Divina Psiquis, Dulce Mariposa Invisible – Por Rubén Darío

¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible

que desde los abismos has venido a ser todo

lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible

forma la chispa sacra de la estatua de lodo!

Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra

y prisionera vives en mí de extraño deseo;

te reducen a esclava mis sentidos en guerra

y apenas vagas libre por el jardín del sueño.

Sabia de la Lujuria que sabe antiguas ciencias,

te sacudes a veces entre imposibles muros,

y más allá de todas la vulgares conciencias

exploras los recodos más terribles y obscuros.

Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres

bajo la viña en donde nace el vino del Diablo.

Te posas en los senos, te posas en los vientres

que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.

A Juan virgen y a Pablo militar y violento,

a Juan que nunca supo del supremo contacto;

a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,

y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.

Entre la catedral y las ruinas paganas

vuelas, ¡oh Psiquis, oh alma mía!

—como decía

aquel celeste Edgardo,

que entró en el paraíso entre un son de campanas

y un perfume de nardo—,

entre la catedral

y las paganas ruinas

repartes tus dos alas de cristal,

tus dos alas divinas.

Y de la flor

que el ruiseñor

canta en su griego antiguo, de la rosa,

vuelas, ¡oh, Mariposa!,

a posarte en un clavo de nuestro Señor.

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