Cartas a un cazador de pájaros – Por Idalia Morejón Arnaiz

Cuando Mathias Falkstog recopilaba para la editorial sueca Flagelo los papeles de su hermano mayor, el poeta Björn Falkstog, descubrió un paquete de cartas escritas en sueco y en francés. En el borde superior izquierdo del primer sobre había escrita una frase en latín: Tolle, lege; debajo la firma de Helga Fink, hasta ese instante una desconocida. En la actualidad sus textos se han convertido en material cuidadosamente explotado por la crítica feminista tanto por sus connotaciones literarias como por la manera en que aborda uno de los aspectos más polémicos y al mismo tiempo marginados en el tratamiento de temas femeninos: la prostitución entendida como manifestación de una crisis espiritual. En este sentido, ha sido mucho mayor la bibliografía sobre el tema que la presencia de este en la correspondencia de Helga. Por otra parte, nos encontramos ante una imagen difícil de moldear con fines políticos. 

Vivió entre artistas y escritores sin que ninguno pudiera imaginar -quizás tampoco ella misma- que era uno de sus iguales. Murió por asfixia en 1981, a los treinta años, luego de haber llevado una vida turbulenta, de movimiento constante entre las grandes capitales, frenéticamente huyendo del hombre a quien amaba y frenéticamente escribiendo para él cartas inflamadas, más que nada por la pesadumbre. Su final, de ribetes tragicómicos, la inscribe en las estadísticas como una de las doscientas personas que cada año sufren el Síndrome de Jerusalén, una vez llegadas a la ciudad santa, y terminan creyendo ser Cristo, San Juan Bautista o la Virgen María. Se desconoce si existe una relación directa entre la muerte por asfixia y este raro padecimiento, pero, en cualquier caso, lo que más ha desconcertado al público sueco es la idea de aceptar a una prostituta en pleno delirio como una escritora de éxito.

El libro, titulado sin gracia alguna Carnets d’une prostituée 1969-1981 fue publicado al mismo tiempo en Estocolmo (Flagelo) y París (Frontières) en 1993. Durante las primeras semanas, la venta parecía superar los excesos de Bukowski en Alemania, o de Henry Miller y Anaïs Nin en cualquier parte, pero muy pronto los franceses, acostumbrados a observar el oficio desde la tradición, comprendieron que se trataba de una historia de amor ensombrecida por las circunstancias, el argumento perfecto para una película norteamericana “serie B”; no constituía, por otra parte, un material adecuado para el análisis sociológico: demasiada intimidad. 

Las cartas fueron editadas por Jean Paul Annaud, hermano del cineasta Jean Jacques, quien en su momento también hubo de creerse San Juan Bautista. De ese modo, Flagelo y Frontières han logrado realizar una bonita combinación bíblica que ha mantenido al clero al borde de la histeria. Se trata, en fin, de ciento veintinueve textos clasificados como cartas y apuntes para evitar el pavoroso rigor de deslindar fronteras genéricas entre poesía, prosa, viñetas, memorias, reflexiones y paisajes -sobre todo del alma. Este volumen, publicado en una edición bilingüe (Helga era bilingüe, de ahí que escribiera indistintamente en sueco y en francés), constituye una verdadera locura editorial, pues los textos han sido ordenados cronológicamente según la fecha del matasellos y no según la fecha en que fueron escritos, ya que la misma rara vez aparece consignada en las cartas.

Hija de padres divorciados, desde los nueve años Helga vivió una vida itinerante, marcada por la ausencia frecuente de la madre, quien dirigía una compañía industrial en Viena, y por los cada vez más escasos “accesos de lucidez occidental” del padre, Ronald Fink, el cual dedicó una buena parte de su vida a luchar por la conservación de especies animales en extinción, hasta su entrega definitiva al Budismo Zen, que lo alejó para siempre de sus vínculos tradicionales, estableciéndose primero en Japón y luego en Nepal, en una región cercana al Himalaya, adonde Helga trató de seguirlo en varias oportunidades. A pesar de esta fragmentación familiar y de las pésimas consecuencias que esto trajo a su vida, la holgura económica garantizada por el patrimonio de los Fink permitió a la joven estudiar en excelentes colegios franceses y en varias universidades europeas, así como viajar incansablemente en busca de una estabilidad que apenas consiguió vislumbrar en Jerusalén, de rodillas ante la Cruz.

En épocas más felices, la familia se reunía durante el verano en una casa ubicada en la ribera del lago Malaren, cerca de Estocolmo. La misma colindaba con la mansión de Björn Falkstog, por aquel entonces amante de Freya Fink, la madre de Helga. Allí se encontraron por primera vez, según testimonio de Mathias F., en 1969, y comenzó para Helga un período febril durante el cual decidió abandonar sus ambiciones literarias para dedicarse más en alma que en cuerpo al conquistar el corazón de Björn. Se desconocen los detalles del encuentro inicial pues en su primera carta promete al amante “olvidar todo lo acontecido en la Villa”. Dicha carta fue mutilada por el editor quien, en nota al pie de página, explica que prefirió no traducirla íntegramente, pues “no hay peor agravio a la virilidad que el de expresar una pasión incendiaria en un idioma frenético y húmedo”. Razonamiento impenetrable aún para los lingüistas, que no guarda ninguna relación con el fragmento ignorado:

Persigues una falda acartonada por la sangre seca

Sucesiva acumulación de ardores que renuncian

a abandonar su morada…

No es difícil suponer, luego de leer versos y comentario, que algo más profundo está siendo escamoteado. Ser la amante del amante de su madre era para Helga una transgresión que las feministas han tratado de explicar con fundamentos lacanianos; pero la poesía se explica a sí misma aun sin pretenderlo, y las vidas de las criaturas que viven alejadas de ella se tornan opacas, secas como la sangre de esa falda que se orea junto a la ribera del lago. Después del escándalo provocado por la relación de madre e hija con el mismo hombre, Helga se alejó de la familia para reaparecer, intermitentemente, en París, Frankfurt o Estocolmo (desde estas ciudades envía sus cartas), ejerciendo la prostitución en su vertiente más controvertida y difícil de detectar, la que se cultiva sin pedir nada a cambio, puesto que nada se necesita:

Omar Khayan Drugstore, dos de la madrugada.

Te escribo sobre esta servilleta, consternada. Un señor obeso me ha abofeteado porque no quise cobrarle: «Vosotras las putas os estáis tomando demasiadas libertades».

Nunca más volvió a encontrarse con Björn Falkstog, quien murió cinco años después que Helga en un accidente de tránsito, como una burla a todas sus aventuras de cazador solitario.

Era Björn, además de “un poeta sin ambiciones”, propietario de una tienda de aves exóticas, cazadas por él mismo en el Golfo de Bengala. Por las tardes, luego de despedir al último cliente, o en la selva al final de riesgosas jornadas, se acomodaba entre cagadas de pájaros y plumas de colores para leer las “magníficas, patéticas, sufridas” cartas de Helga. Con esta valoración Jean Paul Annaud ha desfigurado su imagen al punto de convertirla en una mártir cuyo via crucis transcurrió en cuartos de hoteles nauseabundos a los que acudía con una resignación casi religiosa para ganarse el sustento, mientras el aventurero de Falkstog planeaba sobre altas cumbres.

Durante los primeros cinco años la joven se limitó a recrear la memoria de su pasado reciente: las contradicciones de una adolescente y su acercamiento a los hombres:

Yo he dejado de creer en los parques

En el temblor de las esquinas que guardan mi adolescencia.

Cuando cierro los ojos es noche cerrada

Ni una sola partícula luminosa estalla en mi retina

¿Será la muerte, o acaso la eternidad?

Creer que la luz viene de adentro

O de afuera

Es casi la misma falacia.

Creer en algo podría ser un beneficio, un don o una amenaza.

Los sitios por los que he transitado siguen vivos

Sus columnas, como viejos troncos de árboles fecundos

Aún se elevan hiriendo el firmamento.

Ya no importa saber si mis pasos se reconocen en antiguos

adoquines

Si mi silueta ha quedado dibujada en la humedad de una

pared.

Nada es importante, ahora, puesto que es noche cerrada

Y mi adolescencia sólo alcanza para recordar algunos libros

Ciertos faroles apagados.

Yo, tan joven, huyendo de una esquina

Tratando de ocultar a los paseantes una pálida mancha

de sangre en mi vestido.

(“Adolescens”)

Helga, la virgen perfecta que confunde el placer con el dolor, el dolor con el pecado. Doncella escéptica constantemente desflorada por todo hombre que la penetra. La persigue la visión del “efluvio sanguinolento”, y junto al lago se siente violada:

Yo, Helga, vieja adolescente practicante del sexo oral en

las esquinas, del coito anal en los pasillos de honorables

residencias, empeñada en conservar mi pureza para el

instante supremo del amor eterno, veo como todo se marcha

río abajo, en un efluvio sanguinolento… 

Demasiado apegada a la carne, lo más que alcanza a vislumbrar es la cosmogonía fragmentada de los seres que la rodean. Todos los grandes atributos del ser humano son confrontados con su aridez moral. Entonces no creía en Dios, ni en la Razón, el Progreso o las Instituciones. Sus escritos de quinceañera ponen todos esos elementos en función de un erotismo cuidadosamente elaborado, como si pretendiera un equilibrio entre las múltiples incongruencias de la condición humana:

No soporto entrar a una biblioteca y tropezar con uno de esos leguleyos que me frecuentan durante la noche, con sus libros de tapas gruesas, los anteojos hiriéndoles la retina y las tarjetas de crédito grasientas, como si en Europa el dinero fuera un asunto secundario. Me saludan con el ritual de los viejos académicos que tratan de disimular su lascivia explicándome la importancia filológica de los libros protocanónicos del Nuevo Testamento. Entonces yo comienzo una serie de movimientos sinuosos sólo para hacerles entender que mi vida es una sola, no hay dos almas dentro de mí. Me gustan, por ejemplo, las estampas eróticas japonesas; adoro esas figuras de contorsionistas que yo trato de imitar. También escribo versos y leo filosofía alemana. No soy capaz de depurar, de imponerme un ascetismo intelectual o de creer en la exclusividad del sexo. Pero tengo graves dudas al respecto. En el fondo, todos esos hombres que durante el día encuentro en las bibliotecas, llegada la noche me consideran una mujer pusilánime.

En ocasiones se limitaba a transcribir para Björn recuerdos y reflexiones dedicadas a otros amantes. También solía comentar sus lecturas sobre Filosofía y Religión, sus dos temas predilectos. Helga detestaba la erudición moderna, y prefería aquellos pensadores como Cioran capaces de expresar sus ideas en un lenguaje sencillo, sin grandes acrobacias retóricas. Gustaba comentar la Minima Moralia, de Adorno, y de allí citar el siguiente fragmento de aforismo: “Si es cierto el teorema psicoanalítico según el cual las mujeres viven su constitución psíquica como la consecuencia de una castración, éstas tienen en su neurosis una vislumbre de la verdad”. Este era el tipo de idea que defendía, y en lo más profundo de su conciencia trataba de ocultar su rencor hacia los hombres. Ante ellos, toda voluntad era anulada. Helga vivía obsesionada por el mundo de la masculinidad. Llegada a ese punto, sus textos cobraban un aire de absoluta sinceridad, y era capaz de confesar a Björn Falkstog o a cualquier otro, llegado el caso, los sentimientos más profundos y variables, como lo ilustra su poema “Precisiones hormonales”:

Hombres me observan con ojos de cazatalentos

Mientras los míos hacen restallar botones.

No tengo de qué envanecerme

Apenas fui el diamante en bruto que aguarda por su vitrina.

Mi auténtica vocación es la Anatomía

Y si, por azar, en su precario recorrido el humor de cierta

herida se funde con las palabras

No podría decir que estoy en contra.

Imagino cuerpos desnudos en las esquinas y en los 

estacionamientos

En hospitales, bares y playas

En semáforos y oficinas.

Comprendo entonces esa manera carnal en que se da el

pensamiento:

Torsos, labios, secreciones de todo tipo

Que en fuertes dosis adquieren el poder -acaso virtud

De prevenir la aridez.

Se enfrentaba a la vida con fanatismo excluyente: escribía o amaba. No fueron pocas las cartas que escribió a Björn Falkstog desde la soledad. Entre ambos existía una distancia física y espiritual imposible de acortar. El iba de-la-tienda-al-bosque-del-bosque-a-la-tienda y durante largos períodos permanecía solitario, muy adentro en la espesura. Toda su música eran los sonidos del pájaro que atrapaba -una música apagada en su tristeza-, el viento y las palabras de Helga, repetidas en un susurro del cual no podía prescindir, pero que siempre estaba dispuesto a acallar. Ella era el pájaro que más alto volaba, la quimera. Era su intensidad un compromiso con la libertad, y el cazador terminaba siempre por alejarse del pájaro en busca de un refugio más seguro.

Helga invirtió infinitas horas-sueño en la redacción de admirables epístolas que la convirtieron en mucho más que una joven admirable a los ojos de su amante. Sin embargo, ni una sola palabra logró cambiar el significado de sus actos, ninguna frase perfecta liberó el deseo. “Hube de aceptar el envanecimiento y la duda”, escribe, “como se reciben los alimentos: con humildad, y pagarlos al exagerado precio de la soberbia o la incomprensión. Hombres, cartas, cuánto desgaste. Y el aprendiz de poeta con mis cuartillas dobladas en los bolsillos leyendo nihilistas frases de amor en las esquinas, en los cuartos en penumbra…” No era ella, sino sus cartas repletas de sensuales instantáneas lo que más le atraía. Hacía literatura con su vida y en las reuniones guardaba silencio: con sentido dolor se confesaba.

Y el cazador respondía: “También a mí me gustaría enviarte una carta de amor, pero siento que la escribo sobre tu boca”. Pálida esta caligrafía glandular bastante improbable en la distancia, pero recta, como saetas que en un abrir y cerrar de ojos tienden la presa a sus pies. Hábito ya en el seductor que sabe controlar las desventajas con un hilillo de miel goteando de las comisuras. Apelar al cuerpo de la mujer para cubrir el vacío de su alma, lejos de desembocar en la monotonía, liberaba sus fantasías y, como los pájaros más veloces, escapaban del verdor y la espesura para ir a posarse, provocativos, sobre los labios de Helga:

He gastado mis reservas de energía equilibrada conseguidas a base de calambres durante las jornadas de zazen. Ahora me dedico al abuso indiscriminado de mis reservas de energía sexual. Entro a una biblioteca y en lugar de mesas veo camas, los libros están llenos de palabras que se desvanecen en el laberinto de los sentidos. Licor, cerveza, cigarrillos. Hermosas várices flotan en mis tobillos como tatuajes de última moda. En sueños, lo mejor de mi conciencia señala el camino acostumbrado: trabajo y lealtad a un amor imposible. Conciencia forjada entre vicisitudes y represiones. Pura escoria con olor a santidad.

Reina por un día. Vaga sensación de destreza. Todo fluye. La sangre se refresca; surtidor en un valle de pequeños filamentos irrigando sus partes más visibles, las más desatendidas por Falkstog. Se trata de la estrategia del no falla que termina en sonrisa y en certeza: a su regreso, convencerá a la amada, tal vez ya dispuesta al reencuentro, siempre apetecida. Por ahora es suficiente, necesita volver a la tarea extraordinaria de poblar su llanura mental en medio de la selva y exige: “Ni un lamento, ni un quejido de placer. Una frase de amor es todo lo que deseo”.

Las cartas de amor de Helga -pues más allá de la forma adoptada, siempre son también cartas de amor- no pueden ser entendidas en el sentido tradicional. Ningún texto fue concebido con la idea de lograr un acercamiento más o menos posesivo al hombre amado. Prefería las relaciones sin memoria ni trascendencia, aquellas que se sustentaban en el desprendimiento de lo auténtico del hombre. Para ella “lo auténtico alude a un conjunto de imágenes irrepetibles, en las que el individuo debe abandonar toda pretensión de enriquecimiento existencial a través de los patrones clásicos de conducta”. Esta es, según Helga, “una de las grandes virtudes de la prostitución”, y también una de las razones por las que, durante años, logró mantener una relación sentimental con Björn: el cazador de pájaros era la figura ausente de su vida cotidiana, el “oído eterno”, el “ojo voraz” de sus palabras.

“Hay sinceridad en lo que escribo?” -se preguntaba.

“Algo zumba, zumba como un pequeño demonio y

sugiere una transgresión mucho más peligrosa

que el miedo a lo eterno…

[…]

Quisiera morir como los ángeles

desnuda, en inocencia.”

Las cartas al joven Falkstog pueden ser interpretadas como un pretexto de la autora para satisfacer un exhibicionismo incontrolable. A menudo narraba a su amado situaciones provocadas para atraer la atención sobre sí misma y luego comentaba: “Soy un depósito de altiveces, de pequeñas vanidades pasadas de moda”. Por encima de todo valor humano no dudaba en colocar su espíritu gregario, siempre reprimido en el fragor de las batallas carnales. Sólo un único detalle: todo era concebido para la fugacidad. “En los hombres hay gestos que me hacen pensar en la muerte, olores que me acercan a la felicidad. Lástima que todo dure segundos” -escribió el 19 de febrero de 1975, un día antes de decidir si viajaría a los Estados Unidos en compañía de su amiga Hélène Soupault, entonces editora de la revista Pandemon, quien llegó a proponerle relaciones sexuales “para demostrar a los hombres que el placer puede ignorar al falo, del mismo modo que éste olvida ser un instrumento de nobleza ante cualquier mujer”. Mezcla de psicoanálisis y feminismo militante típicos de la liberación posterior a mayo del 68, dicho argumento la llevó a tomar una decisión contraria a la esperada por su amiga: dos semanas más tarde viajaría a Marruecos, donde pasó una larga temporada en compañía de su viejo amigo Jens Bjömeboe. En l966, Jens había escrito una novela pornográfica, Sin un hilo, que causó un gran revuelo judicial. Al respecto, Annaud se ha esforzado por encontrar relaciones -más bien pruebas- entre uno de los personajes femeninos de esta novela y Helga Fink, por aquella época estudiante en un colegio de Oslo donde Bjömeboe era profesor. Más conocido como El Rey Alcohol, el ensayista, dramaturgo y poeta noruego se suicidó el 9 de mayo del año siguiente, cercano ya a los cincuenta y seis años. A partir de ese momento las relaciones entre ambos escritores se estrecharon hasta el punto de ella ocultar su verdadera naturaleza. En carta fechada a finales del propio año 1975, Helga envía a su amante una serie de dibujos eróticos reproducidos en la edición francesa, que aluden a su persona, a Jens, Björn  y  los pájaros: figuras pálidas sobre un amarillo iridiscente; extraños animalejos alados con largos picos mordisqueando muslos, brazos sensuales;  el Rey Alcohol con su cara de maleante en el centro, como un oráculo; y el cazador de altas montañas con un par de maravillosos ojos solares desde los que brotaban, como lágrimas, las letras de un nombre: helga helga helga…

Luego, en un texto titulado “Sobre guardado en mesa de noche” escribe con claridad sobre su fracaso:

Yo creí firmemente que algo dentro de mí había cambiado. 

Durante años miré el mundo con una alegría que sólo podía

ser una alerta. Cómo puedes creer que me tienes bajo

control? Cómo he podido descuidarme así, y pensar que dos 

o tres momentos de vago esplendor abrirían puertas, sanarían

heridas? No soy nada, ni siquiera la enigmática dama 

cioranesca que en otra época avanzaba medio a tientas pero 

con firmeza señalando, eligiendo. En mi ceguera todos los

que me rodeaban percibían cierta luz, un brillo tal vez

demasiado melancólico, aunque expectante. Tuve huellas 

divinas en mis manos, alguna vez lo presentí, pero también

estoy hecha de un material que se corroe. Con mi propio

calor me sofoco, no encuentro la armonía. Tengo, como diría

Flaubert, un porte temeroso.

Sus constantes y profundas dudas acerca de sí misma y del sentido de su amor, algo en lo que se empeñó con la obstinación más depurada que se pueda, agotó sus propias ideas y las convirtió en un lenguaje para nada, pura retórica sobre acontecimientos en los que no pudo involucrar como hubiera deseado ni siquiera al joven Falkstog, otra rara avis inapresable. Cada uno de sus períodos de crisis la condujo, bajo la influencia del padre, por senderos religiosos que exploraba no con mucha avidez y luego abandonaba por otro diferente. De regreso al catolicismo, algún delirio extrañamente misterioso la llevó de la mano hasta un final digno de la literatura romántica. “Soy el único pájaro que no has podido apresar, aun cuando mi nido está en tu corazón” -había escrito a Björn en el dibujo iridiscente.

Estos mal llamados Carnets recrean en detalle la evolución de una mente, el desarrollo de una personalidad capaz de sintetizar en ella las contradicciones de muchas mujeres comunes. Los fragmentos de cartas y poemas aquí citados se separan de los detalles propios de las biografías para mostrar, en toda su intensidad, el estancamiento de una pasión. Sus vínculos afectivos y sexuales con algunos intelectuales de prestigio la distinguen de cualquier prostituta cosmopolita con una vocación más o menos fuerte por el arte y la literatura; Helga era una escritora, pero no concebía que la literatura pudiera formar parte de la vida. Si bien es cierto que la curiosidad que hoy despiertan sus textos se afinca en el morbo del lector-voyeur a la caza de dos o tres nombres de prestigio aquí carentes de interés, en su agonía trataba de exhibir algo más puro: inteligencia, amor -emanaciones proverbiales que en su extraño destino ya no significan mucho.

Helga se movía de una ciudad a otra, de un continente a otro, con la misma placidez de las aves migratorias. Como los pájaros de Björn Falkstog, constituía una rara especie altamente cotizada, y gustaba de ser exhibida lo mismo en academias que en salones de la jet set. Salida de una estampita nipona, reunía las cualidades de una geisha, e incluso más, gracias al mito que recrea toda muerte capaz de trascender el lindero que separa al templo del burdel.

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