Secundino y el Mar – Por Francisco García González

Secundino mueve el pequeño remo y las patas de rana bajo el agua. La balsa se aleja de la costa y el caserío. De espaldas al horizonte ve achicarse los cocoteros, las matas de uva caleta, las casuchas del poblado. La ligereza de la balsa y el mar tranquilo, a esta hora de la mañana, le permiten tomar distancia suficiente de la orilla hasta llegar adonde la pesca es mejor. La balsa no solo es ligera, su precaria hechura —a base de una cámara grande de tractor rellena de poliespuma acoplada a una pequeña plataforma de madera—, es justo lo que los pescadores como él necesitan para merodear la restinga sin distanciarse lo suficiente. Al ritmo que se agitan las patas de rana y el remo Secundino rebasará muy rápido el canal que se abre abajo entre los arrecifes y allí, en el veril, se aprestará para la jornada, lanzará los revoleos y a sumirse en la espera: la herramienta y el trabajo de los pescadores, aun de los de menos suerte como él.  ¿Por qué vengo cada semana más de una vez? Es la pregunta que Secundino siempre se hace. Como ahora mientras se aleja de la costa agrandando la distancia entre él y Sanabria. En apariencias es una pregunta simple para la que no tiene respuesta exacta. La que menos le gusta, pero la que quizás sea lo más cercano a algo preciso, es en la que se compara con esos moluscos que viven adheridos al diente de perro de la orilla, y que asumen el color de la piedra, de las algas en medio de la cercanía de otros moluscos exactamente iguales. Otras veces piensa que es simplemente porque le gusta el mar y que este ejerce sobre él una especie de misteriosa adicción. De niño, cuando veía de lejos esta misma playa de roca viva y escasas arenas y la cresta de las olas entre la orilla y el horizonte, Secundino temblaba, al punto que temía que alguien, o sus padres, se dieran cuenta. Pero Secundino ya no tiembla, a no ser cuando el frio lo acorrala y le tulle los huesos y le dice que llega el fin de la jornada y tiene que regresar, aunque la pesca sea poca o ninguna. A pesar de su insistencia Secundino no vive de la pesca. El tiempo en que le arrancaba unos dólares al mar había quedado atrás hacia mucho. Ese tiempo se había ido con el Esperanza y la razón de Sanabria. Ahora se las arregla con la cría de puercos y de conejos, con la ropa que vende Maray. Además de lo que saca de las peleas de perros y de gallos, y a la pelota en época de la serie provincial cuando va al estadio a jugarle a favor o en contra a su propio equipo sin que le duela demasiado. Es un juego, se dice, y aunque sea dinero sucio hay mil formas honestas de gastarlos: en el mercado, en la leche, los zapatos para el hijo de Maray o en su promesa… en su promesa… Secundino deja de mover las patas de rana, calcula, por el color del agua, que está justo entre los dos pliegues de arrecife situados a ambos flancos del canal. Prepara los dos revoleos, ensarta los camarones y los gusanos de mar en los anzuelos, lanza cada uno hacia ambas quillas de la balsa para evitar que se enreden bajo el agua y traba los carretes en sus respectivos cabos. Mar adentro ve la silueta luminosa de un yate de pesca. Distingue varias personas en la cubierta. El yate con las varas en la popa le agita los recuerdos de Sanabria. Secundino no desea estar triste, evita estar triste, en lugar de Sanabria piensa en el tiempo en que tuvo un perro de pelea. Vandán, como el actor de películas de artes marciales. Su bocaza era una gran tenaza, apretaba como si fueran tres y se dejaba entrenar en las tardes. Lo ataba atrás de la bicicleta y lo hacía correr kilómetros con la lengua y baba fuera de la inmensa boca. Vandán era plata fácil. Hasta que apreció Maray. El yate se aleja. Secundino se da un trago de limonada endulzada con miel de abeja. El líquido helado baja por su garganta, la acaricia delicado, ajeno a la balsa y a su vida. Por culpa de Maray tuvo que vender el perro. Había mujeres que eran así, odiaban la crueldad y punto. Eso no era malo, decía mucho de ella. Mira hacia donde el agua es más clara sin soltar el nylon del revoleo que está en dirección a la orilla. En ese momento aparece otra balsa, muy parecida a la suya. Encima otro hombre rema en dirección hacia Secundino. El hombre deja de remar y lanza sus nilones uno hacia el sur, el otro hacia el norte. El hombre lleva un sombrero y una enguatada para evitar exponerse cuando el sol levante. Le hace señas con su mano extendida a Secundino y este le responde el gesto. Complicidad de pescadores. Tal vez veas a esos tipos en la calle y ninguno le hará caso al otro, aquí nos saludamos todos, le dijo Sanabria al cruzarse con varios pescadores en una de las primeras salidas en el Esperanza, un pequeño bote de motor que había desaparecido hacía más de dos años. Eso le gustaba de Sanabria, su capacidad de observación y su sabiduría. El revoleo que mira al norte comienza a girar alrededor del cabo. Secundino deja el nylon que tiene entre sus dedos, se ocupa de la picada. Apenas lleva media hora de pesca y un pez ha mordido el anzuelo. Tira del cordel, comprueba la calidad de la picada y el peso aproximado del pez y comienza a recoger el nylon con el carrete. Sabe que no es una pieza del otro mundo menos de media libra si acaso que, restando las espinas, es como decir nada o casi nada. Un pescado que Sanabria devolvería al mar. Sanabria, no él. Mientras tira del cordel vuelve apoderarse de Secundino la idea que desde que desapareció el Esperanza lo tortura: Sanabria perdió la razón por su culpa. O si no ha sido así, por lo menos aceleró su escape por la puerta del Alzheimer. Deja de halar y el pez se aleja de la balsa en una sensación de huida hasta donde le permita la longitud del nylon. El pez huye, se consume en una ilusión de la libertad recuperada, mientras a Secundino le es imposible escapar de su arrepentimiento. Sanabria le había tomado cariño, se habían conocido gracias a un tío de Secundino. Al viejo ya no le gustaba salir a pescar solo y sus yernos eran gentes ocupadas. Sanabria lo esperaba en las madrugadas y cuando regresaban de la pesquería, su mujer lo invitaba a almorzar. Sanabria tenía cuatro hijas que se turnaban para atenderlo desde que su mujer había muerto. Algo que también se incrustaba a su arrepentimiento, Secundino cree que la vieja murió de tristeza, de ver como su esposo comenzó primero a extraviarse, luego a confundir las palabras y la gente, así hasta que dejó de caminar y hubo que atarlo a una silla debido a los repentinos ataques de violencia. Secundino recoge el cordel, levanta su vista al cielo. Un helicóptero vuela en dirección al aeropuerto militar cercano. En la panza del aparato Secundino distingue las siglas MGR. Marina de Guerra Revolucionaria. ¿Tú eres revolucionario?, le preguntó Sanabria en una de las salidas. ¿Qué voy a ser si es lo único que conozco? A Sanabria no le gustaba que le respondieran con una pregunta a la suya. Tú no eres nada ni líquido ni sólido, como el puré de papa o la plastilina, rio el viejo.  ¿Tu tío no te dijo que yo era casquito de Batista? Secundino no sabía ni le importaba. Sanabria era un viejo y a su modo de ver, a los viejos se les podía perdonar casi todo. ¿Cuántas veces gritaste pionero por el comunismo seremos como el Che cuando eras chiquito?, le preguntó Sanabria una mañana en que no picaba y el agua estaba quieta. Muchas, respondió Secundino encogiéndose de hombros. Yo vi al Che correr en la Sierra Maestra, le dimos con todo a su grupito, anota porque  eso no está en los libros de historia, dijo Sanabria, pero el tipo era guapo, cualquiera corre pa´ salvar el pellejo. Eso de que había cosas que no estaban en los libro de historia le interesó a Secundino y el Esperanza dejó de ser un simple bote de pescador para convertirse en el espacio en el que un hombre no cesaba de evocar su pasado de soldado, de jardinero, de chofer de camiones. Entonces Secundino comprendió: nadie ni la vieja ni sus hijas ni sus yernos lo escuchaba, justo en ese momento en que los hombres sienten que el tiempo se acorta y hablan más de lo que vivieron que de lo próximo o lo de hoy. Secundino hala y saca el pez del agua. Un ronco discreto, de esos que si le hace buena publicidad apelando a su frescura, lo podrá vender. El pescado se retuerce encima de la tabla, emite un ligero sonido. Secundino lo ensarta en un cable atravesándole una de las branquias hasta sacárselo por la boca y ata el cable a uno de los cabos de manera que quede fuera de la balsa. Prepara otra vez el anzuelo y lanza el revoleo lo más lejos de la balsa que puede. Ve que las dos balsas se han acercado gracias a la deriva. Secundino distingue los estragos del sol en el rostro del otro. Sin tocar el remo mueve las piernas y toma una distancia prudencial. Algunas gaviotas vuelan cerca, se dejan caer en picada, emergen, se alejan, se acercan. ¿Y si las gaviotas también echaran de menos el Esperanza? Son ideas estúpidas de pescador solitario, piensa. A veces los pájaros venían a posarse en la caseta que protegía el motor. Una nueva ola de arrepentimiento se apodera de Secundino. La mano se queda rígida apretando el nylon entre sus dedos. No hay nada en el mar que no evoque su amistad con Sanabria. Su amistad y su traición. Cambia el cordel de mano. Cuando Carlos le dijo que pensaban robarle el bote a Sanabria para irse del país, Secundino pensó que las cosas no irían más allá del puro alarde. Carlos y el Oso lo invitaron a irse con ellos. Secundino se negó, le sobraban razones, no quería hacerle esa mierda al viejo, le iba bien con Maray. Aparte, no estaba seguro de que el Esperanza resistiera un viaje tan largo. Secundino cree que al menos debió prevenir a Sanabria para que reforzara la seguridad del embarcadero. Una mañana el bote no estaba. Secundino calló. Carlos era su amigo, los unían otras lealtades, suficientes como para no abrir la boca. Ni Carlos ni el Oso se fueron a ninguna parte, vendieron el bote y ahora vivían en La Habana. Allá tenían una cafetería. Fin de la historia: Sanabria hizo su entrada en el reino de las sombras. ¡Como dolía! Secundino recoge el nylon que mira hacia el otro pescador. Le han volado la carnada. Lo prepara otra vez y lo lanza al agua. Recoge el otro nylon, revisa el anzuelo, lo devuelve al mar y se aleja aún más de la otra balsa. Es triste ver a Sanabria atado a una silla. Aunque esté vivo quizás su sombra ande persiguiendo a la del Che Guevara por alguna de esas quebradas que deben haber en el más allá, imagina Secundino. El ronco se agita en el extremo del cable. Bebe del pomo de limonada a la vez que su vejiga se vacía en el mar, siente el orine cálido por debajo del short empapado. Es una sensación agradable. Ahora papá usa culeros, le dijo con amargura una tarde en que venía por su bicicleta una de las hijas del viejo como quien da la noticia de una derrota. La mujer y lo llevó al patio. El viejo estaba atado a su silla, medio desnudo y enfundado en un culero desechable. Secundino vio los pies resecos, las uñas amarillentas y gruesas, los muslos delgados. Sanabria tenía la vista fija en el limonero donde dormían las gallinas. Reparó en Secundino y habló… De su boca brotaban ruidos inconexos, interjecciones, sonidos que eran el lenguaje del extravió. Habla igual que los pajaritos, dijo la mujer, y a Secundino se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se humedecieron. Puso su mano en el hombro del anciano. Desde aquel momento les ayudaría a comprar los culeros de Sanabria. La mujer se negó. Secundino insistió. Bueno, si quieres, le dijo la hija. Secundino es sacado de sus pensamientos por una nueva picada, el revoleo que da hacia la orilla se mueve en torno al cabo que lo sujeta. El nylon se va tensando. Tira hacia él y logra atraerlo en dirección a la balsa. ¿Qué clase de picada es esta? Hala hasta que una fuerza superior a la suya va estirando el nylon hasta vencerlo y se queda solo con el carrete vacío en la mano. Secundino mira hacia la orilla y entiende: su anzuelo y el del pescador se han enganchado en el fondo del canal porque los nilones se han cruzado. Intenta traerlo hacia sí de un tirón y el anzuelo se clava en la palma de la mano del pescador. Sigue halando y el garfio penetra todavía más en la carne. Secundino desea recuperar su avío y le grita al hombre que lo suelte. El hombre desesperado, adolorido, trata de cortar el nylon de Secundino, pero un nuevo tirón se lo impide. El pescador grita, que deje de halar para poder cortar en nylon. Secundino también grita, quiere su anzuelo de vuelta. Gritan y ninguno se escucha por el viento, el ruido de la marea. La sangre brota de la mano del hombre y cada vez que intenta cortar el nylon Secundino se lo impide. A mitad, entre los dos, vuelan las gaviotas. Los dos hombres se sumen en una pequeña y cruel batalla acompañada de gritos sordos e inaudibles malas palabras. El pescador insulta a Secundino con las peores ofensas que ha aprendido desde niño, que no son pocas. El anzuelo cava en su carne tirón tras tirón y casi llega al hueso oculto bajo el músculo. En un último y desesperado esfuerzo por librarse del garfio enterrado logra cortar el nylon. La sangre mana copiosa a través del hoyo en su carne. El dolor es tan intenso que no puede ni tocar ni mover el gancho. Grita algo a Secundino, pero su voz es débil, muy débil. La vista se le nubla y pierde el conocimiento por unos instantes. Secundino recupera el nylon. Maldice porque la mañana le ha valido solo un ronco, y para colmo ha perdido un anzuelo por culpa de una absurda casualidad. Mueve las patas de rana mientras rema y se aleja de la otra balsa que la deriva empuja en dirección al oeste, y cuando considera suficiente la distancia ata un nuevo anzuelo al nylon cortado, le pone la carnada, hace varios molinetes por encima de su cabeza, lo arroja lejos de la balsa y ve como el hombre comienza a moverse hacia la orilla. De repente se da cuenta de que el ronco es atacado por innumerables y pequeños peces. Secundino los espanta con el remo, no desea poner el pescado bajo el sol y renunciar a su frescura. El sol ha levantado lo suficiente, bebe agua y come unas galletas acompañadas por tragos de limonada. Ve como el hombre llega a los arrecifes de la orilla, saca la balsa, la tira sobre el diente de perro, encara el mar y hace unos gestos en dirección a Secundino. No hace falta escucharlo, son palabras duras, y aunque no tiene idea de lo que ha padecido el hombre, le devuelve los gestos: el pescador le ha volado un anzuelo, regalo de Sanabria como todos los que usa. El pescador se aleja de la costa dando tumbos con la balsa al lomo. Los peces regresan y Secundino los vuelve a espantar. El ronco se agita, intenta librarse del cable y de los depredadores que lo atacan. Los peces apenas se alejan, se abalanzan contra la presa y le muerden las branquias y los bordes de la boca. Una nueva picada sacude el revoleo lanzado en dirección a la orilla. Secundino recoge el cordel hasta sacar el pez del agua. Una rabirrubia algo más grande que el ronco. Ensarta el pez junto al otro y mientras lo hace piensa en Maray. Al principio sus padres no estuvieron de acuerdo. Qué era eso de cargar con una mujer que tenía un hijo de otro hombre. Pero sus padres se equivocaron. Maray era buena. Él la había seguido cuando esta le decía que iba a visitar a algún familiar o a limpiar en alguna de las casas de las gentes que tenían restaurantes, y siempre iba adonde decía. Eso lo impresionaba porque significaba, a su modo de ver, que Maray no era ninguna puta. Cuando se fueron a vivir juntos la admiró todavía más. Era una buena ama de casa y, aunque nunca lo había hecho, enseguida asumió lo que se debía hacer con los puercos, las crías de conejos y de pollos. Mantenía limpios los corrales, las conejeras y las jaulas, alimentaba a los animales, barría el patio, además de atender a su hijo. Cuando él se iba a trabajar en el bicitaxi, Maray se encargaba de todo. Al regreso solo tenía que bañarse, comer y ver juntos la telenovela. Y acomodados frente al televisor Maray le preguntaba cómo le había ido el día, y Secundino le contaba de los viajes por el pueblo o hasta el caserío de la costa donde vivía Sanabria, de los clientes, de los líos con la policía por las licencias, de la competencia de los otros bicitaxistas. En la pantalla hablaban las mujeres enamoradas y los galanes y allí, en el sofá, Secundino le hablaba de una vida ríspida y menos atractiva. Gracias a ella su plan de comprarse dos o más bicitaxis para arrendárselos a otros prosperaba, y no tendría que pedalear nunca más bajo el sol. Los depredadores atacan a los dos pescados. De las branquias del ronco cuelgan hilachas de pellejo. Secundino los hace huir con el movimiento de las patas de rana y de pronto se siente cansado. Estaba despierto desde la madrugada. Echa a un lado el remo. Se acomoda dentro de la balsa y recuesta la cabeza sobre la cámara. Las piernas cuelgan fuera. Secundino mira el cielo. Ligeras nubes se agrupan hacia el este, señal de que en la tarde lloverá. El ruido de las olas al golpear la balsa lo adormece con su cantinela monótona. Sus ojos se cierran cuando una idea terrible brota desde la recóndita oscuridad de su mente: y si mientras él perdía su tiempo en el mar Maray estaba con otro hombre en su propia cama. Secundino se incorpora como tocado por una descarga eléctrica. Su mujer no es ninguna puta, pero cualquiera puede flaquear, la carne de las mujeres es tan débil como la de los hombres, y Maray se pasa sola la mayor parte del tiempo. La idea lo tortura. Piensa en sus enemigos. Repasa su lista de amigos, y justo ahora no confía en ninguno. En el fondo cree que cualquiera de ellos, buenos o malos, le puede poner los cuernos, incluso con placer. ¿Quién podría estar encaramado ahora mismo encima de Maray? Repite nombres y cree entrever en la sombra de algún malentendido pasado, en alguna deuda olvidada o no saldada a tiempo, en alguna palabra dicha al descuido y jamás aclarada o simplemente en algún gesto turbio o descuidado la razón perfecta para sonsacar a su mujer. Los peces, que cada vez son más grandes, siguen royendo lo que pueden de los pescados ensartados en el cable. Secundino barajea trasfondos en las miradas, frases extrañas dichas al vuelo. Si al menos contara con Sanabria para preguntarle. Entre el viejo y Maray siempre hubo simpatía, fue ella quien primero celebró que Secundino le comprara culeros desechables para personas enfermas. Pero, así y todo, la seguridad de que Maray lo traiciona lo roe como los depredadores a sus pescados. Es hora de irse. Saca la ensarta y el ronco es casi pura espina. Arroja los restos lejos de la balsa e imagina el festín antes de que estos lleguen al fondo del canal. Recoge los revoleos, guarda los avíos dentro de la bolsa, rema y mueve las patas de rana con inusitada fuerza hacia a la orilla. Apenas se detiene en casa de Sanabria, deja la balsa, se despide de una de sus hijas y desaparece hacia el pueblo en la bicicleta. Pedalea presa de una sensación que jamás había experimentado ni en los días en que seguía a Maray ni al comienzo de la relación cuando nadie apostaba por una tipa sola y con un niño de tres años. Se siente traicionado sin saber con quién ni en qué circunstancia ni desde cuándo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo podía irse a pescar todas las semanas sin sospechar de Maray? Por eso ella nunca se ha opuesto a su obsesión de pescador de poca suerte. ¿Qué diría Sanabria? ¿Se reiría de él? Y en su desesperación tiene la idea de que si su mujer le pega los cuernos es lo que merece por haber permitido que Carlos y el Oso le robaran el bote a Sanabria. El sol derrite el asfalto, los árboles, la espalda, el cráneo de Secundino. ¿Y si el sol y la canícula le quitan a Maray las ganas de irse a la cama con otro hombre? Afloja un poco el ritmo del pedaleo. Soy un comemierda se dice, frena la bicicleta y cuando está a punto de bajarse y sentarse un rato a la sombra de los árboles que flanquean la carretera, retorna la inquietud de los malentendidos, las deudas olvidadas o no saldada a tiempo, las palabras dichas al descuido… Secundino pedalea con mayor intensidad. Atraviesa el poblado, toma por el terraplén que lo lleva hasta el grupo de casas donde vive, deja la bicicleta tirada en la entrada, la puerta de su casa está abierta, entra, se para en la puerta del cuarto, mira la cama tendida y vacía, la cuna del niño, sigue hasta la cocina, la olla de presión silva acompasadamente, se asoma al baño y ni sombra de Maray. Teme gritar su nombre. Entonces Secundino sale al patio y ve a su mujer de espalda, parada frente a la conejera. Secundino respira agitado, mil tipos en bicicletas desesperados pedalean dentro del pecho. Se para junto a la mujer que lo mira y le sonríe. Dentro de una de las jaulas el macho pinto de gran tamaño monta a una de las conejas. Tú la ves ahí abajo, pero ella es la que manda y es muy dura con él, le dice Maray. Secundino sonríe, asiente. Sí, pero ese pinto es una fiera, dice, y Maray le cruza el brazo por la cintura, recuesta su cabeza en el hombro de Secundino mientras los dos animales se sacuden y la brisa mueve los gajos de las matas de guayaba.

Montreal, junio de 2018

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