El Dios Embrionario o el Séptimo Princípio – Por Javier Alberto Prendes Morejón

El hombre nunca estuvo desamparado de Dios, porque esto es precisamente lo que los teósofos llaman de Séptimo Principio o Atma para los hindúes[1], el Cristo o Padre en Secreto para el Cristianismo, el luminoso Augoeides agnóstico -el reflejo individual microcósmico del Gran Todo. Es decir, el Yo-Superior, el Ego espiritual o divino cuyo claustro es -y aún así biendecido- el propio cuerpo, esta forma mohosa y transitoria, pero excelsa. El hombre es, de hecho, una catedral, como las góticas erigidas por masones operáticos y aquella Línea de Adeptos de las Artes, o es, al revés, una simple casa sin techo ni luz interior. El hombre como un Dios embrionario conserva en sí capacidades latentes más allá de las percibidas normalmente, que si bien puedan ser imaginadas con mucho o poco ahínco, aún no han sido conquistadas como un todo por la humanidad, a excepción de algunos pocos que constituyen, naturalmente, su vanguardia.   


 1. Siempre acompañado del Sexto, o Budhi, la Intuición, como razón perfecta, iluminada, superior, instantánea. La Intuición, cuya base es la imaginación, cuyo muelle propulsor es la fantasía, es el privilegio de la civilización futura; hoy por hoy se encuentra subdesarrollada -en la humanidad como un todo- y poco o nada fecundada en la pedagogía, a execepción de algunos pocos modelos pedagógicos alternativos alrededor del mundo, por ejemplo, los métodos de enseñanza de Rudolf Steiner (su escuela Waldorf), muy particularmente a través de las Artes y Letras. Es, no obstante, la Intuición, la verdadera pedagogía, o su elemento más rutilante e importante, al lado de la vida práctica y diaria. Por ser la Intuición un atributo de la Consciencia Eterna (Eros, que nada tiene que ver con erotismo, sino con el Bien supremo que es puro Amor), al tratar de desarrollarla, se alcanza el propio Yo Espiritual, se agudiza. Así, el sistema de enseñanza que ponga este valor como superior, como meta principal, estará, por consecuente, haciendo vibrar el Espíritu, por tanto lo Sagrado. Por eso, la mejor de las pedagogías se dirige hacia lo alto, donde todo se divisa. La vacilación, la duda constante, los drásticos cambios de humores, etc., no pertenecen al Yo Divino, sino al Alma Animal que titubea.  


El hombre actual sólo utiliza cinco sentidos, como es evidente, pero en su sublime y más primoroso estado es portador de otros dos sentidos, manifiestos por algunos hombres adelantados, como son la clarividencia y la clariaudiencia, atributos de una humanidad futura más integrada a la Divinidad, o más espiritualizada.

El hombre es esclavo de las férreas cadenas del dolor, por no saber buscar dentro de sí mismo a la Divinidad de la cual siempre ha sido el dueño y el relicario. En su misma frente, el hombre fue dotado de un Fuego Sagrado, un Rayo Luminoso -el dicho Tercer Ojo, el Ojo de Shiva, el Uraeus mágico de los egipcios- que le ha permitido vencer todos los obstáculos y convertirse, por derecho proprio, en “Rey de la Naturaleza”. Pero vive tan mínimamente, que parece no hacer uso de ese elemento en sí divino, para al contrario someterse a sus instintos animalescos más brutos. Hasta hoy -como todavía no podríamos dejar de extrañar, pues vivimos en una Kali Yuga- el hombre viene siendo contínuamente devorado por la Esfinge egipcia, tebana, que siempre le pregunta con aire amenazante: “¿Quién eres? ¿De dónde viniste? ¿Para dónde vas?”… y el pobre timonero que es el hombre, en ese frágil barco que es el cuerpo y en ese tempestuoso mar que es la vida, renacimiento tras renacimiento, como un náufrago en el abismo, cuerpo tras cuerpo como si fuera delicada mariposa metamorfoseándose continuamente, a cada nueva mañana sirviéndose de nuevas vestimentas después de dulce ensueño… acorralado está por la incertidumbre, pues no sabe responder a la magna cuestión, y tan siquiera se preocupa con ella, aunque fuera por dos minutos. Y estas francas perguntas, que solo las responderá nuestro propio Yo, son las cuestiones fundamentales de todos los problemas humanos; sólo algunos se atreven a aventurarse en esta pesquisa y reminiscencia profunda: son, por tanto, la élite a través de las Eras, ciertamente contrapuesta a las muchedumbres de hombres instintivos y puramente animalescos, mentes solemnemente concretas, hombres puramente anímicos, aunque instruídos y hasta eruditos. ¿Y sin embargo, qué otra misión sería  la del verdadero filósofo, la del verdadero científico, la del verdadero artista?

El Dios antropomórfico de los cristianos, tal como es: vengativo, celoso y arrepentido (pero… ¿no es Él perfecto y justo?), es una clara distorsión de lo Absoluto, lo Incognoscible, el Dios Desconocido, desde luego sin atributos. Es perder la fe[2] y que el poder en sí mismo dependa de un dios exterior y, aun peor, personal; es considerarse menor de lo que realmente somos, pues en verdad somos Dioses diminutos, empequeñecidos, comportándonos más bien como Dioses recalcitrantes, revoltosos, infieles, y malhumorados[3]. 

Y el hombre de cultura, desgraciadamente, sabe mucho de los otros, malgastando su vida en comentarios a terceros, pero nada sabe de sí mismo -de sí mismo es un tomo en blanco, un caballo sin caballero, una partitura difusa en franco desequilibrio; vive pleniausente de sí mismo. Puede ser una verdadera enciplopedia viva a la francesa, a la cubana, pero eso no lo hará más virtuoso ni más sabio. Peor – dada nuestra cultura materialista, ese cáncer innato de nuestra sociedad: ni siquiera se tiene el ansia profunda por la Sabiduría Universal, más allá de las religiones tan equivocadas, tan superficiales y limitadas. Ante su efímera vida, pasa por ella sin elevar la mirada a cumbres más antiguas y torres más altas que las que conoce; y cuando reserva a sí mismo la sabiduría por intermedio del arte, lo podrá hacer bien y con destreza, pero no percibe, sin embargo, casi nunca, la verdadera y honda influencia de los “lastres” de las cosas sublimes por doquier, que no logra conocer por su férreo escepticismo, o por su vana curiosidad. Así, se adora a ídolos que solo llegaran a ser grandes y ser como eran por su carácter místico, hermético, teosófico, solo dado a ver en tantos casos implícitamente, o de manera escamoteada, en sus obras, pero raramente sigen con perfección el hilo mágico y perfumado al cual tantos estuvieron vinculados, o mejor, de buena y sencilla manera esclavizados. Es como si necesitara -el hombre culto contemporáneo- pasar muchos años en una Cofradía o Templo de antiguas reminiscencias, tales Fraternidades Ocultas, como las del antiguo Egipto en Luxor, en el Cairo y en Sais, meditando particularmente sobre el enigma de la Esfinge -el suprasummum de la indagación filosófica, punto de partida de la evolución consciencial-  para lograr convertirse en señor de sí mismo, verdadero discípulo de los Dioses, y pasando por muchas y diferentes pruebas iniciáticas, todas muy práticas y muy mentales, en Templo como en Sociedad… Ese laberinto negro es la Iniciación, y más aún la Iniciación en la Vida[4]. 


2. Fe es creer sin ver, sentir sin saber, hablar sin razonar, razonar sin hablar, ser sin ser. Es oír el oído interior, la boca interna, la llama sempiterna. Fe e imaginación están estrechamente relacionadas, porque quien tiene fe imagina el oro -la Riqueza verdadera- en tan múltiples prismas e irisados matices, y así, por ventura, ve, huele, escucha, tantea, conoce lo que aún va a ser o, quizás, lo que ya haya sido lejanamente. Pero duda, duda de todo, como decía Gautama, pues cuando se agoten todas las posibilidades de nuestro mental especulativo, basado solo en cinco sentidos, exhausto y sin la certeza garantizada a pesar de tanto esfuerzo, brillará entonces la luz de la Verdad, la Voz del Silencio. Por eso…: alma, ¡tú eres la bella durmiente!… ¿Dónde estará vuestro Príncipe, vuestro Maestro? Afuera o adentro? Dentro pero fuera? Tú eres el Pupilo. Tu Rey jamás morirá. Su propia montaña es eterna. 

³ El término religión significa “ligadura”, “religar”. Todo lo que liga es religioso, y todo lo que separa es irreligioso. Ligadura entre el Alma y el Espíritu, y de éste con la Vida Una. Por eso mismo, ligación entre uno y todos, fraternal e íntimamente, sin envidias, celos, odios. Perfeccionamiento del carácter, y dilucidación de los Misterios terrenales y celestes, supónese, es la función de toda religión verdadera.


“La mente humana iluminada es mayor que un ángel y un Dios; la razón intuitiva está arriba del sacerdote y de la revelación; el dominio de sí mismo es mejor que el ayuno, que la mortificación y la oración; la caridad, mayor que el sacrificio y el culto”.

Gautama Budha


 4. Laberinto del Minotauro. Todo labirinto no es más que la Iniciación en la Vida o la Vida en la Iniciación, cuya finalidad es la perfección geométrica de la humanidad, por eso mismo el advenimiento del Hombre Simétrico, social e individualmente.


Está clara la distinción que se hace y siempre se ha hecho entre Conocimiento y Sabiduría: una, por estar ligada a la Personalidad; otra, por referirse a la Individualidad[5]; una, la mente analítica; otra, la mente abstracto-intuitiva. ¿De qué vale conocer, si no se sabe lo que es realmente? La sapiencia es también un torbellino. 

El hombre debe comprender la Verdad intuitivamente, para entonces examinarla intelectualmente. Es a través de la intuición que se da el fenómeno de la inspiración de los genios, como si nos llevara a un plano mucho más elevado -por eso, más proximo de la Divinidad- y así, sin causa previa aparente, somos llevados a grandes y magníficas concepciones. Así han sido los descubrimientos más hondos de todas las épocas, muchas veces en momentos simplorios (de ahí la importancia del relajamiento… que genera serenidad, aprovechada por el Espíritu para dar sus senãles e imprimir sus ideas), y es en ella que se basa el genio literario y filosófico de cuantos hombres elevados han existido.


5. El “Ternario Superior” corresponde a la Individualidad (inmortal) y el “Cuaternario Inferior” a la Personalidad (transitoria), formando Siete Principios (un Cuadrado y un Triángulo). Son ellos: 1° Atma (Espíritu), 2° Budhi (Intuicional), 3° Manas Superior (el Mental Abstracto es el eslabón entre la Díada Atma-Budhi y nuestros principios inferiores), 4° Manas Inferior (Mental Concreto), 5° Astral (Emocional, Psíquico), 6° Duplo Etérico o Vital, 7° Físico o Somático. Dicho de otra manera, es la tríada Espíritu, Alma y Cuerpo. 


Cree en ti mismo y divisarás una potencia durmiente, como la Blancanieves esperando que el “príncipe” la despierte de su letargo (metáfora del alma que “duerme” o vive en ignorancia, inconsciencia, para despertar al toque del beso del Bienamado, el Espíritu inmortal, fuente de toda consciencia y de toda perfección, imagen regia, microcósmica, de Dios), o como en la búsqueda de Psique (el Alma) por Eros (el Espíritu); algo igualmente representado con belleza inigualable en el Bhagavata Gita, a través de las figuras de Krisnha (el Avatar o Iluminado) y Arjuna (el Alma kamásica anhelando a Agni, el Fuego Sagrado de la Sabiduría Eterna); tampoco será distinto en el caso de Lohengrin y Elsa o Tristán e Isolda.  

Es el platónico sentimiento de amor a la Sabiduría Divina, Sabiduría de los Dioses, manifiestado por toda la humanidad, lo que podrá hacerla pasar de la mediocridad evidente, de la mentira pomposa, del despotismo instruído, al esplendor del genio de un verdadero Prometeo[6], o dicho de otra forma: de la atroz Ignorancia a la genuina Verdad. 


 6. “Prometeo es, por tanto, la eterna revuelta del espíritu contra el Destino ignoto, el ansia secular de libertadad que agita a la especie, su obstinada ambición de dominar la naturaleza. Prometeo es toda la energía humana, el esfuerzo incesante que busca mejorar las condiciones de la vida, que crea las artes y las ciencias, que funda la ciudad y el templo, que establece el orden social, que dicta las leyes, que vence el tiempo y el espacio, pone a su servicio las fuerzas ciegas de la naturaleza, hace, en fin, sobre la tierra esta cosa que ningún otro ser de la creación realizó: la civilización. La leyenda de Prometeo es, verdaderamente, la Epopeya de la Humanidad.”


El hombre que se ha convertido en su propio Maestro ya no necesita escuelas terrenas… mucho menos de templos con un Dios extracósmico e imperfecto…!





Es fácil llegar a un acuerdo con el ignorante; más fácil, aun, con el que sabe distinguir las cosas; pero al hombre infatuado con un saber insignificante, ni Brahma es capaz de convencerlo”. Del Niti-xataca de Bhartrikari.

Este “hombre con un saber insignificante” es muchas vezes el doctor académico, el científico positivista, el demagogo de izquierda y derecha, el fanático religioso, la mentalidad moderna, etc.





“El mejor y más importante profesor es el Séptimo Principio, hallado en el Sexto. Cuanto más altruisticamente trabaje un hombre en favor de sus semejantes y se despoje, por tanto, del sentido ilusorio del aislamiento personal, tanto más estará libre de Maya y más próximo de la Divinidad”. Kot-Hoomi.

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair /  Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair /  Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair /  Alterar )

Conectando a %s

Este site utiliza o Akismet para reduzir spam. Saiba como seus dados em comentários são processados.