El culto trino – Por Javier Alberto Prendes Morejón

El verdadero hombre “no queda radicado siempre en las mismas ideas”, incorpora a su Verbo nuevas formas, adaptadas según las características del medio en que vive. Todos los grandes Maestros que han venido a la humanidad hablaron de una misma Verdad, pero con diferentes formas y aspectos, pues todos estaban unidos a su Yo-Inmortal, esta Estrella sublime que es la cámara secreta de la sabiduría, donde leen el tenebroso -o feliz- Destino las Grandes Almas, los Mahatmas. Podrán los hombres dar nombres distintos para la misma cosa, pero esa cosa en si es una y idéntica por doquier. El “Padre” de Jesús es el mismo que el de Krishna, Buda, Zoroastro, Orfeu, etc. – es su Yo-Superior o Atmã, la Individualidad del hombre, el Ternário Superior, hijo, a su vez, del “Padre” como Eterno, como Dividinad Desconocida. Por eso dice el Rig Veda: “Hay una sola verdad, aunque los hombres les den nombres distintos”.  

Enseñar, luego, no es pasar conocimientos intelectuales al otro, pero hacerlo “despertar” – despertar su consciencia profunda y dormiente; integrarse a su “Padre en Secreto”, que es inherente a todos los hombres y cuya unidad e intimidad con él nos convierte en “héroes, semidioses y dioses”, como dirían los antiguos griegos. Esto porque nuestro Yo-Superior es sabio por excelencia, pues proviene del Logos mismo, ha asimilado las experiencias más variadas a lo largo de imnuerables reencarnaciones, y tendrá así las respuestas a todas las cuestiones de la vida. En él no hay duda o incertidumbre. Estas pertenecen a nuestras almas en peregrinaje en este bajo mundo, pero no a nuestro espíritu inmortal. 

Así, algunos han preferido la idea de “despertadores de consciencias”, digamos de esa manera, para definir el papel del Maestro. Y vale resaltar que este es aquel que apunta caminos, a través de la sugestión, y nunca da todas las respuestas de manera completa. No se evoluciona sino por esfuerzo proprio. Por eso también el mesianismo es pernicioso. Así, consta en la Biblia: “Ayúdate que yo te ayudaré”. Algunos, incluso, clasificarian el mesianismo como “el achaque de los débiles”

Claro está, esotericamente, que de ciclo en ciclo aparecen nuevos Avatares, siempre que Adharma (Involución) se impone, pero eso no eximirá el hombre de su deber personal por evolución basada en el merito proprio. El mesianismo causa una dependencia dañina que provoca la falta de confianza en sí mismo y pone la resolución de todos los problemas en manos ajenas. Es evidente que el misterio de la aparición de Avatares (Mesias, Enviados) no ha sido bien compreendido por la humanidad. Es de fijarnos que casi todos estos grandes Instructores o Mahatmas no han sido reconocidos en su proprio tiempo. Lo que se refuerza, además, con aquel dicho: “Nadie es profeta en su propia tierra”. Reconocerlos y estudiarlos cuando están vivos, o ya sea en las páginas de la História, es una verdadera dicha.

Los mayores héroes son, sin duda, los que alcanzaron el Nirvana, meta máxima de la evolución humana en la tierra preconizada por los orientales, y persiguida también por los occidentales bajo el nombre de epopteia, laeticia, teofania, etc. Esto es, el hombre victorioso que ha dominado su naturaleza animal y se elevado hasta su yo divino; el ser que ha resuelto el misterio de la Esfinge. ¿No son estos, verdaderamente, los que llamamos filósofos? 

El culto personalista a los líderes es, desde luego, atentatorio a la evolución del ser humano, porque todos somos portadores de un Yo divino. Tal culto consiste siempre en el cesarismo físico y psíquico que se quiere imponer a las masas. Pero cada hombre, en sí, es un héroe, una chispa divina, un centella de Dios o lo Incognoscible. En nuestro imago, por ende, somos todos iguales. 

No es que no debamos prestar honores a los “héroes, semidioses y dioses”, pero debemos tener en cuenta que ellos sólo son dignos de tal homenaje justamente por conseguiren elevarse espiritualmente reuniéndose o acercándose a su Yo-Superior, o más bien habiendo alcanzado, o estando cerca, del secreto de la Inmortalidad, en otras palavras, el Elexir de la Vida Eterna.

Entonces, deberíamos cultuar, en primer lugar, el “Sol”, que es el “Padre” de la Existencia, simbolicamente, y en segundo lugar su “Chispa” que son las Mónadas, éste el Peregrino en el Tiempo y Espacio en búsquedad de su estado original de Divinidad, pues “Dioses fuimos (antes de “bajar” o “caer”, encarnar, en este mundo material o denso) y nos hemos olvidado”

Talvez – para reafirmar que la Manifestación es trina – deberíamos también incluir ahí el culto a la Luna, como elemento feminino. Así, tendríamos el Padre (Activo, Esencia), la Madre (Pasivo, Materia) y el Hijo (Neutral, Esencia y Materia).

Estos tres símbolos deberían ser suficientes como para una doctrina universal religiosa, con el culto secundário a los “héroes, semidioses y dioses”, como sugiere Pitágoras que lo hagamos según el relato contenido en los “Versos Aureos”.

¿En qué diferirán, en esto, todas las religiones? Todas, si separaramos la letra que mata o el alma del dogma muerto, concordarán fundamentalmente entre sí. 

Sinteticamente: El Padre (La Causa Inmanifiesta), La Madre (La Causa Manifiesta) y el Hijo (La Mónoda Inmortal).   

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