De Anaximandro a Yemayá – Por José Prats Sariol

Entré los simpáticos zigzags de la vejez, considerarse agnóstico significa creer en casi todo. De ahí, de esta circense forma de agnosticismo, se deriva la paradójica responsabilidad cotidiana de ser a la vez escéptico y supersticioso, para no ir de víctima o caer en la simplicidad del ateísmo.

Tengo a gala –elegante frase de nuestros abuelos– ser hijo de Yemayá, la Virgen de Regla en el sincretismo católico, que veneramos cada 7 de septiembre, tanto los seguidores de la religión de origen Yoruba –“santería” en Cuba– como los que por afición nos vinculamos a orishas y ritos, sobre todo a la ceremonia donde Ifá predice y aconseja a través de sus ensartados cauris. Pero a la vez creo con fervor en los filósofos griegos presocráticos. Me arrodillo ante Anaximandro, porque he experimentado la seducción de su cilindro, que tanto intrigó a Albert Einstein y aún reta a los físico-matemáticos. Según el astrónomo y astrólogo jónico, uno puede girar en diferentes tiempos en el mismo espacio –por la Place de la Bastille  a partir de 1789–o en diferentes espacios en el mismo tiempo –por Berlín, Moscú y La Habana, el 9 de noviembre de 1989, cuando los alemanes derriban el muro–… Muestra inequívoca de que el rodaje del cilindro es una teoría tan fascinante como la transmigración, los avatares del karma, la resurrección, el borde del universo…

Una persona que profese la fe judía, cristiana o islámica, conocidas como las religiones del desierto o abrahámicas, sencillamente venera a Dios –bajo sus diferentes nombres y atributos– y sigue los dogmas propios de la secta heredada o elegida. Lo mismo ocurre con los ateos, se supone que no dudan de su dogma, referido a que la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma –según establecía el marxismo–. Y también se supone que tales materialistas ni ante una enfermedad o la muerte les de por rezar. Los astrólogos, espiritistas, órficos, cabalistas, babalaos, paleros y demás fieles, también se atienen a los rituales de la secta que escogieron. Y uso la palabra secta con ironía socrática, es decir, sin burla pero con distanciamiento.

Los agnósticos no podemos suscribirnos a ninguna religión. Dudo de todo y de nada, es decir, me preocupa chocar con un gato negro, las predicciones de Nostradamus y la misteriosa puntualidad de Inmanuel Kant en su paseo vespertino, que servía en Köenigsberg para que los vecinos pusieran en hora sus relojes de bolsillo.

 Si una tendencia filosófica enreda, complica, fastidia,  es mi querido agnosticismo, que también aplico al prójimo, la ética, la política, las literaturas, mi cuenta bancaria y en especial a la historia con sus pesadillas donde masa y poder –lo aprendí leyendo una y otra vez a Elías Canetti— son un cuento de Edgar Allan Poe.

Masa y Poder –escritas con letra inicial mayúscula—son una pareja diabólica, para que el escepticismo dibuje una agnóstica sonrisa ante la llamada realidad, aplauda la mayoría de los anarquismos, evite compromisos, filias inexorables o caritativas, por lo general demagogas, populistas, de una hipocresía grotesca, muy televisiva.

Un desafío que me caracteriza es reflejar en lo que escribo, de diversos modos, las pasiones que suscita tal agnosticismo, que desde luego decide mis inclinaciones a una estética despojada –o que trata de despojarse– de discriminaciones, autoritarismos, xenofobias, prejuicios… A expresiones artísticas que aparecen desempolvadas de ofuscaciones y empalagosas melazas, aquiescencias a las masas comerciales.

La señal agnóstica determina que en lo referente a preferencias estilísticas me guste propiciar ironías, paradojas, sintaxis que pueden jugar con períodos serpenteantes y alternarlos con frases unimembres, léxicos donde no hay fronteras entre lo popular y lo culto, metáforas donde sólo evito lugares comunes, tópicos embrutecedores. Desidias. Ser agnóstico segrega bastante adrenalina. Experimentas sensaciones similares a cuando esquiaste en los Alpes o nadaste más allá del coralino borde costero en alguna playa del Caribe, donde los tiburones suelen coletear. Ser agnóstico propicia, tal vez, una escritura más aventurera. O me hago esa idea, sobre todo cuando escribo cuentos o ahora que ando en negocios turbios con una nueva novela.

Quizás la titule Ya no se escriben cartas de amor. Se trata de un homenaje al escribidor que en México apenas sobrevive en algunas plazoletas populares, ofreciendo sus servicios a analfabetos o rústicos o carentes de facilidad de palabras, elocuencia, inspiración lírica o burocrática. Esos escritorios públicos están al desaparecer, tragados por Internet, y quiero rendirle homenaje a Carlos, uno de los que aún se ganan la vida en el seductor oficio epistolar. Tal motivo temático es similar al de los llamados escritores profesionales, que gozan de las mismas angustias ante el adjetivo que no aparece o la sintaxis macarrónica, lo que en la novela encarna en Fernando, uno de mis heterónimos. Se enreda con aventuras que sitúo hacia 2030, dentro de una Cuba (En Manzanillo, ciudad portuaria de la costa suroriental) que para entonces ya se ha sacudido el desvencijado y asqueroso caudillismo a la soviética, con aderezo maoísta y corridos mexicanos.

Trabajo en la novela porque –carezco de otro oficio– creo que el estado de la lectura, en la década que iniciamos, comienza por reírse de los catastrofistas. Hay más lectores que nunca antes en la historia de la humanidad, no sólo en cantidad sino en proporción a épocas anteriores. Los libros electrónicos, las consultas por Google y tantos sitios enciclopédicos, multiplican geométricamente los accesos a la cultura, suman diversas opciones, muchas de ellas fascinantes, como los textos interactivos y las video-conferencias, los programas para juegos verbales y crucigramas conexos… Los costos se han abaratado, muchos libros se brindan gratuitamente en bibliotecas y sitios públicos…

La literatura creativa o de ficción se beneficia de los avances de la electrónica, de los vertiginosos logros comunicativos, aunque generan un mar de ofertas difíciles de navegar, de seleccionar. Una tableta brinda variadas opciones para leer Guerra y paz o comentar un juicio de Harold Bloom sobre Virginia Woolf.

 Me burlo del viejo de alma, estúpidamente egoísta cuando cree que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nunca en las historias de la humanidad se ha leído tanto como ahora. Para bien, mal y sobre todo regular… Sin negar los elogios de la rapidez que muchos imbéciles exaltan, hasta el punto de que venden cursos para lectura vertical y otros disparates de cantidad de palabras por minuto, como si leer un poema debiera hacerse al mismo ritmo que una noticia o discurso político, como si no hubiera diferentes habilidades y destrezas, tan individuales como el gusto por el café colombiano, el whisky de Escocia o el batido de guanábana en Acapulco, para nada excluyentes.

Se lee más, también, y es lo más importante, para lograr una globalización sin tantos calentamientos espirituales, tan dañinos como los que afectan los océanos y las estaciones. Además de los milagros de la electrónica –verdadera revolución tan o más beneficiosa para la humanidad que la industrial—, es indiscutible que aun en los países más pobres la educación ha ido venciendo al analfabetismo básico en las generaciones emergentes. Y tal vez arrinconando al analfabetismo funcional, cuya feroz pervivencia se ve tan favorecida por la televisión, con programas que uno llega a pensar que se producen así con malévola intención, con el deseo de que quienes los vean no dejen de embrutecerse. Y por supuesto que el enemigo no es la televisión, genial invento. Se trata de un poderoso enemigo de la cultura cuyos orígenes remiten a los brujos de las tribus, al astrónomo maya que sabía cuándo se produciría un eclipse, pero que convertido en astrólogo atribuía su conocimiento a los espíritus, convertía en show mediático el fenómeno. Aun así, es innegable la existencia de muchos canales televisivos de carácter educativo, de programas genuinamente culturales, de fértiles opciones.  

También debe observarse cómo al geométrico aumento de la lectura contribuye, en estas primeras décadas del siglo XXI, los cada vez más perfeccionados traductores automatizados, sobre todo para textos en diarios y revistas, aun las especializadas; aunque es obvio que se pierde cualquier sesgo de estilo, que puede extraviarse alguna ironía y que desde luego han desaparecido matices conceptuales, cuando no ideas. Sin embargo, no hay que caer en las redes de los profesionales del pesimismo, que tanto abundan por Europa, que destierran las posibilidades de una vida más rica, compleja, diversa, para una minoría que proporcionalmente representa un grupo mayor.   

 Precisamente, la novela que escribo se desarrolla alrededor de 2030, porque no creo que mi destierro de Cuba tenga un fin inmediato, aunque me gustaría regresar, lo que quizás sea sólo de visita. Entonces no habrá lista de “regulados”, eufemismo actual del régimen para concedernos el honor a los que estamos en la distinguida lista, de no permitirnos volver. Pero el destierro tiene sus encantos, como aprendí al traducir L`étranger de Baudelaire. No me quejo, aunque aquí sí podría hacerlo, hasta sería bien visto… Allá dentro del caldero cubano estuviera preso, como casi me ocurre en 2003, cuando me expulsaron a México, a la barroca Puebla de los Ángeles, cuya hospitalidad me moriré agradeciendo.

Sólo soy uno más en una infinita diáspora, cuyos orígenes se pierden en las cuevas de Altamira. Parece que guerras, esclavitudes y destierros son consustanciales a la especie humana. Ni los cambios climáticos podrán inundar el pabellón de los desalojados. Tampoco podrán inundar mi alegría cada amanecer, cuando salgo a caminar junto al mar y ante el sol que nace.

Ahora mismo escribo para sentirme más o menos bien con mi agenda. Debo entregar la novela Ya no se escriben cartas de amor en 2022 –nunca se termina— a un impaciente editor. Reviso con una muy detallista traductora la versión al inglés de mi novela Diarios para Stefan Zweig, cuyas sesiones son agradablemente meticulosas. Y hay dos o tres ensayos revoloteando. Uno sobre mis intolerancias majaderas y malcriadas. Otro, algo adelantado, sobre cómo leía Harold Bloom, homenaje a quien considero el crítico literario de habla inglesa que más me ha enseñado, en particular a leer a Shakespeare y a los poetas románticos ingleses. Releerlo, tomar notas, esbozar apuntes, me está proporcionando un aprendizaje que alterno con la escritura de ficción para entretener mi agnosticismo. En el ensayo sobre las cercanas “intolerancias” hablo haciéndome el sincero, me burlo del sincerismo, esa plaga que tanto afecta a los poetas mediocres.

Elogio mis intolerancias… Empiezo con el ejemplo que para muchísimos cubanos se halla en un pedestal intocable, cuyos aforismos son venerados, aunque sean lugares comunes o dudosas verdades, como “Honrar, honra”. Se sabe que honrar no siempre honra. Basta de tolerarle a José Martí frases para influenciadores internáuticos y blogueros demagogos. Tampoco aquellas –tan emersonianas— que cualquier político de turno cita, desde Fulgencio Batista hasta los hermanos Castro Ruz, como que “La patria es ara y no pedestal” o los versitos de “Yo tengo más que el leopardo porque tengo un buen amigo”. No es cierto que “Hacer es la mejor manera de decir”. No dice nada: “Haga hombres, quien quiera hacer pueblos” o “Haga cada uno su parte de deber, y nada podrá vencernos”. Soy intolerable ante esta frase, que parece un anuncio de talco para nalguitas de bebé: “Hay un solo niño bello en el mundo y cada madre lo tiene”. O cuando descubre el vino tinto, y sin el menor pudor dice: “La ignorancia mata a los pueblos, y es preciso matar a la ignorancia”. O “Pueblo que se somete, perece”.

 Basta de tolerar bobadas, aunque la paternidad sea de un gran poeta, el mejor prosista del Modernismo de habla hispana, según Miguel de Unamuno. Basta de censurarme a mí mismo. Soy, sencillamente, intolerante. No puedo quedarme callado cuando alguien repite que “Patria es humanidad”. Porque no es cierto. Porque la patria de varios pueblos oprimidos, como los kurdos o los uigur o los maya-chontales, está fuera de ese humanismo a lo Naciones Unidas, aún es un sueño ante la opresión turca, china o de la élite criolla guatemalteca.

No puedo ser condescendiente con los siete policías que apalearon a un joven frente al capitolio de La Habana, porque protestaba contra la tiranía y la miseria. No puedo condescender con los corruptos de la élite militar que ha destrozado a Cuba en nombre del socialismo. Me es imposible callar ante los españoles que en Cuba buscan utilidades monstruosas, mano de obra calificada y dócil, mientras proclaman su amor a la isla. Confieso mi asco ante esa porción de la Academia estadounidense que aún se pone al Che Guevara en sus camisetas, sobre todo los latinoamericanos emigrados que hablan pestes del american way of live, pero no se mueven un milímetro para regresar a sus países. No tolero la demagogia de ciertas instituciones y partidos políticos cubanos del destierro, que carentes de membresías, patalean su vejez fracasada en canales de la TV hispana. Y así. Son las partes de mi condición intolerante.

Me permito ser enfático: Soy intolerante ante los negros que por ser negros quieren que sus poemas sean elogiados como dignos de Nicolás Guillén y Langston Hughes. O que por ser amarillos de China tenga la obligación de referirlos a la tradición de Confucio y Zhuangzi. Con las lesbianas que al no compararlas con Marguerite Yourcenar pudieran acusarme de que desprecio sus inclinaciones sexuales, grupo que extiendo a los gay que claman porque enaltezca sus bodrios en razón de que a García Lorca no le gustaban las mujeres. Me burlo de los orientales y municipales y campesinos que aducen sus faltas de oportunidades, en comparación con los capitalinos, para publicar, ser entrevistados, posar como estrellas más brillantes en los medios. Rechazo a los vejestorios que colocan la experiencia y el almanaque, sus perseverancias y tozudeces, como valores a respetar. Lo mismo que me asalta una risa burlona contra los jóvenes que se creen innovadores y talentosos en razón de su tesoro juvenil. Proclamo mis intolerancias.

No me da la gana de aplaudir a machistas y feministas, que me parecen puntas de un árbol torcido en el Alto Orinoco de Los pasos perdidos. Ni soy capaz de pasarme con ficha cuando me ponen por delante títulos de doctorado, medalleros, diplomas con bordes dorados; porque generalmente, cuando empiezan por ahí, se trata de odres huecos, avenidas sin estacionamiento, pozos rimbombantes. Suelo pensar en otra cosa cuando oigo a políticos asegurar que se mantendrán firmes en sus ideas para siempre jamás. Admito que me releguen los dueños de la verdad, los misioneros del futuro luminoso, porque yo les saco la lengua cada mañana tras lavarme los dientes.

No me molesta ser un intolerante. Que me lo griten al cruzar la rue Richelieu, al doblar la esquina del Bryant Park rumbo a la Library, al sentarme en el Café Gijón. Acepto que no me inviten a sus eventos y saraos, a sus publicaciones y asociaciones de bombos mutuos. Pago el precio. Que me cueste indica cuánto me ahorro cada día de gestos hipócritas, de máscara sin transparencia.

Ser intolerante también me alude a mí mismo, por supuesto que sí. Pero ese es un tema privado, que apenas comparto con mi almohada o paisaje en mis caminatas diurnas. Me parece que ciertos tipos de intolerancia nunca han sido tan mala.

Debiera ser más intolerante con mis propios libros, pero el ego –¿no dicen que los cubanos somos los argentinitos del Caribe?– me traiciona… He publicado tres en 2021: Obra Selecta, por la Editorial Aduana Vieja; la reedición de Erótica –mi primer libro de cuentos– por la Editorial Casa Vacía y la introducción a la edición revisada de Todo Paradiso –la inconclusa novela de José Lezama Lima–, por la Editorial Verbum. No me puedo quejar, detesto la mala suerte de los escritores que tienen la gaveta llena, aun de aquellos enfermos que se vanaglorian de su masoquismo por estar inéditos. Me honra haber preparado la primera edición donde aparecen juntas Paradiso y Oppiano Licario, la única novela que escribiese José Lezama Lima, que no pudo terminar. Remito a mi extensa “Introducción” y a mi libro Lezama Lima o el azar concurrente. También a la edición crítica de Paradiso, donde aparece mi estudio sobre las recepciones.

Lezama haciendo el Tetragrammaton

El magnífico volumen estuvo al cuidado muy profesional de Naiara Sanz, que me soportó con sangre vasca las vueltas y revueltas contra erratas… Elegí para la cubierta una significativa foto del Paseo del Prado habanero, cuya arboleda parece un túnel manierista y los edificios laterales y del fondo dan la impresión, como las farolas, de una vieja dama indigna, renuente a perecer bajo ningún gobierno. El Prado era uno de los sitios donde Lezama se sentaba a coger fresco, conversar, tras caminar apenas cuadra y media desde su casa de Trocadero 162. La foto resalta la inundación por el oleaje marino, como ocurre en la novela con la sala de la casa donde flotan los manuscritos; de ahí que tras barajar muchas opciones escogiera esa foto tan simbólica, alusiva.

El prólogo a mi Obra Selecta que acaba de aparecer por la valenciana Editorial Aduana Vieja, en una Colección que me alegra dirigir, es de Alberto Garrandés, escritor cubano residente en Cuba. No hay, por ahora, redundancia. Quise que fuera un amigo de “adentro”, no de “afuera”, quien tuviese a su cargo el volumen. Y no me falló el cálculo, la búsqueda de ecumenicidad sin fronteras. Todo lo contrario. Estoy muy contento con sus hipótesis, que le imprimen al velamen –a cada ensayo escogido por los editores— una dinámica donde se prioriza al lector, donde el diálogo siempre está abierto a la disidencia, a otros puntos de vista. Creo que ofrece una acertada muestra de parte esencial de mi vida, es decir, de mis ensayos de crítica literaria, aunque por razones de espacio se tuvieran que excluir textos muy queridos, de valores exegéticos y afectivos, sobre todo reseñas y artículos. Los ensayos incluidos habían aparecido en otros libros míos, como consta en la bibliografía final, por lo que ahora se han dado un baño juvenil, donde quisiera sumergirme, claro está –sacudirme unos años–. Muy claro está.

Y qué añadirle a mi Erótica. Ahora reeditada desde Richmond por la nietzscheana Editorial Casa Vacía, con la misma cubierta de la edición príncipe de Letras Cubanas, realizada allá por el Palacio del Segundo Cabo en La Habana profunda de 1988. Lo cierto es que desde hace décadas el librito estaba agotado. Me consta que un amigo alemán, francamente botarate, compró un ejemplar a un librero de El Vedado a un precio exagerado, aunque era de tercera o cuarta mano. Le escribí una “Nota de arqueología literaria” para preceder la reedición y aclarar cómo entonces burlé la censura del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) y sus por suerte poco sagaces inquisidores, vinculados a la Seguridad del Estado. Hablo también del editor: Eduardo Heras León, cuya ascendencia asiática, experta en evitar confrontaciones, no lo libró en aquel entonces de sufrir penosas sanciones, por lo que temblaba ante la posibilidad de que se repitieran, lo castigaran con el envío a otra fábrica, como la acería Antillana de Acero, donde purgó sus leves pecados.  Allí también explico que suprimí un cuento y una viñeta porque me parecía que el tiempo los ha vuelto figuras de cera poco sugerentes, explicativas. Me sigue pareciendo que “Index Librorum Prohibitorum” está entre los tres o cuatro cuentos míos de los que estoy casi satisfecho, por lo menos es el que con más ingenio le saqué la lengua a los censores.

Parte esencial de mi agnosticismo es que no aspiro a comulgar ni a que comulguen conmigo. El diálogo crítico, la polémica fértil, indica inteligencia, huye de hipocresías. Ser agnóstico y supersticioso también significa simpatizar con las contradicciones, con aquella dialéctica de los órficos y estas burlas a cualquier jerarquía. No hay de otra para la otredad.

. Me parece bien que mi amigo, el poeta cubano Manolo Díaz Martínez, me envíe unas lúcidas palabras del pensador español Antonio Escohotado: “He sido comunista muchísimo tiempo, hasta que se fue filtrando lo que pasaba en la Unión Soviética. Poco a poco me fui decepcionando también con Cuba. Me di cuenta de que aquello no funcionaba, que en realidad no funcionó nunca. Que no era una aventura de emancipación humana, compasión y eficacia. No había compasión, no había eficacia, fijar los precios por decreto era demencialmente ruinoso. También estaba convencido de que Marx era un gran pensador, y un hombre coherente, y solo dos años de estudio demostraron que ni un solo concepto suyo llega a tal. Fue duro aceptarlo, porque revelaba mi trivialidad y descuido previo”.

Hago mías su decepción, valoración de Marx y vergüenza por aquellas trivialidades de antaño, aunque nunca fui comunista ni tuve la desgracia de militar en ningún partido político. Lamento la muerte de Antonio Escohotado, pero no sé cómo pudo ser comunista “muchísimo tiempo”. Su sinceridad también es parte de mi agnosticismo ético, cuando se atreve a acusarse de trivial y descuidado.

 Me escapo con Yemayá y Anaximandro, hacia otros horizontes, que son los mismos, pero a bracear sobre oleajes desconocidos.

Aventura, febrero y 2022

José Prats Sariol

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