El hombre del pasaporte dorado – Por Por Maria Cristina Fernández

Me llamó hoy para decirme que acababa de redactor otra de esas cartas que envía a los políticos de Miami, haciéndoles saber sus ideas sobre el manejo de los fondos públicos y el bienestar de la gente. Llegó un día -homeless con golden passport- al restaurant y pidió humilde una sopa. Repitió el acto otras veces hasta ganar la confianza necesaria para contarme de su misión y ascendencia. De jovencito fue preso en La Cabaña, en la Habana (causa 4 del 1964) porque su padre, ex-policía de Batista, lo enroló en una expedición para sacarlo de Cuba. Tenía diecinueve años cuando el sol le quedó fuera de los muros y convivió con gente de todo tipo y convicción. Entre ellos había un rosacruz que le habló de los misterios de la hermandad sagrada. “Enrique, hay algo más en la vida”, le reveló. Los electroshocks que le descargaron ya en libertad no pudieron anular su deseo de ser un hombre diferente a la masa. El exilio le llegó luego del purgatorio, demasiado tarde para ser un hombre común, cumplidor del destino del sueño americano, como tampoco lo fue de la utopía socialista. En lugar de ello ha explorado los caminos del conocimiento, frecuentemente con el estómago vacío, sin techo, descalzo por momentos, solitario como un monje herético, aislado como papa que comienza a apestar. Sus lecturas muchas veces no pasan de ser metafísica barata: “los protocolos de los sabios de Sión”, “las enseñanzas de Saint Germain”… Hay mañanas en que le canta a Dios con toda la lealtad de su pobreza radiante, y noches en que abomina de una vida escurrida en la fatalidad. Una tarde, luego de terminar su ensalada del domingo, me dijo: “Cristinita, yo sé que voy a cumplir con mi destino, lo que no sé si será antes o después de la muerte”. Un silencio fue mi respuesta. Como siempre callo ante la magnitud de los abismos que se abren entre la respiración y el anhelo. Creo que le tengo tanta admiración como pena. Sé que dentro de la urdimbre de su vida pesa demasiado el llamarse Enrique Martí por descender de la rama de José María, hermano de Don Mariano, padre de José, nuestro Martí. Sé que a veces ha querido tocar una cuerda invisible que pulse el ritmo de la sangre común. Y sé que luego descree de todo y quiere ser un hombre presto a envejecer a salvo de discursos y credos, que si bien no aumentan su soledad, tampoco la alivian. No sabe si alguna vez va a completarse y esa es su angustia. Y yo lo comprendo a él, el Martí que conozco, el que se me ha sentado al lado a contarme quién es y de dónde viene. Este Martí que también escribe cartas en la noche.

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En Auvers

Cuando Dominique-Charles Janssens compró la posada dejó la habitación del muerto vacía, así podría engañarles sobre en qué lugar estuvo cada cosa. Cualquier objeto que Vincent hubiera rozado aunque fuera con la vista: una piedra, un sembrado de trigo, la desgastada pipa; todo era apetecible ante los ojos de una multitud con hambre de mitificar. Bien podría ella, dueña de ese receptáculo, arrendarse una ganancia mansa, sin sudarla ni temerla. El patrimonio de la agonía ahora era suyo. ¿A qué distraerlo con camas o sillas o guijarros? Su dinero compró esos paneles con grietas que recordaban cicatrices, la oblicua ventana en fuga a un campo de angustia, ese piso precario de madera incapaz de silenciar antiguos pasos. Dominique sabía que la gente iba a pagar por respirar ese poco aire; una multitud de fisgones subiría la escalera para llegar al santuario del fin. Se encaminarían luego en desbandada a la taberna a olvidar lo sentido, el levitar en la ausencia del que se dolió y arrancó de su carne las preguntas y el insomnio. En la taberna –negocio redondo- les dispensaría la bebida para amortiguarles la sed que da enfocarse en un destino ajeno. Les vería reposar sus cámaras, esos artefactos que han matado el mirar parsimonioso del ojo, reduciéndolo a un cotejador de ángulos y complacencias formales. Ya pocos saben llorar, piensa Dominique cuando abre la ventana para que el cuarto se airee con un sol benévolo. Por primera vez desde que adueña el hotelucho de Auvers se detiene a mirar esos moscones oscuros, hendiduras que prometió nunca tapar y que sostuvieron los clavos donde él colocaba sus pinturas recién chorreadas. No ignora que hoy los museos del mundo, las bóvedas de ciertos bancos o los muros de las casas de potentados selectos acogen esos cuadros hechos con la pulsión del sumido en las fiebres. Pero el espacio del fin, el último reducto donde se extinguió su vehemencia, le pertenece. La Janssens toca uno de los desgarros en la pared, justo donde un rayito de sol ha convergido, y siente rodar por el arco de sus mejillas la gratuidad de unas lágrimas. Bajo esa luz los agujeros en la cal se multiplican, testigos de un alma averiada que se fue, y agujereada ella misma, la mujer de negocios, sin aparentes debilidades fervorosas, se siente colgar del vacío y sin sujetaduras.

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Dispersal of the sand into the water

Pasan los monjes con sus cuernos largos, exhalando al aire un sonido grave. Sonido de realidad otra, que no cabría en lo cotidiano ni por asomo, porque el mundo del día a día pace con ligereza dando saltos de contento o temor, según soplen los ánimos con sus vientos volubles. Monjes tibetanos deben ser, y lo compruebo por el azafrán de sus hábitos. Exóticos quedan en medio de esta confluencia de tienditas y cafés que nada saben de las Tres Joyas, sino de esas joyas farsescas que hacen las delicias de los fatuos y las novias. Detrás de los monjes, va una fila de gente; algunos con los pies descalzos, ornados de collares, sayas amplias, colores que irradian luz, sonrisas que acompañan un asunto purificador.
El enigma de los monjes y sus seguidores queda resuelto en una postal que me da una mujer de ojos reposados. Lo que he visto desfilar frente a mis ojos forma parte de un performance de arte devocional tibetano, a cargo de su eminencia Chengsang Rimpoché y seis de sus monjes. Han consagrado un mandala de arena coloreada, que no logré ver en la procesión. Un ejercicio paciente que terminará cuando el objeto de meditación sea disuelto en las aguas del mar. Yo que no me puedo mover de esta vitrina, los veo alejarse hasta donde la calle desciende cuesta abajo y empiezan los árboles, y no veo nada más. Más tarde la gente regresa dispersa, sin mandala, sin cuernos… ¿Y los monjes? Como si la tierra o el mar se los hubiesen tragado; no los veo retornar.

El que viene luego luego es Danny, el veterano de Viet Nam que vive en un bote, y me ofrece una bolsa pequeña. Me aclara que es arena sagrada del Tibet y me la cambia por dos dólares para tomar cerveza. Se ríe con estrépito. No podía imaginarme que en algún momento del camino él entró en la marcha ritual.

Hacemos el trato. Dos dólares para cerveza a cambio de arena sagrada; no está mal. Me encantan los trueques. Mucho más cuando los objetos de cambio no guardan la menor relación. Sólo en apariencia, porque de pronto recuerdo que Danny prefiere sentarse en el SandBar, a consagrar su propio ritual de dispersión. La memoria del hombre que una vez fue a la guerra, ya no tiene por aliada a la claridad. Sus blasfemias son mantras que sólo él repetirá, mientras la arena debajo de sus pies pierde consistencia, y a punto de hundirse en una tierra de nadie, romperá a reir sin dejar de llorar. Un hombre que viste de oscuro y sin talismanes, y desgrana su vida que es ensarte de heridas y derrotas, piel e hígados curtidos; escamoso pez que boquea a punto de morir.

Entonces decido que no llevaré la bolsa de arena a casa, sino que al terminar mi faena me iré al borde del agua y la desparramaré. No hay contento cuando sabes que a un hombre, como a una tripa rota, lo han vaciado de fe. No tiene sentido, me digo, desmantelar un mandala y al mismo tiempo, repartir minucias sagradas. La risa estrepitosa de Danny quizá lo intuya. Él, que hace mucho tiempo y sin retorno, perdió la ingenuidad.

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