Los Vasos Órficos de Lezama Lima – Por José Prats Sariol

El fin de la modernidad ―reflexiona Gianni Vattimo en el libro homónimo— también rescata el orfismo. “Introducción a los vasos órficos” es otra prueba de que José Lezama Lima se adelanta al derrumbe racionalista, al cese de los neohegelianos y sus proyectos de construir el futuro, marxistas o no. Fue publicado en 1961 en la habanera y efímera revista Artes Plásticas, y recogido en la última compilación de sus ensayos que él mismo preparase en1970.

A diferencia de otros textos sobre artes plásticas, donde sólo accedió a libros, reproducciones o documentales ―Cf., prólogo a La materia artizada (9-20)―, aquí Lezama disfrutó ciento treinta y dos vasos originales griegos ―no cráteras estrictamente órficas, como tampoco lo es la que describe en el ensayo―, gracias a la colección del Dr. Joaquín Gumá Herrera (1909-1980), conde de Lagunillas, iniciada hacia 1943 y donada en 1956 al recién inaugurado Palacio de Bellas Artes de La Habana, apenas a tres cuadras y media de Trocadero 162, la délfica casa –“universo literario”–, donde vivía Lezama. Caminar hasta allí era uno de sus “largos” paseos. Al regreso se sentaba en el Paseo del Prado o subía al Anón de Virtudes por un helado de mamey o una champola de guanábana –muy degustada, la comparaba al sabor del semen, por Luis Cernuda, en el mismo sitio–, a pensar en los fragmentos de himnos que se conservan de Orfeo o en las fiestas dionisíacas.

La “magia” del supersincretismo caribeño ―Cf. Antonio Benítez Rojo: La isla que se repite— tiene en el orfismo de Lezama un relevante ejemplo, entre otros muchos legados de su “galería aporética”, descubiertos en la “obertura palatal” y cocinados en su “horno transmutativo”, como enseña Editabunda a Fronesis en el capítulo IX de Oppiano Licario, la inconclusa continuación de Paradiso, con la que forma Todo Paradiso, recién (2021) publicada en conjunto –los XXIV capítulos– por la Ed. Verbum.

Las múltiples menciones a Orfeo y lo órfico, a su lira y simbología en textos anteriores y posteriores, indican un conocimiento poco usual en la América Hispana ―rareza en Cuba― de la mitología y filosofía greco-latinas. Estamos ante otro producto de su pantagruélica voracidad lectora, en este ángulo dirigida a hallar cualquier fundamento válido ―por esotérico que fuese— para su “sistema poético” y su catolicidad, desde los misterios eleusinos hasta el mal llamado Libro de los muertos.

En lo órfico tal vez dos poetas catalizaron el acercamiento: Guillaume Apollinaire y Rainer Maria Rilke. En 1912, Apollinaire exalta, en la galería Der Sturm de Berlín, lo que llama “cubismo órfico” (Picabia, Léger, Duchamp, Delaunay…). El poder misterioso del arte para despertar emociones distintas, la fragmentación de la luz y del color, se observan como un nuevo camino para las vanguardias artísticas. Los cincuenta y cinco Sonetos a Orfeo de Rilke ―lectura que recuerdo como parte del Curso Délfico― entran en la misma pretensión de conjugar las artes, disfrutar sus correspondencias sutiles. Cuando tenía apenas diecisiete años, Lezama pudo descubrir en la Revista de Occidente al enorme poeta. Habría que añadir, con toda seguridad porque lo recuerdo en su biblioteca, la lectura de El hombre y sus símbolos de Carl Jung.

Lezama reflexiona –casi obcecadamente– sobre esa misma “fragmentación” (Goethe) aplicada a las sinestesias, al misterio de dibujar “signos”, esculpir una imagen que a la vez fuera tañido, lira lírica. Dos ensayos densifican la evidencia: “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX)” (1966, La cantidad: 145-187); y “Confluencias” (Conferencia dictada en la Biblioteca Nacional José Martí, julio y 1968; cierre de La cantidad.435-457).

Se observa que allí lo órfico aparece entre “La imagen histórica” y los dedicados a “Las eras imaginarias”, “Los egipcios” y después “La biblioteca como dragón”, bajo la primera sección de La cantidad hechizada, que irrumpe con “Preludio a las eras imaginarias”, texto publicado en septiembre de 1958 (Islas 1 52-70: sept.-dic, 1958), con lo que se coloca en entredicho la muy posterior idea de que la “revolución” de 1959 culmina las “eras”. Una burla digna de Falstaff se le añade a la teleología historicista.

Lezama era muy cuidadoso en cuanto al vecindario, sus libros de poemas así lo evidencian, como también los de ensayos y el orden de los capítulos en su inacabada novela. También por el sitio que los “vasos” ocupan, el orfismo es parte de su “sistema poético”, de su visión del mundo. Otra Era Imaginaria.

¿Por qué? ¿Cómo? La sugerencia tiene varias pruebas, bajo la égida del poema “Doce de los órficos”, publicado en Orígenes (1953), siete años después en Dador (1960) y por Cintio Vitier en el primer tomo de las Obras Completas, con data en el machón de 1975, pero que Lezama nunca vio, pues muere aquel 9 de agosto de 1976 esperando el regreso de México de su amigo Manuel Moreno Fraginals, que le llevaba los ejemplares.

“Doce de los órficos” sugiere algunas claves para la intelección del ensayo, siempre sobre la base de que aprendemos mucho sobre Lezama y después sobre el leiv-motiv del texto. Disfrutamos intensamente su escritura ―“imago estelar”―, tanto o más que el tema objeto de reflexiones y especulaciones. Sin esta premisa la peculiar recepción puede convertirse en un camino baldío.   

Tal “flecha” exegética es válida hasta para artículos y recensiones. Su insolencia incorporativa ―causante de digresiones espectaculares, que a veces ocupan más páginas que las dedicadas al tema central― suele irse pronto por algún vericueto erudito o sendero metafórico, aunque tal vez retorna. O quizás nunca o en el siguiente párrafo, a partir de un símil o de un insospechado recuerdo de otra lectura. Escape –defecto, lo consideraría algún académico de “teclado ligero”, como él los llamaba– que a sus lectores nos tiene sin cuidado, dicho sea con la justa arrogancia.

Ese es Lezama, que aquí juega con el orfismo y el artista amante de la soledad   ―haya (Platón) o no (Aristóteles) existido― que forjó las leyendas, a partir de la idea de que lo primero fue la Noche. Porque el hijo de Calíope no sólo se vincula a la música.  Cuando tañía su lira lograba que él y sus oyentes se liberaran de las pasiones, ascendieran al éxtasis de la armonía. Encarna el ideal apolíneo de la ética griega y a la vez simboliza al artista que se entrega a su irrefrenable vocación.

La simpatía de Lezama también obedece a dos leyendas órficas: su homosexualidad, tras la pérdida dos veces de su esposa Eurídice, primero por la mordida de una serpiente y después, tras rescatarla del inframundo (catábasis), por mirar para atrás, incumplir la orden de Hades y Perséfone. La segunda y decisiva ―simbolizada en las Ménades que lo asesinan― es el imperturbable cumplimiento de un destino, contra las “circunstancias” hostiles que lo asediaban. Su vocación artística –como la de Orfeo—se sobrepone a cualquier agresión o suceso trágico, como la pérdida de Rosa Lima de Lezama el 12 de septiembre de 1964. Orfeo y él no se dejan ahogar por los dramas de la vida. Siguen cantando.

Una de las frases del Curso Délfico –anotada en una libreta de mis apuntes, correspondiente a 1972—es de Hugo Friedrich. Dice: “El poeta es el aventurero que se lanza a territorios del lenguaje todavía no hallados”. Precisamente ese talante aventurero es una de las características esenciales del canto órfico, capaz primero de sorprender, luego de embelesar, después de provocar admiraciones. ¿Acaso no es lo que Muerte de Narciso logra en la poesía de habla hispana del pasado siglo, tras los tientos iniciales que después de su muerte se publicarían bajo el título de Inicio y escape?

El “aventurero” Lezama tiene en Orfeo –como Rilke— un referente básico para su sesgadura al canon, para alimentar su vigoroso agón, según los términos que Harold Bloom utiliza en Poetry and Represion. Revisionism fron Blake to Stevens. Al lector de Lezama puede serle útil la noción de misinterpretation, como “interpretación desplazada” (5), no como equivocación sino como desplazamiento, según observa sagazmente Carlos Gamerro. El mito de Orfeo, el de Deméter, el de Perséfone y los misterios eleusinos, experimentan aquí una misinterpretation lezamiana rebosante de intertextualidades cruzadas, a veces difíciles de identificar con certeza, como ocurre con aquellas informaciones que toma de Homero o de Ovidio. ¿Cuál de las versiones prima? Las dos, con el añadido de que las analogías a veces incorporan otras referencias o interpretaciones, exégesis provenientes de la Paideia de Jaeger –libro esencial del Curso Délfico— o de otros helenistas relevantes. Manjar para un lector especializado en lo órfico o en la cultura griega clásica; no excluye al “lector común”, en el sentido que le otorgara Virginia Woolf siguiendo al Dr. Johnson (1).

Ante la carencia de una biografía de Lezama como, por ejemplo, la de George D. Painter sobre Marcel Proust, añado dos informaciones. Lezama nunca ejerció la docencia, apenas dictó –leyó— sus conferencias, como las de La expresión americana. ¿Cuándo improvisó sobre un esquema indentado? Su familiaridad con la pedagogía y la didáctica no rebasó la relación dialógica que leyera en Platón. Ningún intelectual cubano relevante estuvo más lejos de la Academia que él. En consecuencia, la estructuración de sus textos dista mucho de los usuales parámetros escolares, de líneas rectas hacia recapitulaciones y conclusiones, de lo que hoy se llama “pensamiento crítico”. De otra parte, lo mismo que tampoco gustó casi nunca –como padecemos sus editores y traductores— de revisar los textos publicados, sentía un olímpico distanciamiento hacia la “la inundación de citas”. En un artículo publicado en el Diario de la Marina el 19 de noviembre de 1949, afirma: “… estas desdichadas víctimas de la alta cultura sucumben ante la cita en arameo-asirio, en copto o en sánscrito antiguo, el cálculo vectorial que resuelve de una manera fulgurante la regla de tres que tiene que llevar a la escuela su sobrino favorito, y en general aquellos temas que son asombro de los tiempos actuales, pasmo y frenesí de los días que nos acompañan” (96).

Bajo las señales precedentes, quizás sólo debo sugerirle a the common reader que busque aquellas informaciones colaterales que su apetito cognoscente le pida… Deméter y su hija Perséfone (o Core), el mito de la transformación cíclica (Vida y Muerte), lo que ellas representan acerca de los poderes de la naturaleza, fertilizarán la lectura de Lezama, sus guiños eróticos cuando repara en la desnudez de los jóvenes. Dionisos y/u Orfeo le abrirán inquietudes sobre las posteriores apropiaciones del mito órfico por el judaísmo y el cristianismo, sobre similar culto al hieroi logoi, a la palabra o libro sagrados… Una visita a Nápoles hará imprescindible ir al Museo Archeologico Nazionale, donde se halla la crátera que inspirara a Rilke, que a través de Lezama re-creamos, sin saber si se inspirara en alguna de la Colección Lagunillas con motivos cercanos. Porque la minuciosa descripción del trono con Plutón y Proserpina, los elementos en primer plano y las distintas figuras a uno y otro lado, hacen difícil pensar en que sólo viera fotos, aunque ya entonces los avances fotográficos permitían observar los laterales de un objeto redondo, mediante la técnica de desenvolver los objetos.

Desde luego, la trascendencia continua del alma, tan esencial en el orfismo y después en el cristianismo, arma quizás la causa última ―y primera―  de este acercamiento lezamiano al mito de Orfeo. A través de las teogonías orientales, aderezadas con ritos aún crípticos –como en las célebres láminas áureas procedentes de tumbas cretenses―, se va a la inmortalidad, se llega al Reino de Dios, al que Lezama dedica sus sesgaduras verbales, sus “resurrecciones” poéticas. Ahí, en la forja de su hieroi logoi, se halla la identificación con el cantor tracio.

OBRAS CITADAS

Lezama Lima, José. La cantidad hechizada, La Habana, Ed. Unión, Col.    Contemporáneos, 1970. 67-78.

______.  “Doce de los órficos”.  Orígenes 10. 33 (1953): 78-84.

______.  “Doce de los órficos”. Dador. En Obras Completas. Introducción de Cintio Vitier. Tomo 1. México D. F.: Aguilar, 1975. 1004-1013.

______.  “Introducción a los vasos órficos”. Artes Plásticas.  2.1 (La    Habana, 1961). s. p.       il.

______.  La materia artizada: Críticas de arte. Compilación y prólogo de José Prats Sariol. Madrid: Tecnos, 1996. 9-20. Colección Metrópolis.

______. Poesías completas. Compilación y prólogo de Emilio de Armas. La Habana: Ed. Arte y Literatura, 1978.

______. La Habana. Compilación y prólogo de José Prats Sariol; “Palabreo para dejar abierto este libro” de Gastón Baquero. Madrid: Ed. Verbum, 1991.

Bloom, Harold. Poetry and Represion. Revisionism from Blake to Stevens. EUA, Yale University Press, 1976. Versión española: Traducción y nota de los editores de Carlos Gamerro. Traducción de los poemas de Edgardo Russo y Pablo Gianera. Buenos Aires. Adriana Hidalgo Editora S. A., 2000.

Woolf, Virginia: “The common reader, as Dr. Johnson implies, differs from the critic and the scholar. He is worse educated, and nature has not gifted him son generously. He reads for his own pleasure rather than to impart knowledge or correct the opinions of others”. The Common Reader, EUA, Harverst Edition, 1984. T. 1, p. 1.

Guthrie , W.K.C.:  Orphée et la religion grecque étude sur la pensée orphique París, Payot, 1956 [2ed.].Traducción del inglés de S.M. Guillemin.

Templo a Deméter y Perséfone en Eleusis.

Um comentário em “Los Vasos Órficos de Lezama Lima – Por José Prats Sariol

  1. Muy buen artículo, como todo lo de Prats Sariol. ¡Gustando y compartiendo! Siempre me ha interesado el tema órfico. Y la referencia a la colección de Joaquín Gumá al principio me ha dejado fascinada. Ah, los vasos comunicantes del mundo. Muchas gracias.

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