el sufrimiento de la Historia le es consustancial al cumplimiento de una profunda espiritualidad? Al menos Martí (el conocimiento doloroso, es un credo suyo) creía en ello: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?”. Nietzsche también. Ahora mismo, en nuestra isla, en esa “Triste tierra, como tierra tiranizada y de señorío” (como dijo Miguel Velazquez en el siglo XVI) ¿no vemos ese sincronismo trágico? En estos días, a la vez luminosos y sombríos, recordaba aquella mancha, aquel trágico suceso de la llamada Guerrita del 12, o la Conspiración de la Escalera ya mencionada. Pero ¿no sucede algo semejante en nuestras vidas personales? ¿Cuál es, entonces, el sentido? Creo que solo dentro (“entremos muy adentro en la espesura”, decía San Juan), muy adentro, puede estar ese punto inaudito, casi imposible, de comunión entre ambos reinos enemistados.

 

  1. Mi cuarta pregunta toca en parte la segunda, pues me gustaría saber ¿qué piensa usted sobre la formación de los jóvenes intelectuales y artistas cubanos de hoy con relación a la Iniciación? ¿Qué sabrá esta nueva generación, la de los años 90, sobre tal asunto? ya de sí tan vasto y complejo y, que, además, demanda un verdadero sentido universalista en términos de erudición y sabiduría.

La iniciación es un camino personal, aunque pueda precisar también de una comunidad espiritual. Ya se sabe que en el mundo contemporáneo está en desuso, al menos como práctica ritualizada. Ocurre como por fatalidad, o por impulsos ingobernados en la juventud, o por terribles romances familiares o por guerras devastadoras, pero no está ritualizada como en casi todas las culturas tradicionales como algo imprescindible y natural. Las experiencias de los campos de concentración son iniciáticas, sin duda. Creo que la pérdida o extravío de esa sabiduría ancestral es lamentable. Las consecuencias son notorias.

María Zambrano vio a Lezama como un iniciado. Dijo que todo iniciado precisa de una ciudad, de un lugar. “Él era de La Habana, como Santo Tomás, de Aquino, y como Sócrates, de Atenas”, escribió. En cierto modo, Paradiso (donde también Lezama intentó imaginar la liberación del tiempo y del espacio) es una novela de iniciación (también se las llama de formación o aprendizaje). Nos narra las sucesivas iniciaciones de José Cemí para adquirir la sabiduría poética. Recuerda que para George Steiner son la poesía y la filosofía las formas supremas en que se expresa la sabiduría, pero este sabio advierte que acaso, como saben los propios filósofos, la expresión última de la sabiduría está en la Poesía. Por eso Lezama ideó un oxímoron, una aporía, una locura -como dijo-, un imposible, cuando imaginó un sistema poético del mundo. Y María Zambrano, como le confesó en una carta a Medardo, el padre de Cintio Vitier, expresó que “no voy sino que vengo de la filosofía”. E imaginó otro imposible, otro oxímoron, su Razón poética. Son formas de nombrar lo indecible. Y eso son las Eras Imaginarias de Lezama. No tengo que enfatizar en que Martí fue también un iniciado; como Lezama, un chamán. No por casualidad el propio Lezama describe a Martí como un taita, un chamán. Seres daimónicos, herméticos, mercuriales, seres que vivieron en las lindes, las fronteras, entre este y el otro mundo, o como decía hasta la saciedad Lezama, entre lo cercano y lo lejano. De ahí su famoso Eros de la lejanía.

Una de las novelas donde las sucesivas iniciaciones son primordiales es Las criaturas saturnianas, de Sender. Demonología, sabbats…Magia negra y magia blanca. Cagliostro… Es una novela maravillosa. Como cuento en otra entrevista, la encontré un día en el piso 15 de la Biblioteca Nacional, donde estaban los libros prohibidos, censurados, junto a Las puertas del Paraíso, de Andreyevsky. En este sentido, es muy curioso el libro de Fernando Ortiz, Una pelea cubana con los demonios. Es casi un tratado de demonología. Una novela de Antonio José Ponte, Contrabando de sombras, desenvuelve con profundidad e imaginación un contenido daimónico. Ya he escrito varías veces sobre la profunda impresión que causó en mí escucharlo leer una mañana, junto a Enrique Saínz, su poema sobre San Agustín y su madre. Bueno, ¿qué es la Odisea sino una sucesión de iniciaciones, incluida la principal, su conjuración y viaje al otro mundo? Ya se sabe, como estudia muy bien Campbell, que todos los héroes clásicos precisan de una iniciación, de un viaje al otro mundo, y una resurrección… Osiris, Orfeo, Perseo, Heracles, Odiseo, Eneas, Cristo mismo… Hasta don Quijote tuvo que descender a la cueva de Montesinos… El mito de Anaximandro en la boca del Etna, o boca del inframundo… En México era el reino subterráneo de Xibalbá. Hermes es el dios arquetípico de las iniciaciones. Creo que el mito de Orfeo, es el más primordial, desde esta perspectiva, de la cultura occidental. Tan parecido al de Osiris. No es casual que María Zambrano le llamara a Lezama “católico órfico”. Ella misma, confiesa, había seguido la senda órfico pitagórica.

Pero para atenerme a tu pregunta concreta, creo que esa llamada generación de los noventa (o de los ochenta, o de principios de siglo) vivió, por imperativo histórico, en su juventud, una intensa iniciación: de ahí su notable saldo creador, su radical cambio cosmovisivo, como ya advertí en un lejano texto. Fueron como adelantados acaso de lo que ocurre casi masivamente ya en la juventud actual, y de lo cual hemos sido recientemente testigos privilegiados. Pero para que ocurran estas iniciaciones masivas tiene que haber ocurrido antes una (o varias) iniciación (nes) personal (es). Las iniciaciones permiten la apertura a lo desconocido, a lo invisible, a lo inaudito, al milagro…

 

  1. Por último, ¿cree usted que algún día, no importa cuándo, esta misma humanidad de hoy, tan aberrante desde hace tiempo, podrá quizás llegar a nueva Edad de Oro, como la habida en los tiempos de la Atlántida, o será esa una eterna esperanza vana?

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron el nombre de dorados”. Así comienza Don Quijote su famoso discurso a los cabreros. En un escrito memorable el escéptico Cioran cuenta cómo María Zambrano, casi sin hacer énfasis, despertó en él la necesidad de explorar la utopía. Pero las utopías son peligrosas. Lugar que no existe. Pero que se busca siempre. Si, como creo, lo que imaginamos termina por concretarse en la llamada realidad, habrá que aceptar que su encarnación en la historia conocida no ha sido nunca precisamente paradisíaca.

Con respecto a la utopía y, como contrapunto agónico, a esa historia sacrificial, ya mencionada, María Zambrano la llamó también “apócrifa” para distinguirla de “la historia verdadera, la única cierta, la única que pudo arrancarnos del Paraíso, preparado ya para ello”. Por cierto, Lezama, en carta a Zambrano, le confiesa que lo que él se propone es “la recuperación del Paraíso por el conocimiento poético”. Y añade: “ya sabemos que fue el otro conocimiento el que lo hizo inhabitable”.

Pero ¿qué significa esta paradoja? No puedo responder esta pregunta. La Atlántida, sobre la que escribió Platón. Platón, enemigo del mito y, a la vez, hacedor de mitos. ¿Qué significa esta ambivalencia? No creo que exista una Atlántida en el futuro, porque ya existe en la imaginación. No importa verificar si existió o desear que vuelva a existir. Los mitos existen siempre. Pero son ambivalentes. Harpur cita a Salustio, quien al referirse a los mitos griegos, expresó incomparablemente: “esas historias nunca sucedieron pero existen siempre”. Y lo que existe siempre, además, no tiene principio ni fin. Alguna vez escribí sobre ese mito del hombre interior de San Pablo o del hombre nuevo de San Agustín… Nietzsche imaginó al superhombre. Una antigua sabiduría, que actualiza María Zambrano, creía en el Hombre Verdadero. También ella les llamó los Bienaventurados, o seres de la Aurora. Hasta Huidobro apuesta en Altazor por el advenimiento de un mago futuro…Pero María Zambrano creyó que Nietzsche había sido un ser auroral. Nietzsche, el sacrificado, el anacrónico, el vidente, el hiperbóreo, el enamorado de unas extrañas islas del Sur… San Juan, “ese frailecillo incandescente”, como le llamó Ortega, nombró para siempre unas simbólicas “ínsulas extrañas”. Curiosamente la sibila de Málaga describió a José Lezama Lima, al enterarse de la muerte de su amigo, como un Hombre Verdadero. Lo describió así en sendos textos herméticos, a los que traté de aproximarme en un extenso ensayo, “El alma se da en la sombra”. Y también nombró de la misma forma a Martí en “José Martí, camino de su muerte”. Borges, por su parte, acaso parafraseando un poema de Cavafis sobre los magos, dice que sólo los sabios pueden prometer porque son inmortales. Pero al final del texto hace una leve pero significativa corrección, y expresa: “También los hombres pueden prometer porque en la promesa hay algo inmortal”. Yo sospecho que el eterno retorno de Nietzsche es una imagen de la eternidad. Y la eternidad, como el mito, no tiene principio, no tiene final. La eternidad está aquí y ahora, pero dentro de nosotros, porque la imaginamos. Es ocioso imaginarla en el pasado o en el futuro. En su ensayo sobre la eternidad, en “Breve refutación del tiempo”, Borges lo expresó a su modo en una extraña –por inusual- coda final:

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.

En esa coda, donde Borges parece contradecir los juegos intelectuales de la imaginación precedente, ¿no está la eternidad en ese yo herido, trágico, roto, pero inmortal? ¿Por qué tenemos que relacionar la eternidad con un estado paradisíaco? Habría que releer su relato “El inmortal”. La eternidad (o la llamada realidad) ¿no es la imaginación? Pero ¿dónde está la imaginación? En el Universo mismo, en nosotros mismos. Somos la imaginación. Y nada hay más ambivalente, más daimónico, que la imaginación, que es una energía creadora pero ingobernada, imprevisible, incondicionada.

Coda

Quizá un lector, al leer esta entrevista, pudiera pensar que quien esto escribe está ahíto de certidumbres cuando en realidad está avasallado por incesantes perplejidades. Cada vez que accedía a un conocimiento (instante ¿luminoso?), que podía establecer más relaciones, ello ahondaba mis incertidumbres, y dejaba hasta cierto punto intactas mis vulnerabilidades. La vida es un misterio inextricable. Acaso no merezco el nirvana o la iluminación o el estado místico. Hay sólo instantes, vislumbres, epifanías momentáneas, tras los cuales regreso al sin sentido o a una angustiosa sensación de carencia, a una sed de no sabemos qué (“un no sé qué que quedan balbuciendo”). Ah, sí: “La carne es triste, ay, y ya he leído todos los libros”, escribió Mallarme (La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres), algo así.

Una iluminación intelectual o espiritual puede no ser superior a un orgasmo con el ser amado. La religación con lo que nos rebasa o nos completa puede acaecer también a través de lo nimio, lo aparentemente intrascendente. No hay jerarquías preestablecidas para el contacto con lo trascendente. Acaso por eso escribió Cioran (a quien también le interesó la mística): “Solo intimamos verdaderamente con la vida cuando decimos –de todo corazón- una trivialidad”. La única vez que me aproximé a un estado místico –que sin duda es también una iniciación-, este me poseía a mí, no yo a él. Acaece. No tengo que aclarar que, afortunada o lamentablemente, no soy un místico. A San Juan le acaeció, estando preso, al escuchar una copla de amor anónima y profana. Le puede suceder a cualquiera; a un ateo incluso, como advierte Hulin en La mística salvaje. Lo sentí insondable e indeciblemente mientras almorzaba en casa de una amiga. Esa comida (tostones, arroz y huevo frito) era, a la vez, indiscerniblemente, un alimento material y espiritual. La exultación fue casi intolerable. Después lo relate así en un poema: “Sueño sin imágenes. Y un soplo. / El tiempo derrotado. El dulce arder. / Como un alba sin ojos, sin memoria / velas eternas, puro renacer. / Y un viento, enamorado, las aviva. / El Espíritu Santo, y el atardecer”, porque la noche previa a esa comida no soñé, y me desperté ya (en casa de Margarita Mateo, por cierto, y este no es un dato menor para quienes la conocen bien), como se dice, dentro de un estado alterado de conciencia. A Cardenal le acaeció su transfiguración mística al escuchar las cansinas sirenas del auto del tirano Somoza. En mi caso, supe enseguida, profunda e irremediablemente, que iba a cesar. Tal vez por eso, como cuenta Cardenal, Thomas Merton, su maestro espiritual (quien curiosamente tuvo su instante místico en La Habana), le confesó que “La vida del monje es / un semi-éxtasis y cuarenta años de aridez”. (Conocí a Cardenal en La Habana, poco antes de irme de la isla, junto a Luce López Baralt, acaso una de las mayores sabias en mística, cuando leí un texto sobre mi lectura de sus memorias, en la Casa de las Américas, frente a ellos. Luego, una noche, en Casa de América, en Madrid, coincidimos en la cafetería. Estaba yo con Efraín Rodríguez y una amiga, Ana Tomé. Ella quiso que fuera a saludarlo. No lo hice. Por pudor, acaso. O porque, como dice mi amigo Jorge Domingo -de él mismo-: soy un error. Siempre he sentido que no hace falta el contacto físico para la verdadera comunicación, pero seguramente, para no variar, debo estar equivocado). Aquella frase de Merton encarna el sentido profundo, descomunal, de su poema “Como latas de cerveza vacías y colillas”, de Getsemani, Ky. Siempre vuelvo al juicio de Valery, a propósito de la llamada poesía pura (que tanto tiene que ver en lo más profundo con todo lo que hemos estado conversando): “Porque las regiones de la más alta serenidad están necesariamente desiertas”.

Muchas gracias, Javier, por propiciar esta conversación o este viaje a los ínferos, a los profundos. Más allá de cualquier erudición (“La letra mata, el Espíritu vivifica”), yo sólo puedo ofrecer, como testimonio, mi orfandad.

San Carlos de Bariloche, 10 de agosto, 2021.

 

2 comentários em “Entrevista a Jorge Luis Arcos – Por Javier Alberto Prendes Morejón

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