El olvido de la Esfinge – Por Javier Alberto Prendes Morejón

La llama inquisitorial eclesiástica y el poder despótico de las coronas monárquicas ha sido decepado por las Revoluciones Modernas. Sigue aún, todavía, no importa cuál Revolución suceda en este mundo -al menos de carácter exterior-, la inquisición moral o la muerte civil y el orden por la fuerza bruta. El libre-pensamiento, instaurado nuevamente, pero a golpes de guillotinas y bayonetas, y su falta de responsabildad, su falta de sentido de los límites, y sus prejuicios, nos lleva cada vez más a la locura psicosocial y a la anarquía. Este estado es la condición más grosera de materialismo -en el pensamiento como en el consumo-, de falta de princípios, de escasa cultura comparativa y ausencia de compasión o falta de altruismo. La “excentricidad” es el imperativo. Pocos, se podrá decir, permanecen “céntricos”. Muchedumbres de mentalidades enfermas que pretenden sanar a otras almas igualmente enfermas, no obstante ellas mismas, muchas veces, más enfermas que las demás. Y así, la vida urbana, particularmente en las grandes urbes, convierte en rehénes a los pocos que aspiran un poco de la luz del más allá; en especial hoy, con casi todos cayendo víctimas de modas espiritualistas efímeras y cultos ocultistas retrógados. Es, para muchos, esta vía mística, aun un esfuerzo pertinente a los anacoretas, a los peregrinos que se aíslan en montañas antiguas, internados en sus entrañas entre ignotas cuevas, y no a los ciudadanos de las grandes urbes. ¡Pobre imaginario común! ¿No salió, pues, Gautama, de su retiro privado entre yogues para vivir con los hombres y sufrir junto a ellos? ¿No dejó Jesús el desierto y entre los infieles y necios israelitas padeció sus tormentos, dejando su sublime mensaje de amor y esperanza? Como la vida diaria demanda tantas atenciones puramente materiales, sobre las cuales se ayuntan tantas banalidades cotidianas, casi no resta tiempo, ni interés -que es lo peor- para preocupaciones más elevadas. Y así camina, vacilante, la efímera humanidad, entre la “ley del menor esfuerzo” y las duras respuestas de la Naturaleza a tanto depauperio.

Sin embargo, la Esfinge milenar siempre está dispuesta a preguntarnos su enigma, y si no logramos responderlo adecuadamente, reza la tradición, en tono alegórico, somos por ella “devorados”. Es la obra en negro, de la cual casi nunca pasamos. Y esto será reencarnar vida tras vida, presos futilmente en la ignorancia de las leyes cíclicas; esto será ser vencido por la muerte, nuestra gran enemiga, que es cosa a ser vencida por un verdadero filósofo y poeta. Solo la santidad aleja las nubes oscuras y las realidades más cimerias.   

Esta misma Esfinge no es nada para este mundo. Si de Tebas, Cuzco o Srinagar… ¿qué le importa al mundo? ¿Qué significará algo así? ¿Qué tendrá de tan importante como para que todos tengamos que prestarle atención, aunque sea mínimamente?

Las realidades más altas son teñidas con poesía, pero esta, que es dulce velo, encapuza hechos inimaginables, o insospechados. Dejad, entonces, que el escepticismo haga su parte, porque los hombres son aún niños creyéndose sabios. Los mejores entre nosotros admiten que son huérfanos, y esta admisión sincera es motivo de honor y demostración de prudencia.

El testimonio de esta vida banal nos demuestra que la pobre Esfinge no es más que un idealismo y una meta bella, incomún, casi perdida, como el eco de una narrativa legendaria, pero en la cual, creemos, reside toda la esencia misma de la Vida. ¡Pues, tener cayado, morral, lámpara y barba larga, es ya una gran cosa! Pero si no han de caminar los hombres hacia delante a través del amor y del conocimiento divino, fatalmente tendrán que caminar a través del dolor. 

Por un lado poseemos y somos poseídos por una ciencia que repudia el espíritu, la reencarnación, el karma, los Maestros de la Sabiduría, los chakras, los Mundos y Seres invisibles, etc. etc.; por otro tenemos el testimonio de diversas tradiciones occidentales, y especialmente orientales, que postulan esos mismos predicados. Así, vemos a los antiguos griegos refiriéndose a la metempsicose, epopteia, teofania, la Atlántida, el destino, etc., mientras nuestros contemporáneos sabios, una grandísima parte, solo ve en ellos inventivos poetas y divagadores. ¡Cuento de hadas, entonces!… Además, le negamos, como a cualquiera, el derecho de negar lo que nunca investigaron a fondo, ni saben por experiencia propia, por mero prejuicio de época.

Es un crudo proceso -es de presumir- por el que ha de pasar todo el mundo, sin duda, especialmente el Nuevo Mundo, con respecto a las enseñanzas de la Doctrina Secreta, la antigua Teosofía o Sabiduría Divina, de los Dioses, que es un bien precioso de todos. No creo, sin embargo, que la humanidad no merezca la Ira Divina, por la cual se procesará un Nuevo Ciclo -esperamos- de paz y justicia para toda la tierra, pues como dice aquel incógnito personaje conocido como El Rey del Mundo, muy en breve los pueblos de Agharta volverán a la superfície. Entonces, la palabra de los mayores poetas -como Virgilio- se hará verdad. La Utopía es una posibilidad presente, y una necesidad evolucional o futura. Todo de acuerdo con lo Eterno.   

Pudieran los hombres conocer y amar el enigma de la Esfinge, si nos dedicáramos aunque modestamente a tal preocupación, y luego en pocas generaciones habríamos de crear futuros “divinos rebeldes”, Weslungos, Prometeus, Super-Hombres, Jinas

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair /  Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair /  Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair /  Alterar )

Conectando a %s

Este site utiliza o Akismet para reduzir spam. Saiba como seus dados em comentários são processados.